La Mujer Cuadrado

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Comienzo a odiarla. No sé si es porque habla con la espalda demasiado recta, o porque mantiene sus brazos en un ángulo de 90 grados mientras se expresa.Todo en ella son ángulos rectos, menos sus labios, estos parecen reventados por una caja de dientes rebelde que intenta escapar.

Por culpa de su exagerada postura, una cola grande resalta entre su traje negro, ¡y esa bufanda amarilla amarrada a su cuello, ahogándola como su recto pensar a los estudiantes desesperados dentro del salón!
En su mundo todo está planificado, puesto en su lugar, y en su clase todo debe seguir igual. Por eso los lápices están organizados en línea recta en su pupitre, por eso endereza mi espalda cuando se da cuenta que me voy quedando dormida y luego se acerca a otra niña y le descruza los brazos:
– Una mujercita siempre debe estar bien puestesita
Ese ita resuena en mi cabeza multiplicado por mil.
Los 32 alumnos miramos silenciosamente el tablero, yo me siento sola. La mujer cuadrado me desespera, me enerva. ¿Seré solo yo la que piensa así? Salto en mi silla sin moverme, grito sin ser oída, me arranco los pelos de la cabeza sin que mi manos suelten el lápiz.
El cuadrado que es ella misma me encierra, sus muros comienzan a ahogarme. Las paredes se van acercando, no puedo respirar, el concreto me asfixia, comienzo a respirar con fuerza, “inhala, exhala, hazlo” ¡no puedo! Mi cara se convierte en una uva de color morado y entonces, no aguanto más.
Todo lo incoherente de mi ser estalla como piñata en fiesta infantil, salen primero las ranas, los moscos verdes, las palabras al revés.
La clase de detiene,
todos me miran en silencio,
se muerden los labios,
aguantan la respiración.
La mujer cuadrado salta escandalizada de su puesto y me mira de frente, en sus dedos se deshace una tiza. Quiere correr hasta mí y ahogarme en ángulo recto, pero se queda quieta. La ira se acumula que su frente, choca contra la mía. Yo no bajo la mirada, dejo que las incoherencias salten libres por entre el salón, que el desorden de mi mente revuelva los papeles.
– ¡Muchachita – me grita, aún intentando mantener su compostura – te exijo que inmediatamente recojas este desastre!
Yo no hago nada, quizás alzo una ceja, de pronto encojo los hombros.
Silencio, solo el ruido de las incoherencias corriendo, de las moscas zumbando, del viento afuera del salón.
Luego, un resquebrajar.
Pequeños pedazos de polvo que caen en las cabezas de los estudiantes.
La cabezas se alzan.
El sonido de las tejas partiéndose.
– ¡Quítense todos de aquí! – grita un estudiante saltando de su puesto, todos lo siguen hasta el tablero.
Me quedó sola en medio, con la mirada de la mujer cuadrado en mi frente, y sé lo que va a suceder, ¡lo sé, lo sé, y no es nada bueno!
 
Un pedazo del techo cae escádalosamente sobre los pupitres vacíos, la mujer cuadrado ya no me mira a mí, sus ojos lentamente comienzan a levantarse hacia arriba y desde allí, parpadeando coquetamente, con sus largas pestañas, contrastando con el cielo azul, le devuelve la mirada un inmenso dinosaurio fucsia.
Pasan dos segundos y solo queda de ella su silueta dibujada en un hueco de la pared, obviamente con ambos brazos en ángulo recto, y un eco de un grito agudo en nuestros oídos.
Empaco mi imaginación de nuevo en su lugar, pero dejo el dinosaurio libre para andar por la universidad. Camino hacia la puerta del salón y alguien me susurra al oído:
– No te preocupes, a todos los que estábamos allí casi nos pasa lo mismo.
Un poco confundida salgo al pasillo y sorprendida miro el panorama. Detrás del mío, 31 dinosaurios de todos los colores esperan haciendo fila,
uno
detrás
del
otro.
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Entre Ausencia y yo

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“Cuando nos conocimos, me dibujaste una imagen tuya en mi cabeza ,” me dijo, escondiendo las manos en los bolsillos. “Te pintaste como la niña auténtica, relajada… yo creí que contigo todo sería tan fácil de llevar…”

Se detuvo unos segundos y miró al suelo, yo sabía que tenía miedo de herirme, pero mantuve mi mirada fija en su frente, quería que siguiera hablando.

“Pero cuando el tiempo comenzó a correr, de repente me daba cuenta que no eras todo eso que habías dicho ser…”

Me quedé en silencio.

Hoy, tarde callada y lluviosa de domingo en la Fría Ciudad, se han mezclado sus palabras con mi última entrada y entonces he entendido.

A veces soy más Ausencia que yo misma, pero nadie lo sabe. Aparento ser fuerte, risueña, segura, a quién no le importa nada. Y mientras intento mantenerme en pie, es Ausencia la que se derrumba, porque ella no tiene miedo de caer, no esconde que la vida le va dejando heridas.

Ausencia Silenciosa es el viento que se cuela entre los zapatos de una multitud fría y dormida. Es silencio, ojos abiertos, miedos e inseguridades.

Y yo, la que tiene los pies en la realidad, soy como esas fotos en donde se sale sonriendo, pero por dentro todo se está muriendo.

Supongamos que marco su número y le digo:

“Si, la verdad siempre lo hago. Creo una imagen de mí para parecer más fuerte, para ser más aceptada,” imagino su silencio. “Pero escondo la faceta más sensible, la que tiembla junto con cada dolor que trae la vida.”

Pero es que, no lo puedo hacer, porque lo que hace a Ausencia ser Ausencia es estar ausente del mundo real, acurrucarse detrás de las letras de un blog.