A veces me acuerdo de él, me dijo

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Ella se sentó a mi lado, cabizbaja. Usualmente parecía tan alegre, con una sonrisa de oreja a oreja, pero hoy sentía que se había cansado de fingir. La abracé, hace tiempo que no nos veíamos, y le pregunté qué le pasaba.

Se quedó callada un momento mordiéndose los labios, pero luego, casi como si lo hubiera preparado mil veces en su cabeza, me respondió:

«Sabes, amiga… a veces me acuerdo de él, cuando pido mini waffles con nutella por ejemplo, cuando por casualidad suena «love remains the same» en mi computador, cuando mi tía me habla de mejorar las relaciones interpersonales y me acuerdo de él, furioso conmigo, diciéndome que por tanto insistirle que mejorará tus relaciones interpersonales había tenido que quedarse hasta tarde ayudándole en los exámenes a varias niñas brutas.

Me acordé de él cuando una amiga me preguntó si alguna vez me había metido al baño de hombres, cuando anoche sonó en la discoteca «el doctorado», cuando le insisto a mis amigas que no tiene sentido atarse a un ex novio y seguir pensando en él y yo, callada, sé que él ni siquiera fue mi novio y aun así sigo sin querer dejarlo ir… «

Esperando en el aeropuerto

Estoy como una autista en el aeropuerto, mi vuelo se atrasó una hora y media. En este momento espero en un restaurante, y sin nada mejor que hacer, me he puesto a observar la gente, ¡creo que es mi pasatiempo preferido!

Hay una pareja al lado mío que me encanta, vaya uno a saber quiénes son o con qué intensiones viven, pero el encanto en la manera en la que se miran, comen del mismo plato y se niegan a buscar una silla donde quepan del todo los dos, es en exceso tierno. De vez en cuando, la mano de él se desliza disimuladamente sobre la silla, para abrazarla por la cintura. Me impresiona además que no son jóvenes, sus edades se acercan a los 50 años… Ahora chocan sus narices muertos de la risa… y yo mejor dejo de mirarlos que me va dando despecho.
Hay al otro lado un trío de jóvenes que comen helado. Es una escena que me ha hecho reir desde que me he sentado en esta silla, pues sin temor a que la gente los oiga a hablar, las dos niñas se han sentado de frente al niño y le han comenzado a dar consejos de amor:
– ¡Pero obvio que no la puedes llamar!- dice una
– Al menos hasta el martes… – dice la otra
– No, no, no… nunca. Que llame ella –
– Es cierto Juan, no la llames nunca –
– Aunque si ella timbra…
El sigue mirándolas a las dos, atónito, sin pronunciar palabra. A veces, sólo a veces, me da un poco de pesar de los hombres jajaja.
A mi lado derecho llevaba sentado largo rato un joven de al menos 28 años. Esperaba con su computador abierto, chasqueando los dedos y mirando nerviosamente a la puerta. Entraron entonces dos señores, no mucho mayores que él. Se sentaron, y sin siquiera saludar, le dijeron que no tenían mucho tiempo, que hablara rápido. El se rió nerviosamente, abrió una presentación de Power Point y les comenzó a exponer su proyecto de empresa. Su voz temblaba a medida que exponía. Luego de 15 minutos, luego que los dos señores entendieron que la empresa generaría ingresos, han empezado ser muy amables… ¡qué curioso es el mundo!
En la mesa del frente se sientan 5 extranjeros, verlos intentar hacer el pedido a una mesera que si acaso sabe inglés, sabrá decir: «hi» es para reirse toda la vida. Luego de una hora, medio han logrado ordenar, aunque por sus caras… ¡dudo que lo que les llegó fue lo pedido!
Muy cerca también hay una mujer, flaca, joven y sola. Ha pedido una ensalada de esas deprimentes y un jugo de alguna fruta sin azucar… mira de un lado a otro, y vuelve a coger su celular, como pidiéndole que suene, que suene… ¿qué estará esperando?
Un par de enamorados, una joven en dieta, un empresario nervioso, unos extranjeros entendiendo que saber un poco de español a veces es útil para comer, un pobre adolescente siendo aconsejado por sus dos amigas …
¡Cuán diferentes son cada una de las realidades, parece que cada uno de nosotros fuera un mundo entero diferente!

Sobre facturas de televisión y vocaciones de periodista

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Hace unas semanas les conté el suceso de mi relato de amor bajo la lluvia, con cual la profesora de crónica periodística había quedado escandalizada. Bueno, después de leer la crónica que finalmente entregué, creo que entenderán mi eterna confusión de por qué sigo metida estudiando periodismo 🙂

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Usualmente cuando me levanto convencida que será un día normal, las siguientes dos horas se encargan de demostrarme lo equivocada que estaba.

Así fue aquella mañana de febrero. No sé por qué razón salí tan temprano del apartamento, ya que suelo dormir mucho y nunca le hago caso al despertador, pero misteriosamente pasé por la portería a las 8:10 de la mañana, saludé al portero mientras me entregaba la factura vencida del cable de televisión y salí pensando que ya iba siendo hora de pagarla, 4 meses sin televisor eran demasiado para una periodista.

En la ciudad se sentía un ambiente extraño, aunque no estoy muy consciente si lo noté. Sencillamente crucé la calle, me senté en la silla del paradero, saqué mis audífonos del morral y, poniendo todo el volumen, me puse a cantar. Dado que vivo relativamente cerca a la autopista, el número de buses que me sirven para llegar hasta los buses que llegan a mi universidad son varios, y lo máximo que toca esperar son 5 minutos. Aquella mañana alcanzaron a pasar 30 minutos en aquel paradero y yo seguía sin pensar que algo extraño pasaba.

Recuerdo que la gente me miraba desde los carros de una manera extraña cuando veían que era la única persona que quedaba esperando en el paradero, incluso vi pasar un camión invitando a la gente a montarse y yo, no tengo idea por qué, sencillamente me reí y seguí escuchando mi música y esperando el bus.

Tuvo que pasar media hora para que notara que en serio algo pasaba, miré a la calle y detenidamente observé cada uno de los carros.

– ¡Qué curioso! – pensé en voz alta – todos los buses que pasan son escolares, ¿dónde se han metido el resto?

Ahora entiendo por qué la señora que pasaba justo al lado mío, soltó una carcajada que yo ignoré. Pero finalmente, confundida por los extraños sucesos, decidí que caminaría hasta los buses de mi universidad, a 25 minutos de mi casa, pues de otra manera jamás llegaría a clase.

Solo bastó con poner un pie fuera del paradero para que la primera gotera cayera sobre mi nariz. Con la esperanza de haber guardado mi paraguas en el bolso, metí apresuradamente mi mano en busca de él, y recordé en el instante haberlo dejado sobre mi mesa de noche. Sin paraguas, sin capucha ni una chaqueta poderosa me resigné a caminar bajo el agua, entonces pensé:

– Ni que fuera una bruja que me fuera a derretir, un poquito de agua no le hace daño a nadie – supongo que no debí ni pensar eso pues en el instante sonó un trueno a lo lejos – bueno, entonces moriré de neumonía.

Tomé una columna de opinión que había impreso el día anterior para Comunicación Política e improvisé con ella un patético paraguas.

Tratando de distraer el frío que se calaba por medio de mi ropa, comencé a mirar alrededor. Era realmente curioso que no pasaran casi taxis, que no hubiera un solo bus, que los camioneros se hubieran despertado de tan buen humor que subieran gente a sus volcos.

Llegué al bus emparamada de pies a cabeza, mis zapatos parecían bolsas de agua luego de haber pisado al menos 4 charcos y mi camisa parecía cargar la mitad del rio de la ciudad. Mi pelo solía estar liso y ahora simulaba un bombril y el maquillaje parecía cosa del pasado. El conductor del bus me miró de arriba abajo, preguntándose quizás yo dónde me había metido.

– Bueno días, señor – le dije amablemente sentándome en el puesto de adelante, único que quedaba libre – ¡usted puede creer que no pasó ni un bus por el lado de mi casa!

El señor casi se atragantó con la galleta que estaba a punto de tragarse, me miró burleteramente y ni siquiera se tomó el trabajo de responderme al menos el saludo. Me crucé de brazos y me dije que dejaría de ser amable con la gente de la capital, ¡qué gente más rara era!

La lluvia arrulló mi camino hacia la universidad, las gotas chocaban contra el vidrio e iban bajando lentamente hasta perderse en los grandes charcos de la carretera. Me quedé tan profundamente dormida que por poquito sigo derecho hasta el pueblo siguiente.

Llegando finalmente al salón de clase, aun congelada, pensando en lo extraño de vivir en la capital y pidiéndole al cielo que dejara de llover para que saliera un poquitico de sol, me senté al lado de Natalia.

– ¡Casi no llego, Nata – le dije, tirando mi bolso al piso – a todos los buses les dio por desaparecer hoy!

– Pues claro, está terrible esto del paro de transportadores…

Quedé en shock, mis ojos casi se salían de sus órbitas. Natalia se quedó mirándome confundida entonces estallando en carcajadas intenté balbucear:

– Eso explica tantas cosas…

Definitivamente tenía que pagar la factura del televisor.

El saco negro

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Porque aún no vino el olvido para llevarse
el último de tus abrigos.

Dice una canción de Jorge Drexler y Ella Baila Sola,
para mí la interpretación va literal.

¿Por qué, cuando intento escapar de Él,
cuando corro lejos de todo lo que nos ata ,
cuando me doy cuenta que lejos estamos mejor,
y arranco las fotos de la pared, borro los mensajes del celular, quito las notificaciones de Facebook e incluso escondo, en el fondo de un baul, mi diario,
tiene que desaparecer dentro de mi clóset
aquel, su saco preferido?

Desde aquel día de lluvia,
cuando le tuve que pedir que me lo prestara,
lo tenía colgado en el ropero.

¿Y si nadie se lo ha llevado,
en mi casa solo vivimos el gato y yo,
por qué se ha dignado a desaparecer JUSTO ahora?

Y cada semana, a veces dos o tres veces, aparece un wall suyo:

«Ausencia, mi saco…»
«Ausencia, mi saco…»

Yo me muerdo el labio,
no quiero hablarle…
menos sé cómo explicarle que desapareció,
que mi gato se lo comío,
que el clóset, enamorado de él, lo decidió esconder.

¡No sé dónde esta el saco,
no lo sé,
no lo sé!

Odio el desespero del destino, que por no dejarlo ir, ha escondido su saco en un rincón donde aun no llega el olvido.

¡POR DIOS, ¿ALGUIEN HA VISTO UN SACO NEGRO?!
¡PAGO RECOMPENSA!

Caminando bajo tu llanto

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Como últimamente no ando demasiado concentrada en clases, me he metido en algunos, por no decir muchos, problemas. Una muestra de ello es el trabajo que tenía que entregar hoy para la clase de crónica para Prensa. Como yo no estuve la clase anterior, le pregunté a varias personas cuál era el trabajo y todas me respondieron que era hacer una historia con la lluvia.

Yo llegué con tremenda historia de amor a la clase y la profesora, con solo mirarla, quedó mas o menos en shock. Luego de recuperarse me respondió: «Esto claramente no es una crónica, al lector no le interesaría, sólo a ti y hasta depronto a tu novio, pero a nadie más…»

Yo no pude más que pensar en ustedes, sé que no son yo misma ni mi ex novio, pero al menos los hará reír pensando en la cara paralizada de la profesora, la cual esperaba tremenda crónica periodística y se encontró con esta historia:

Caminando bajo la lluvia

Supe que caminaba debajo de tu llanto. El cielo negro lanzaba sobre mí tus lágrimas y, sabiéndolo, ni siquiera saqué mi paraguas. Vi pasar el bus a mi lado y no lo cogí, caminé lentamente a casa sin evitar los charcos ni cubrirme la cabeza. Los transeúntes que pasaban junto a mí con sus sombrillas, me miraban despectivamente, y luego se quejaban de la lluvia. No los podía culpar, pues era mi culpa, yo te había hecho llorar.

Y mientras caminaba cargando la lluvia en mi ropa, mi mente viajó al pasado. Las gotas de lluvia que golpeaban mi corazón, me llevaban a refugiarme en otro tiempo, a recordar otro día de lluvia.

Aquel lejano día, lejos de las tristezas y vacíos, también llovía, ¿lo recuerdas? Había sido una tarde linda, comimos helado, caminamos por todo el centro comercial y jugamos a darnos besos en los ascensores antes de que alguien lo pidiera. Pero cuando llegó la hora de caminar de nuevo a casa, la lluvia creció en intensidad y los dos quedamos paralizados pensado qué haríamos.

– ¿No te parece mejor que cojamos un taxi? – Me dijiste, aun abrazándome

– ¿Y si mejor caminamos bajo la lluvia, así como en las películas? – Te respondí sonriendo como una niña malcriada.

Sospecho que te encantaba esa parte de mí, el pedacito de niña inocente que de repente quería vivir la vida lo más intensamente posible. De estos arranques jamás lograbas zafarte.

– Está bien, vamos caminando, pero no me responsabilizo del regaño de tu hermano cuando lleguemos tarde o cuando mueras de una tremenda neumonía.

Te tomé de la mano y salimos a la lluvia. Sin pensarlo te quitaste tu chaqueta y la pusiste sobre mi saco de lana buscando que no me congelara, aun así a los pocos minutos habíamos olvidado el frío. tTú te reías de mi pelo que se volvía como un bombril y yo de tu trabajo de la universidad que ahora se veía como una torta de lodo. Pero entonces te detuviste en medio de una calle, yo paré de hablar asustada por tu cara de seriedad, y esperé que hablaras. Tú me dijiste:

– Esto ya se parece demasiado a una película de esas melodramáticas como las que te gustan a ti. Pero falta algo.

Antes de que pudiera preguntarte qué faltaba, me halaste hacia ti y me diste aquel beso, que combinado con las gotas de lluvia, se plasmaría para siempre en mi memoria.

¡Qué diferentes se sentían las gotas de lluvia de aquel momento y las de ahora! Esas llenaban mi corazón, me hacía reir a carcajadas y estando junto a ti, no me causaban frío, pero estas dejaban congelado el corazón.

Llegué a casa mojada de arriba abajo, mi hermano me miró con preocupación.

– ¿Por qué vienes tan mojada?

– Porque estaba lloviendo, si no lo notaste

-Pues si, ¿pero no tenías paraguas?

– Si, en el fondo del morral

– ¿y por qué no tomaste el bus? ¿no tenías plata?

– Si, si tenía, al fondo del morral

– Entonces, ¿qué pasa?

Bajé la cabeza, caminé a mi cuarto y cerré la puerta tras de mí sin darle una respuesta.

¿Cómo decirle que había caminado bajo tu llanto porque merecía sentir tu dolor? Porque no conseguía sentir la pena de haber tenido que hacerle caso al corazón y decirte a la cara que hace tiempo ya no te quería.

——

PD: Tengo cierta amiga que encontró por casualidad mi blog y ha descubierto que soy yo la que escribe. Me ha comentado que lo encontró demasiado adolescentudo… creo que está entrada lo termina por confirmar. Tily, creo que yo no tengo remedio 🙂

PD: Maravilla y su novio también han pasado por aquí, a ellos un abrazo de oso!

Los cuchillos

«¿Tú qué piensas que haría una madre si viera a su bebé peinándose con un cuchillo?» Me preguntó Gabriel al verme triste

«Pues obviamente pegaría el grito en el cielo y se lo quitaría de las manos» Respondí alzando la ceja antipáticamente.

«¿Y si estallara en llanto de dolor al ver que se lo quitabas?

«Pues simple, le entregaría mejor una linda peinilla para que se peinara con ella»

«Pues bueno, no estés triste… así actuó Dios contigo, te vio jugando con cuchillos y pegando el grito en el cielo, te los quitó»

«Pero… yo quería a mis cuchillos, así me hicieran llorar»

«Pues ten paciencia, ya vendrá Él corriendo a entregarte una peinilla»

Me quedé pensando el asunto por unos cuantos minutos, luego le respondí:

«Ay Gabriel, pero eso de la peinilla no basta… más le vale que me traiga tremendo cepillo masajeador!»

Gabriel comenzó a reir y juntos seguimos caminando mientras el día caía a lo lejos. De repente lo supe, él era la peinilla que Dios me mandaba del cielo.

Sonreí 🙂 y decidí que ahora sería mi amigo.

Quisiera

Hace algunos días no me paso por aquí, creo que ando pensando más de lo que escribo

Quisiera hoy contarles que descubrí cuáles son mis sueños, a ver si depronto los quieren oir.

Quiero fundar la biblioteca más grande de literatura del mundo. Pero no una biblioteca común, la quiero con altas estanterías que lleguen hasta el techo y con una escalera que ruede a través de estas. Quiero además que este no sea un lugar con libreros aburridos y antipáticos como lo suelen ser, quiero que la gente que trabaje allí respire literatura y los que lo visiten jamás olviden aquel mundo de sólo libros e historias. ¿Se han visto alguna vez «La bella y la bestia»? bueno, así será aquel lugar.

Quiero dejar de estudiar periodismo, creo que mata un poco mi alma soñadora y pendeja, mejor sería irme a un país lejano a estudiar literatura y dedicarme a leer y escribir.

Quiero publicar una novela. Siempre he encontrado encantadoras las novelas para adolescentes, allí donde el corazón es un lío de sentimientos y el menor suceso nos marca los días, me gustaría intentarlo.

Quiero enamorarme de alguien que me haga reir, que sea más que mi amante, mi mejor amigo. Alguien con el que hasta el final de mis días pueda hablar sin que el tema se acabe.

y finalmente, quiero definitivamente entender por qué la luna me persigue.

Se pueden reir de mis idealismos, pero mejor cuéntenme, ¿cuáles son sus sueños?

Conversaciones ajenas II

Nada más asombroso para mi que los absolutos desconocidos que algún día se sientan o pasan por mi lado, dejando fragmentos de conversaciones en mis oídos. Creo que aprendo más de ellos que de mi vida misma…

Resulta que se sientan junto a mí en el bus dos jovenes universitarias. Una con el pelo mono obviamente teñido y la otra con las uñas amarillas, lo único que alcanzo a recordar. Comienzan a hablar…

– ¡Hoy me saqué 5 en Introducción al derecho! – le dice monateñida a su amiga enrroscándose el pelo entre los dedos.

– Yo me saqué 4.5 en Procesal, cuando me entregó el parcial quedé sorprendida… ¡Tanta nota para no haber estudiado nada! – comenta la otra, buscando algo en el bolso.

– Yo no saco más de 3 en el de Sociedades, ¡eso si!

Uñasamarillas medio asiente con la cabeza y sigue buscando no sé qué cosa dentro del bolso. Un silencio entre las dos.

– Tengo tanta hambre, mi estómago comienza a protestar por comida.

– Yo almorcé a las 3, estoy muy llena

– ¿Crees que me de gastritis? – pregunta monateñida mientras analiza las puntas de su pelo.

– A mi no me entraría ni un arroz parado… – dice uñasamarillas por fin sacando el espejo que tanto buscaba dentro del bolso.

Ambas miran por la ventana, luego vuelve a hablar Uñasamarillas.

– Ayer me llamó Pablo, parece que extrañaba oir de mí.

– Yo ayer soñé con Martín, ¿Será que todavía me gusta?

– Pues Pablo me dijo que nos deberíamos ver y hacer waffles con Nuttela, no sé si ir o no – mientras habla mira detenidamente la forma de sus cejas en el espejo.

– Martín, en mi sueño, tenía una medias verdes más raras…

– Y entonces me puse a pensar si Páblo o Sebastián, porque también quedé de verme con Sebastián el viernes. – dice guardando por fin el espejo.

– El viernes es el cumpleaños de Martín, que oportunidad más perfecta para regalarle unas medias verdes, ¡te imaginas lo significativo que sería!

– Pero es que me di un beso con Sebastián el sábado pasado, ¿eso sería ponerle los cachos a Pablo?

En ese momento se detuvo el bus, todas nos bajamos en la misma parada, lo último que podría haber alcanzado a oir, lo silencié intencionalmente con mis audífonos.

Según la teoría de yo no sé quién, en un proceso de comunicación existe un emisor y un receptor… ¡POR DIOOS, ESO PARECÍA UN MONÓLOGO INTERCALADO!

¡Para eso hablen con ustedes mismaaas!

Digo yo, no sé…

De la mano, caminando a Cuba

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– Hagamos una cosa – le dije aburrida del silencio que se extendía por toda la invitación a comer luego de que el mesero había tomado nuestra orden – juguemos a las preguntas

– Está bien, pero si tú empiezas… – me respondió sonriendo.

Así comenzamos un juego que duraría toda la cena, me sorprendió que no era malo preguntando y además le encantaban mis respuestas.

– Te toca… – le dije luego de haber terminado hasta el postre.

– Ehh… – se mordió los labios como quien se esfuerza por sacar algo interesante de su cabeza – ¿qué es lo más grande que han hecho por ti, por amor?

***

Lo pensé por un instante, entonces te recordé. Hace tiempo no pensaba en aquellos días del que ahora parece un lejano pasado.

¿Te acuerdas Krum? Antes de que se enterrara todo en el olvido y cada uno hiciera su vida en otra ciudad, éramos la típica pareja de novios de secundaria, tú un enamorado iluso y yo una escritora principiante intentando entender qué era amar. Todos los lunes ibas a visitarme, juntos caminábamos por un helado hasta el centro comercial que quedaba a unas pocas cuadras de mi casa. Pero aquel día algo se complicó en el trabajo y llegaste a las siete de la noche. Era demasiado tarde para caminar hasta allá, quizás ya habrían cerrado el local.

Me abrazaste tiernamente y mirándome a los ojos, me preguntaste qué haríamos aquella noche. Lo pensé por un instante, sonreí y convencida te respondí que caminaríamos hasta Cuba, quedaste paralizado. Sospecho que te comenzabas a acostumbrar a mis arranques de locura pero aun sonrío al recordar tu cara.

– Ausencia ¿cierto que tú sabes que Cuba está rodeado de mar y no podríamos llegar jamás caminando?

– No me importa, hoy quiero ir a Cuba… – crucé los brazos y me quité de tu abrazo.

Terca como una niña malcriada, salí por la portería del edificio y comencé a caminar loma arriba. Tú, que habías tenido entrenamiento de fútbol en la mañana y luego trabajo toda la tarde, que sabías con certeza que yo vivía en la parte de abajo de una loma empinada y larga, saliste detrás de mí.

Nos demoramos 2 horas y media subiendo la loma, hacía frío y amenazaba con llover, además sabías que era bastante obvio que jamás llegaríamos a donde yo pretendía. Pero seguiste allí, todo el camino con mi mano entre la tuya, sólo porque a tu novia, así de repente, se le había ocurrido que quería llegar a Cuba esa misma noche.

***

– Alguna vez – le dije, aun sabiendo que jamás lo entendería – un niño del pasado me acompañó caminando a Cuba…

Antes de que él se quitara la cara de confusión de encima, comenzó a sonar mi celular. Mil mariposas se adueñaron en un instante de mi estómago, mis manos temblaron al acercarlas al bolso…

¿y si fueras tú?

Escuchando conversaciones ajenas…

Debo confesar que ya se me hacía incomprensible el concepto de romanticismo en la actualidad, pero después de esto…

– ¡No se imagina! – le dijo a quien lo escuchara al otro lado del aparato celular, mientras yo en la mesa del lado intentaba por todos los medios leer un largo documento – después que toda la rumba se acabó, nos metimos debajo de las cobijas y me empezó a consentir, me tocaba la cara y pasaba los dedos por mi pelo.

Yo realmente no quería oír, tenía una hora para terminar de leer. Busqué desesperadamente mis audífonos al fondo del morral, entonces recordé que los había dejado en la mesa de noche.

– Claro que estaba borracha, no ve que después de estar un rato acostados juntos, me dijo que necesitaba vomitar… – no pude evitar voltear la cabeza, el niño hablaba demasiado duro – imagínese yo como dos horas teniéndole el pelo mientras ella estaba acostada en el sanitario.

A medida que el relato avanzaba, la emoción en voz del narrador aumentaba y con esta, las ganas de vomitar de la niña que oía la historia por error, y en realidad quería estudiar.

-…pues así se pasó toda la noche, nos acostábamos un rato y luego ella tenía que ir a vomitar, yo la acompañaba y luego volvíamos a acurrucarnos debajo de las cobijas…

En ese momento no aguanté más, me paré de la mesa y corrí lejos de allí.