Entre cajas de cartón

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Aparecen fotografías que se habían perdido a conveniencia del olvido; encuentro el peluche que escondí para dejar de pensar en él, caen a mis pies las cartas que me escribió algún amigo jurándome que jamás se iría. Las mil entradas a discotecas, los primeros trabajos de la universidad, el paraguas que siempre pensé que había perdido…
Casi a medianoche termino de cerrar la última caja. En silencio observo cómo el apartamento parece distinto.
Mañana quedará  vacío.
Pasarán algunos días, luego alguien cubrirá con una capa de pintura cubrirá los poemas que escribí en la paredes. Y llegará alguien más, alguien nuevo, a llenar los cuartos de recuerdos.
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Sin título

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A veces no sé si me quieres, muchas veces no sé si te quiero. Flotamos uno junto al otro porque allí caímos.

Cuatro semanas atrás tú no pretendías cogerme la mano y yo menos quedarme con ella, pero de alguna manera pasó. Dejamos que el tiempo siguiera y las manos se acostumbraron a andar juntas, los dedos a jugar, los besos a pasearse entre los días de lluvia.

Y sé que quedan 4 días en la Fría Ciudad y luego podré escapar.

A veces pienso que sólo para eso soy buena, para correr cuando tengo miedo.

Llueve

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Mientras corro a través de las gotas no pienso en nada. Dejo que mis zapatos se hundan en los charcos de agua, que la lluvia deje mi pelo tan mojado que parezca negro.
Estiro los brazos y miro al cielo oscuro, doy vueltas y vueltas. Giran las nubes con mis manos.
Comienzo a reir como si no existiera más, me rio del amor confuso, de la vida rara, de la lluvia que moja los zapatos que lavé ayer, del trabajo que aún no termino.
Me rio de mí, por estar muerta de la risa en una calle sola y oscura, por estar mojada. Me rio del camionero que se ríe de mí…
Y soy feliz así, sola… saltando en la lluvia.
Y siento como ella lava la máscara que llevo puesta. Pedazo a pedazo va cayendo al suelo todo lo que he sido y no quiero ser.
Paso decidida por encima de los miedos, mentiras y fracasos que van quedando en la acera.
No miro atrás.
Sonriendo,
camino hacia adelante
entre las gotas de lluvia fría
de esta Fría Ciudad

Una vida de cemento

Chema-Madoz-Tree

Recuerdo un ejercicio de clase de gimnasia en el colegio. La profesora llevó a todo aquel ruidoso y desordenado grupo de niñas de 10 años al muro más lejano del colegio. Un muro gris de concreto, tan alto como para que nos fuese imposible escapar.

Entonces nos pidió que pusiéramos nuestras manos contra el cemento. Cada una de nosotras miró hacia los lados, preguntándose qué pretendía hacer la señora. Aún así, y porque en el colegio mandan todos menos uno, hicimos caso.

Una mano
otra mano
el muro

– ¡Ahora – nos dijo, levantando la voz – empujen lo más fuerte que puedan, hagan que el muro se mueva!

Recuerdo, más allá de nuestras caras y comentarios, el sentimiento de impotencia.

Fuerza
impulso
desespero
las piedras dejando marcas en nuestras manos
los dedos fundiéndose con las sombras del muro

Pero ante todo,
más que todo,
estaba la certeza
que jamás moveríamos
ni un solo centímetro
del muro
que nos separaba de la libertad

¿y si la vida consistiera sólo en eso, en empujar muros que jamás se moverán?