Guardián

Él me deja esconderme en su pecho, en sus piernas, entre su pelo. Su cuerpo no tiene barreras. Me escucha llorar una noche y me acurruca entre su piel, me besa la frente, acaricia mi vientre, nos acaricia a los dos.

Él se ríe un poco de las hormonas que me hacen llorar por cosas que no tienen sentido; porque el huevo me quedó crudo, porque tenía dos yemas e iban a nacer pollitos mellizos bebés, porque suena una canción de los Rolling Stones que se despide alguien que se llama Ruby Tuesday y yo siento que suena como yo, que también me despido de una vida para abrirle paso a otra. Tanto amor y tanto miedo caminan conmigo, y él no se mueve de mi lado.

Él toma los tapabocas y el desinfectante y me monta al carro. Me lleva al supermercado a comprar algo que me quite el hueco que se hace en mi estómago a partir de las tres. Yo no puedo entrar, me quedo en el carro aún con los ojos hinchados y la nariz mocosa, y él llega minutos después cargado de helados, rosquitas, pan y mecato. Los ojos azules le brillan contentos; tiene una misión, es el guardián de dos universos.

Relato de un hueco

El día que cae la catedral de Notre Dame, como columna vertebral cansada, estoy en la sala de espera de una barbería. Las voces de mi esposo y el barbero llegan hasta donde me siento,  entre muebles de cuero grueso y la pared plagada de espejos. Una canción de Guns n Roses suena en los parlantes. ¿Estarán bien las gárgolas? En Twitter solo muestran fotos de las torres ardiendo.

Hay una vitrina de piercings al otro lado de la habitación. Un hombre tatuado y una mujer, con expansores en las orejas, juegan billar. Nadie me mira. Me pongo de pie, cruzo como fantasma. Paso mis dedos sobre el vidrio y nadie me atiende. No soy tan joven, tan vieja, tan extraña. Las rueditas negras, los triángulos dorados, el recuerdo del dolor de hace años. Está el fuego y los objetos, la bola que late en mi pecho, el cansancio de un cuerpo que hace meses no se siente mío. 

En Whatsapp mi tía anuncia que salvaron la corona de espinas, y los doce apóstoles habían salido, hace días, de paseo educativo. Anuncio que me quiero hacer un roto, uno que sea mío, que me duela. Lo digo en voz baja y luego lo grito, con una autoridad que no me pertenece. Alguien me escucha, mandan a llamar a la perforadora.

En el taxi, ante una oreja roja y la lluvia que golpea, mi esposo, con su corte nuevo, me pregunta por qué y yo no sé. Quizás quiero sentirme un poco mía antes de arder.

Sin latido

que se siente perder un bebe de seis semanas

Me vestí de negro para conocerte. Es la única imagen que se repite. El vestido negro, los zapatos negros. El ascensor se abrió, el edificio seguía en construcción y el espejo aún estaba cubierto por un trozo de madera para protegerlo. No veía mi reflejo, pensé en devolverme. Voy a tiempo, podría escoger otro vestido, el largo de flores azules, la falda naranja. No, igual llevaba en el pelo una banda de flores, igual llevaba los labios pintados de rojo.

Mientras el taxi cruzaba la ciudad, el taxista hablaba sobre sol que ardía, sobre tráfico a cualquier hora del día, sobre los venezolanos que habían llenado los semáforos, pero con mi silencio se acabó por quedar callado. Me sentía triste, tan triste. Había llorado toda la mañana a pesar de que iba a conocerte, y me había vestido de negro.

Pero iba a conocerte hoy, íbamos a conocerte hoy. Por ahora eras solo el que ocupaba el espacio de mi piel sobre el que dormían su mano y mi mano en las noches. Curioso que sin verte te medíamos nombres como si fueran sombreros, aunque ninguno te quedara, te poníamos ojos claros, pelo castaño, apostábamos si serías hombre o mujer, ¿acaso serías dos?

Fingíamos que no era demasiado pronto, pero lo era. Apenas llevábamos unas cuantas semanas aprendiendo a pronunciar la palabra esposo/esposa y ahora deletreábamos pa-pá, ma-má. Nos medíamos la palabra y nos quedaba grande, nos colgaban las mangas, se arrastraban por el piso. Pero íbamos a conocerte, íbamos a conocerte chiquito. A pesar del miedo, anhelábamos tu rostro, las puntas de tus dedos.

No he vuelto a ponerme el vestido negro, no desde ese día. Lo guardé al fondo del clóset, junto con el par de regalos que alcanzaron a darte, para no recordar el consultorio blanco, la bata blanca y los ojos de ella que, sin decirnos mucho, nos hizo entender que habíamos llegado tarde a conocerte, que hacía una semana su mano y mi mano dormían sobre un vientre vacío.

Que tú ya te habías ido.

15 días

15 días antes del matrimonio

Ya el balcón, que mira a las montañas cargadas de edificios, nos espera para tomar vino, ya la habitación reclama nuestra cama doble destendida, ya la cocina quiere llenarse de olor a pasta con leche y jamón. Ya los dos, de la mano, nos vamos acercando al para siempre.

Dejamos unas cuántas cajas en un rincón de la sala vacía, él baja a comprar cerveza y algo de comer y yo me quedo desempacando. Saco los vasos de vidrio nuevos de sus cajas de carton y los organizo por orden de tamaño en la despensa, dejo bajo el horno los sartenes sin abrir, acomodo el único par de cuadros que tenemos en el lugar que más me gusta de la sala, pongo las toallas que nos dio mi cuñada en cada baño, dejo las cajas de libros aún sin abrir en el que será el estudio…

Él llega con salami y queso crema, nos reímos de no tener cuchillos para abrir el empaque de los cuchillos, usamos una refractaria para servir porque aún no llegan los platos, nos sentamos en el suelo del balcón, sin zapatos, a tomar cerveza de una marca que nunca hemos probado. Hasta nosotros llega la música de una clase de aeróbicos unas cuadras más allá.

No decimos mucho, recuesto mi cabeza sobre su hombro. Faltan solo 15 días.

Conversaciones en el río Cauca

Un zapato café cuelga del cable que cruza de lado a lado el río Cauca. Se mueve con el viento. Debajo de él, pasamos nosotros en lancha. Los cinco, porque Esteban no vino porque tenía que estudiar (aunque yo no recuerde nunca haberlo visto estudiando).

Pasamos los cinco y Ari, la novia de Fico. Y Jesús, que maneja la lancha y sonríe incómodo cuando mi mamá dice que su nombre es una señal de que todo saldrá bien. Y Andrés, el asistente de la lancha, que mira con ojos expectantes el Dron que mi papá se prepara para elevar.

Vamos pasando debajo del zapato, que cuelga de unos cordones que alguna vez fueron blancos. Las montañas, a lo lejos, parecen murallas azules y un grupo de reces blancas nos vigilan desde la orilla. Una guadua pasa flotando junto a nosotros.

“Jesús, ¿qué es lo más raro que se han encontrado flotando en el río?”, le pregunto, girando la cabeza hacia atrás.

“Animales muertos, basura…”

“¿y cadáveres?”

“Ah sí, muchas veces”

“¿En la época de la violencia?”

“Y también después de lo de Armero, y hace poquito con la tragedia de Salgar. Eso salíamos con la lancha de la Armada y recuperábamos un montón. Un día fueron hasta 87, todavía me acuerdo .”

“¿Y venían completos o por pedacitos?”

Mi mamá voltea a mirarme, sorprendida.

Caminata por la orilla del canal de Oxford

facebook-imagen-sobre-linkk-16

El estudio de Lewis Carroll – Oxford, UK. 

Hace dos años estabas caminando por la orilla del canal de Oxford. Te habían dicho que ese era el río por el que había navegado Lewis Carroll cuando le contó a su pequeña amiga, por primera vez, la historia de Alicia en el país de las maravillas. Intentabas absorber todo lo que veías, porque para eso se suponía que era tu viaje, pero hacía demasiado frío y el viento del final del invierno te golpeaba los oídos, los dedos debajo de los guantes baratos, la piel que hace días se quería quebrar pero no encontraba un lugar para hacerlo.

Te habías hospedado un par de días en la casa de un señor que cargaba una soledad demasiado larga. Su puerta estaba cubierta de maleza. Su casa abarrotada de pequeños objetos sin valor, cubiertos de polvo. Y la alacena repleta de recipientes de vidrio con salsa roja para pastas. Podría alguien encerrarse allí durante tres años y siempre tendría salsa para pastas.

No recuerdas ahora su nombre, pero sí que te detenía en la mitad de cada frase para corregirte la manera en la que juntabas las palabras en un idioma que no era el tuyo. Y que insistía que no tenía sentido comer pastas con tenedor, y te pasaba una cuchara. Las turistas coreanas, tan correctas y calladas, se habían llevado sus maletas muy temprano en la mañana y ya solo quedaban él y tú.

Hubieses podido irte también, despedirte con amabilidad dulce, y aprovechar tu último día en Oxford para recorrer una vez más el centro de la ciudad. Pero al bajar la maleta, te preguntó si querías un café. Sabía que eras colombiana y quiso impresionarte sacando el que tenía reservado para los días importantes. No le quisiste decir que tu lengua apenas distinguía la diferencia, tomaste la taza y escogiste el sillón que le daba la espalda a la ventana.

Y le hablaste de tu familia, de tu papá que contaba todos los días cuánto faltaba para que volvieras a Colombia y de tu hermano menor que por las noches se asomaba por el marco de la puerta a invitarte a fumar en el balcón, y tú le tenías que recordar una y otra vez que no fumabas. Le hablaste de tus compañeros de casa, de lo extraño que a veces era vivir con un ghanés que veía novelas mexicanas y una chica de la India que nunca había aprendido a vivir sin criados.

Durante el almuerzo, él te habló de sus huéspedes. Del gringo que aún le mandaba postales desde las nuevas ciudades a las que visitaba, de la mamá española y sus cuatro hijos pequeños a los que se ofreció a cuidar una tarde entera, mientras ella se iba a aprender arquitectura por la ciudad. Al final te dijo que te guiaría hasta al inicio del canal, para tomarte una foto que se ha perdido ya.

¿Hace mucho no pensabas en él, no? Pero qué habría para recordar, los pasos que hacían crujir la madera gastada con el sobrepeso de 65 años de soledad inglesa y estantes repletos de comida enlatada. Y, que mientras intentabas pensar en Lewis Carroll, mientras caminabas hacia la estación de tren que te llevaría de vuelta a Bath y sentías que la fiebre entraba despacito a tu cuerpo, lo veías a él regresando de su caminata y sentándose en el sillón verde, en su casa callada, con sus objetos de polvo y las postales del gringo.

Y cuando llamó mamá, le hablaste de las torres de las iglesias que parecían tocar el cielo nublado, y de las embarcaciones rojas a la orilla del canal, y de los cánticos del coro infantil cuyas notas quebraban la voz que no salía de tu garganta. Porque esa era la Inglaterra que tenías que narrar, la que te prometieron que verías desde que pagaste los millones de pesos que no tenías y te montaste en ese avión.

Pero hoy, cuando ya hay dos años de distancia con el recuerdo, cuando buscas las fotos del viaje y no aparecen por ningún lugar, recuerdas que Inglaterra se parecía más a él. Al señor que tenía que abrir sus puertas a turistas desconocidos, para que de vez en cuando se oyeran voces dentro de su casa.

Madrugada

 

66a3i8b367

Lo despierto a las tres de la mañana y le digo que tengo miedo. Él, que apenas puede mantener los ojos abiertos, me asegura que todo estará bien y intenta acomodarme entre sus hombros. Pero yo me salgo de estos, y me siento a mirarlo. Le digo que no puedo dormir, pero también le quiero decir que la vida a veces me parece un grieta que se va abriendo. Me pregunta si quiero prender la luz, esperando que le diga que no. Y le digo que no, y me paro de la cama a hacer café.

Mientras él sigue durmiendo, caliento el agua en el fogón y mezcló el café haciendo círculos exactos alrededor del pocillo. Luego le echo algunas gotas de leche y veo cómo los colores parecen acuarelas. Recuerdo entonces cuando vivía en casa, a una puerta de la habitación de mamá, y el café lo hacíamos solo de leche. Y no sé por qué eso de repente importa.

Me siento en la pequeña sala, en la silla hecha de hilos de plástico en los que mi espalda no encaja del todo bien. La gata amarilla se acomoda en el murito de la ventana para mirar hacia la calle, como esperando que los vecinos comiencen a salir de sus casas. Pero es muy temprano aún, le digo, y solo está el cielo oscuro para mirar.

Las dos nos quedamos horas allí, pero no pasa nada. El cielo se va aclarando, el café ya se ha enfriado y no me logro acomodar dentro de la silla de hilos, que no tiene esquinas. Ni dentro del día, que hoy llegó demasiado pronto (o demasiado lento).

Tampoco me acomodo dentro de la idea de tener 27 años, que son muchos para seguir tan pequeña. Ni dentro del trabajo que tiene tantas horas iguales, tantas horas iguales, tantas horas iguales. Ni dentro del amor que no se despierta a las 3 de la mañana, ni recuerda la caja debajo de la cama con mi escritorio nuevo aún por armar.

Ni dentro de Dios, que hace años se quedó callado.

Volver 

Facebook imagen sobre link (11).png

Volver a la esquina entre tu hombro y tu brazo derecho. A la mano que aprieta la cintura. Volver a la discusión sobre la sal antes de hervir el agua, a las pastas con pimienta y huevo duro. Al olor de la piel y a las mismas diez canciones de siempre. Volver a las gotas de agua que pasan de dedo a dedo, al vapor empañando el espejo, a la respiración lenta junto al oído. Volver a las piernas enrolladas bajo tus rodillas. A los besos antes de dormir.

Volver. Volver a casa.

Papá y yo

facebook-imagen-sobre-link-25

Anoche papá me llevó a mi apartamento. Con las manos apretando el volante, la lluvia entre el parabrisas y su incapacidad infinita para decirme las cosas, me preguntó si Andrés tenía carro.

“¿Carro, papá?”

“Sí, que si tiene carro”

“Mmm… no”

“¿Y moto?”

“Papá, tú sabes que no. Después del accidente, no es buena idea que la vuelva a manejar”

Nos quedamos callados mientras el semáforo pasaba a verde.

“¿Y no piensa comprar carro?”

“No sé… hay otras prioridades ahora”

Silencio.

“¿Papá, y por qué no me preguntas a mí si he pensado comprar carro?”

“Es diferente”

“¿Por qué?”

Silencio.

“¿Tú no te quejas de las vulgaridades que te dicen cuando caminas sola por la calle?”

“¿Eso qué tiene que ver?”

“Es que eres demasiado feminista para verlo…”

Silencio.

“¿Él cómo te lleva a tu casa en la noche?”

“No sé, pedimos un Uber. No entiendo porqué él me tiene que llevar.”

Pasamos la pequeña parroquia y giramos en la esquina del barrio. Le señalo mi edificio y se molesta, me dice que él sabe muy bien dónde vivo. No le discuto lo curioso que es que lo sepa y nunca haya subido a visitarme.

“Hasta mejor que se casaran”

“¿Es en serio?”

“Para que no andaras quedándote allá”

“¿O sea que la decisión sobre la persona con la que voy a pasar toda mi vida se basa solo en transporte?”

“Solo digo”

Se detiene frente a las escaleras. Le doy un beso en la frente con la certeza que esta conversación durará algunos años más. Él también lo sabe y aprieta los labios. Mientras abro la puerta del edificio, lo veo esperando a que su niña entre bien. Arranca justo cuando giro la llave en el último cerrojo.

Hace un mes, una semana y dos días que me fui de mi casa.

De mujeres tristes y cadáveres 

Fue con los pies apoyados en la baranda del balcón de tu casa y el sol calentando nuestros talones. Fue con una cerveza en la mano y el cielo tan despejado que las montañas de la ciudad parecían una pintura realista.

Te dije que, quizás, desde que estaba contigo yo ya no era una mujer triste. Que años atrás, antes de ti, antes de la baranda del balcón y el sol en los talones, había estado junto a alguien que entendía la melancolía. Que entendía que la vida a veces se volvía un nudo de metáforas. Que sabía que había domingos enteros en los que lo mejor era dejarme en cama, darme un beso en la frente, cerrar la puerta tras de sí.

Pero tú, te dije, tú no me dejas ser una mujer triste. Tú entras al cuarto, y prendes la luz, y me preguntas qué vamos a hacer hoy. Tú dices que es hora de tender la cama, de hacer desayuno, de salir al balcón.

Me escuchaste con atención, sonreiste y te pusiste de pie, acariciando la cicatriz en el hombro que ahora nos acompaña siempre.

Te quedaste apoyado en la baranda, callado, mientras mirabas un punto fijo en el paisaje.

Bonita – me dijiste, señalando la finca vecina al edificio. – ¿has visto ese señor que siempre está cavando algo en esa huerta?

Me puse al lado tuyo,  esperando una conclusión grande e increíblemente metafórica para lo que acababa de contarte.

Hace días que lo he estado mirando, – mencionaste, como preocupado. – ¿No será que ese tipo está enterrando cadáveres ahí?