Cuando la historia comienza con un wall

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Cuando pienso en el 12 de mayo del año pasado, recuerdo silencio. Mi universidad se había inundado por culpa del invierno y tomábamos clases en un colegio abandonado que quedaba junto a un cementerio; la mamá de la Lorena me había echado del apartamento después de confundir a mi hermano con un cliente del supuesto prostíbulo que ella imaginaba  yo manejaba en mi cuarto; Don Prohibido se negaba a dejarme de hablar, pero seguía sin querer terminarle a su novia; en el bus mis audífonos gritaban rock.

Aún así yo solo recuerdo silencio.

No sonaba el agua podrida de mi universidad, ni los gritos de la mamá de Lorena, ni los besos de Don Prohibido, ni la música en mis audífonos, ni las voces de los muertos en el cementerio.

Ese fue el principio de la mañana, la primera hora, la primera Ausencia.

Empezaba el bus a traquetear por el sendero del cementerio, mientras mi cabeza se apoyaba perezosa en el vidrio de la ventana. Las gotas pum, pum, la cabeza tran, tran y entonces comenzó a entrar la risa por entre los audífonos hasta mis oídos. Conversaciones, amigos, una guitarra, una batería, un cantante que me contaba (cantaba) que pasaría la tarde con sus amigos, entre cervezas, un sofá y una nula necesidad de cambiar el mundo.

¡Eso era lo que yo necesitaba! Limpiarme la melancolía como se quita el polvo de los abrigos viejos.

Y sonreí, sola. Una sonrisa para mí. Atrapé las carcajadas que se atrancan en la garganta cuando el mundo por un instante se vuelve sencillo y fácil de descifrar.

– Sí, querido Nickelback. Aceptaría su invitación a unirme a la tarde que propone en su canción. Dejaría las tristezas, los malos amigos, los gritos injustos, la lluvia de esta fría ciudad, y me iría hasta su sofá.

Fueron casi cinco minutos inmersa en la canción, donde supe que quizás no todo tenía que ser tan complicado. ¡Qué tremendo descubrimiento, la vida no era triste y tenía que decirlo, a quien fuera!

No creo que me tomara demasiado tiempo escoger a la persona, fue un de esos resortes que se le escapan al colchón de la vida y lanzan todo hacia otro lugar. Hace seis meses había conocido a un chico que puso esa misma canción en una fiesta en la que yo estaba aburrida. Un tipo gordito con el que esperaba solo tener en común esa canción.

Desde mi Blackberry, con el bus saltando al ritmo de la batería, lo busqué en Facebook. No fue uno de esos momentos en los que se sabe que la vida cambia, eso lo sé. Solo escribía un wall.

Empezar el día con This Afternoon, recomendado.

Él, desde su trabajo, la biblioteca, desde la casa de los abuelos, no se demoró en responder.

Es un poco confuso, ¿this afternoon in the morning?

Estábamos a cientos de kilómetros, cargados de melancolías, silencios, amores fallidos. Pero yo ya no estaba sola, alguien sabía que el mundo, durante 5 minutos, podía desdibujarse.

Creo que el día estaba nublado, yo lo recuerdo amarillo.

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Inundada

sabana
____

Lo admito, estoy inmensamente triste. No encuentro cómo expresarlo, ni siquiera entiendo por qué me duele de esta manera. Quizás contárselos alivie un poco el dolor…

Mi país está pasando por un invierno muy fuerte, largas lluvias han azotado al país desde diciembre y el asunto no parece detenerse. Miles de familias pobres y campesinos han perdido sus casas y sembrados a manos del agua, de los ríos que se desbordan. Lo admito, yo ignoré las noticias. Quizás, desde la comodidad de mi apartamento, mientras me tomaba una coca cola, dije: “Ey, qué pesar de esta gente…”

¡La realidad ajena es tan fácil de ignorar!

El lunes en la mañana, luego del receso de semana santa, me despertó el teléfono. Era mi madre.

– ¡Ausencia, prende el televisor YA y pon las noticias!

Aún medio dormida, busqué a tientas el botón de encendido. Las imágenes que encontré me hicieron olvidar del sueño:
Todo el campus de mi universidad yacía bajo el agua.

El río que pasaba cerca se desbordó debido a la lluvias y ni siquiera una de las universidades más grandes del país se pudo salvar del agua. El agua tapó el primer piso de cada uno de los bloques, las canchas pasaron a ser piscinas, las cafeterías son ahora solo tejas flotantes…

Hoy he viajado de vuelta a mi ciudad, las clases están canceladas indefinidamente y no puedo evitar sentirme completamente perdida. Es la primera vez en mi vida que no quiero estar aquí.
Y veo a los estudiantes de universidades públicas burlarse de nosotros, a muchos echarnos en cara que solo notamos el invierno cuando este nos afectó a nosotros, a los noticieros mostrar una y otra vez las imágenes y yo…

Yo ya no quiero pensar, es ahora mi cabeza la que ha quedado inundada.

La Mujer Cuadrado

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Comienzo a odiarla. No sé si es porque habla con la espalda demasiado recta, o porque mantiene sus brazos en un ángulo de 90 grados mientras se expresa.Todo en ella son ángulos rectos, menos sus labios, estos parecen reventados por una caja de dientes rebelde que intenta escapar.

Por culpa de su exagerada postura, una cola grande resalta entre su traje negro, ¡y esa bufanda amarilla amarrada a su cuello, ahogándola como su recto pensar a los estudiantes desesperados dentro del salón!
En su mundo todo está planificado, puesto en su lugar, y en su clase todo debe seguir igual. Por eso los lápices están organizados en línea recta en su pupitre, por eso endereza mi espalda cuando se da cuenta que me voy quedando dormida y luego se acerca a otra niña y le descruza los brazos:
– Una mujercita siempre debe estar bien puestesita
Ese ita resuena en mi cabeza multiplicado por mil.
Los 32 alumnos miramos silenciosamente el tablero, yo me siento sola. La mujer cuadrado me desespera, me enerva. ¿Seré solo yo la que piensa así? Salto en mi silla sin moverme, grito sin ser oída, me arranco los pelos de la cabeza sin que mi manos suelten el lápiz.
El cuadrado que es ella misma me encierra, sus muros comienzan a ahogarme. Las paredes se van acercando, no puedo respirar, el concreto me asfixia, comienzo a respirar con fuerza, “inhala, exhala, hazlo” ¡no puedo! Mi cara se convierte en una uva de color morado y entonces, no aguanto más.
Todo lo incoherente de mi ser estalla como piñata en fiesta infantil, salen primero las ranas, los moscos verdes, las palabras al revés.
La clase de detiene,
todos me miran en silencio,
se muerden los labios,
aguantan la respiración.
La mujer cuadrado salta escandalizada de su puesto y me mira de frente, en sus dedos se deshace una tiza. Quiere correr hasta mí y ahogarme en ángulo recto, pero se queda quieta. La ira se acumula que su frente, choca contra la mía. Yo no bajo la mirada, dejo que las incoherencias salten libres por entre el salón, que el desorden de mi mente revuelva los papeles.
– ¡Muchachita – me grita, aún intentando mantener su compostura – te exijo que inmediatamente recojas este desastre!
Yo no hago nada, quizás alzo una ceja, de pronto encojo los hombros.
Silencio, solo el ruido de las incoherencias corriendo, de las moscas zumbando, del viento afuera del salón.
Luego, un resquebrajar.
Pequeños pedazos de polvo que caen en las cabezas de los estudiantes.
La cabezas se alzan.
El sonido de las tejas partiéndose.
– ¡Quítense todos de aquí! – grita un estudiante saltando de su puesto, todos lo siguen hasta el tablero.
Me quedó sola en medio, con la mirada de la mujer cuadrado en mi frente, y sé lo que va a suceder, ¡lo sé, lo sé, y no es nada bueno!
 
Un pedazo del techo cae escádalosamente sobre los pupitres vacíos, la mujer cuadrado ya no me mira a mí, sus ojos lentamente comienzan a levantarse hacia arriba y desde allí, parpadeando coquetamente, con sus largas pestañas, contrastando con el cielo azul, le devuelve la mirada un inmenso dinosaurio fucsia.
Pasan dos segundos y solo queda de ella su silueta dibujada en un hueco de la pared, obviamente con ambos brazos en ángulo recto, y un eco de un grito agudo en nuestros oídos.
Empaco mi imaginación de nuevo en su lugar, pero dejo el dinosaurio libre para andar por la universidad. Camino hacia la puerta del salón y alguien me susurra al oído:
– No te preocupes, a todos los que estábamos allí casi nos pasa lo mismo.
Un poco confundida salgo al pasillo y sorprendida miro el panorama. Detrás del mío, 31 dinosaurios de todos los colores esperan haciendo fila,
uno
detrás
del
otro.

Historias de casi ficción

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Me levanté de la cama cuando aun las cobijas reclamaban mi presencia. Caminé perezosamente hasta la cocina, pasé por el lado del espejo notando que aun llevaba la misma ropa de ayer. Mis ojos, llenos de pestañina regada, parecían no querer despertar; de mi pelo, de eso mejor ni hablar.

Salí de la cocina con un tazón de Zucaritas en mi mano y una bolsa de leche sin abrir en la otra. Me senté y noté que debajo de la puerta se asomaba un ejemplar del periódico.
– Tan raro, yo no tengo una suscripción a ese periódico.
Aun así, y con la poca pasión por el periodismo que a veces se despierta en mí, corrí a recogerlo. La muerte del Mono Jojoy en primera plana, un poco más abajo algunos partidos de fútbol, un comentario de un político tonto, Piedad Córdoba destituida… pero antes de cerrarlo, un titular en la esquina llamó mi atención, mi estómago dio tres vueltas antes de comenzar a leerlo:
HOMBRE HERIDO A MANOS DE DOS UNIVERSITARIAS
 
En las horas de la noche, en un bar recién inaugurado a las afueras de la Fría Ciudad, se reportaron serios disturbios. La Policía tuvo que allanar el lugar. Un joven de 22 años fue retirado en ambulancia, las jóvenes responsables permanecen en libertad luego de ser interrogadas. Los hechos no están claros aún.
 
“Yo no sé, esas viejas llegaron todas agresivas a pegarme sin razón alguna” afirmó la víctima mientras era llevado a la ambulancia, “la primera intentó ahorcarme y cuando me la lograron quitar de encima y llevársela, llegó la segunda a empujarme. Me dejó tirado en el suelo. Yo no estaba haciendo nada malo”
 
Los disturbios se iniciaron alrededor de las 8 de la noche. Laura Yomo, estudiante universitaria y testigo de los acontecimientos le informó al periódico cómo comenzó todo: “Yo estaba con Carla, una amiga. Nos acabábamos de encontrar en el bar de enfrente y caminamos hasta la barra de este bar. Ella me estaba contando que le gustaba un niño que estaba justo al lado. Cuando el niño comenzó a acercarse a nosotras, Juana salió como loca a ahorcarlo. Él tenía un escapulario en el cuello y prácticamente se lo arrancó… Yo realmente no entiendo lo sucedido, porque Juana es muy amiga de Carla”
 
Según testigos, cuando logró arrancarle el escapulario a la víctima, Juana salió corriendo hacia el baño y se encerró allí. Mientras unos corrían al baño a intentar entender qué sucedía, la víctima se paró de la barra mareado y comenzó a caminar rumbo al interior del bar.
 
“Yo intenté caminar hacia él, para pedirle disculpas por lo sucedido, relató Carla, y entonces vi como venía Ausencia (Oh, Dios!) como loca directamente hacia nosotras. Preferí ir al baño por Juana, a ver si me devolvía el escapulario, porque Ausencia parecía imposible de detener”
 
El bartender del sitio, Álvaro Torres, estaba bailando con Ausencia cuando esta de repente comenzó a correr hacia la víctima. “Yo estaba normal, bailando con ella… ella ya se habían tomado dos botellas de aguardiente, pero estaban bien. De repente la veo que se comienza a poner roja de pies a cabeza, deja de bailar y sale corriendo hacia un tipo con un saco de rayas azules y rojas”
 
Varios testigos afirman que Ausencia empujó al hombre al piso de piedras y lo insultó por lo menos 10 minutos seguidos. “Lo más extraño de todo, afirmó Laura Yomo, es que ninguna de las dos niñas presenció como la otra le pegaba. Tanto Juana como Ausencia reaccionaron de la misma manera al ver a la víctima hablando con su amiga”
 
“Eso seguramente fue una pelea de celos, típica pelea de viejas por un tipo” afirmaron varios clientes del sitio.
 
Las responsables de los disturbios fueron retiradas inmediatamente del sitio, ninguna de las dos ha hecho declaraciones hasta el momento. Lo más cercano fue el grito que pegó Ausencia, y al que se le unió Juana, cuando eran retiradas a la fuerza por la policía:
 
“¡No te vuelvas a pasar por aquí, malparido!”
Solté el periódico temblando, subí corriendo al segundo piso del apartamento donde Juana dormía profundamente. Volví a bajar, cogí mi celular y rogando tener un minuto, borré varias veces lo que escribí hasta que finalmente lo envié:
“Carla, llevamos 3 años viéndote llorar por él… estábamos cansadas de que te hiciera daño…”
—–
Nota: Esta historia es ficcional
Nota2: Carla, en serio lo sentimos…

Un segundo, 6 milésimas

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Nuestras miradas retadoras chocaron, líneas de electricidad viajaban entre los dos. Él agarraba con ira el manubrio y yo seguía allí, en medio de la autopista, con mis hombros caídos, cara de sueño y cero ganas de mover los pies.

Segundos antes todos los demás había cruzado la calle corriendo, temiendo a aquella camioneta último modelo que seguramente ignoraría el paso peatonal. Yo, que aun no despertaba, no aceleré el paso. Todo lo contrario, me detuve.

El sonido del freno de emergencia llenó el aire.

Lo segundos caían al suelo como pedazos de hielo.
Yo no me movía,
no
lo
haría

En su frente veía como su paciencia se agotaba
pum pum
pum pum
corazones latientes
Su ira en mi frente

Esperé un poco más,
un
poco
más

Luego seguí andando lentamente con mi caminado mañanero, hombros caídos, brazos pesados, piernas trabajando por inercia.

Llegué al otro lado y oí detrás de mí el acelerador forzado, las llantas contra en pavimento mojado.

Y me rei,
¿qué le pasa a toda esta gente que anda con tanto afán?

Deberían ir a mi
rrrrrrriiiiittttmmmmmmmmmmooooo
mañanero

Sobre facturas de televisión y vocaciones de periodista

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Hace unas semanas les conté el suceso de mi relato de amor bajo la lluvia, con cual la profesora de crónica periodística había quedado escandalizada. Bueno, después de leer la crónica que finalmente entregué, creo que entenderán mi eterna confusión de por qué sigo metida estudiando periodismo 🙂

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Usualmente cuando me levanto convencida que será un día normal, las siguientes dos horas se encargan de demostrarme lo equivocada que estaba.

Así fue aquella mañana de febrero. No sé por qué razón salí tan temprano del apartamento, ya que suelo dormir mucho y nunca le hago caso al despertador, pero misteriosamente pasé por la portería a las 8:10 de la mañana, saludé al portero mientras me entregaba la factura vencida del cable de televisión y salí pensando que ya iba siendo hora de pagarla, 4 meses sin televisor eran demasiado para una periodista.

En la ciudad se sentía un ambiente extraño, aunque no estoy muy consciente si lo noté. Sencillamente crucé la calle, me senté en la silla del paradero, saqué mis audífonos del morral y, poniendo todo el volumen, me puse a cantar. Dado que vivo relativamente cerca a la autopista, el número de buses que me sirven para llegar hasta los buses que llegan a mi universidad son varios, y lo máximo que toca esperar son 5 minutos. Aquella mañana alcanzaron a pasar 30 minutos en aquel paradero y yo seguía sin pensar que algo extraño pasaba.

Recuerdo que la gente me miraba desde los carros de una manera extraña cuando veían que era la única persona que quedaba esperando en el paradero, incluso vi pasar un camión invitando a la gente a montarse y yo, no tengo idea por qué, sencillamente me reí y seguí escuchando mi música y esperando el bus.

Tuvo que pasar media hora para que notara que en serio algo pasaba, miré a la calle y detenidamente observé cada uno de los carros.

– ¡Qué curioso! – pensé en voz alta – todos los buses que pasan son escolares, ¿dónde se han metido el resto?

Ahora entiendo por qué la señora que pasaba justo al lado mío, soltó una carcajada que yo ignoré. Pero finalmente, confundida por los extraños sucesos, decidí que caminaría hasta los buses de mi universidad, a 25 minutos de mi casa, pues de otra manera jamás llegaría a clase.

Solo bastó con poner un pie fuera del paradero para que la primera gotera cayera sobre mi nariz. Con la esperanza de haber guardado mi paraguas en el bolso, metí apresuradamente mi mano en busca de él, y recordé en el instante haberlo dejado sobre mi mesa de noche. Sin paraguas, sin capucha ni una chaqueta poderosa me resigné a caminar bajo el agua, entonces pensé:

– Ni que fuera una bruja que me fuera a derretir, un poquito de agua no le hace daño a nadie – supongo que no debí ni pensar eso pues en el instante sonó un trueno a lo lejos – bueno, entonces moriré de neumonía.

Tomé una columna de opinión que había impreso el día anterior para Comunicación Política e improvisé con ella un patético paraguas.

Tratando de distraer el frío que se calaba por medio de mi ropa, comencé a mirar alrededor. Era realmente curioso que no pasaran casi taxis, que no hubiera un solo bus, que los camioneros se hubieran despertado de tan buen humor que subieran gente a sus volcos.

Llegué al bus emparamada de pies a cabeza, mis zapatos parecían bolsas de agua luego de haber pisado al menos 4 charcos y mi camisa parecía cargar la mitad del rio de la ciudad. Mi pelo solía estar liso y ahora simulaba un bombril y el maquillaje parecía cosa del pasado. El conductor del bus me miró de arriba abajo, preguntándose quizás yo dónde me había metido.

– Bueno días, señor – le dije amablemente sentándome en el puesto de adelante, único que quedaba libre – ¡usted puede creer que no pasó ni un bus por el lado de mi casa!

El señor casi se atragantó con la galleta que estaba a punto de tragarse, me miró burleteramente y ni siquiera se tomó el trabajo de responderme al menos el saludo. Me crucé de brazos y me dije que dejaría de ser amable con la gente de la capital, ¡qué gente más rara era!

La lluvia arrulló mi camino hacia la universidad, las gotas chocaban contra el vidrio e iban bajando lentamente hasta perderse en los grandes charcos de la carretera. Me quedé tan profundamente dormida que por poquito sigo derecho hasta el pueblo siguiente.

Llegando finalmente al salón de clase, aun congelada, pensando en lo extraño de vivir en la capital y pidiéndole al cielo que dejara de llover para que saliera un poquitico de sol, me senté al lado de Natalia.

– ¡Casi no llego, Nata – le dije, tirando mi bolso al piso – a todos los buses les dio por desaparecer hoy!

– Pues claro, está terrible esto del paro de transportadores…

Quedé en shock, mis ojos casi se salían de sus órbitas. Natalia se quedó mirándome confundida entonces estallando en carcajadas intenté balbucear:

– Eso explica tantas cosas…

Definitivamente tenía que pagar la factura del televisor.

Caminando bajo tu llanto

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Como últimamente no ando demasiado concentrada en clases, me he metido en algunos, por no decir muchos, problemas. Una muestra de ello es el trabajo que tenía que entregar hoy para la clase de crónica para Prensa. Como yo no estuve la clase anterior, le pregunté a varias personas cuál era el trabajo y todas me respondieron que era hacer una historia con la lluvia.

Yo llegué con tremenda historia de amor a la clase y la profesora, con solo mirarla, quedó mas o menos en shock. Luego de recuperarse me respondió: “Esto claramente no es una crónica, al lector no le interesaría, sólo a ti y hasta depronto a tu novio, pero a nadie más…”

Yo no pude más que pensar en ustedes, sé que no son yo misma ni mi ex novio, pero al menos los hará reír pensando en la cara paralizada de la profesora, la cual esperaba tremenda crónica periodística y se encontró con esta historia:

Caminando bajo la lluvia

Supe que caminaba debajo de tu llanto. El cielo negro lanzaba sobre mí tus lágrimas y, sabiéndolo, ni siquiera saqué mi paraguas. Vi pasar el bus a mi lado y no lo cogí, caminé lentamente a casa sin evitar los charcos ni cubrirme la cabeza. Los transeúntes que pasaban junto a mí con sus sombrillas, me miraban despectivamente, y luego se quejaban de la lluvia. No los podía culpar, pues era mi culpa, yo te había hecho llorar.

Y mientras caminaba cargando la lluvia en mi ropa, mi mente viajó al pasado. Las gotas de lluvia que golpeaban mi corazón, me llevaban a refugiarme en otro tiempo, a recordar otro día de lluvia.

Aquel lejano día, lejos de las tristezas y vacíos, también llovía, ¿lo recuerdas? Había sido una tarde linda, comimos helado, caminamos por todo el centro comercial y jugamos a darnos besos en los ascensores antes de que alguien lo pidiera. Pero cuando llegó la hora de caminar de nuevo a casa, la lluvia creció en intensidad y los dos quedamos paralizados pensado qué haríamos.

– ¿No te parece mejor que cojamos un taxi? – Me dijiste, aun abrazándome

– ¿Y si mejor caminamos bajo la lluvia, así como en las películas? – Te respondí sonriendo como una niña malcriada.

Sospecho que te encantaba esa parte de mí, el pedacito de niña inocente que de repente quería vivir la vida lo más intensamente posible. De estos arranques jamás lograbas zafarte.

– Está bien, vamos caminando, pero no me responsabilizo del regaño de tu hermano cuando lleguemos tarde o cuando mueras de una tremenda neumonía.

Te tomé de la mano y salimos a la lluvia. Sin pensarlo te quitaste tu chaqueta y la pusiste sobre mi saco de lana buscando que no me congelara, aun así a los pocos minutos habíamos olvidado el frío. tTú te reías de mi pelo que se volvía como un bombril y yo de tu trabajo de la universidad que ahora se veía como una torta de lodo. Pero entonces te detuviste en medio de una calle, yo paré de hablar asustada por tu cara de seriedad, y esperé que hablaras. Tú me dijiste:

– Esto ya se parece demasiado a una película de esas melodramáticas como las que te gustan a ti. Pero falta algo.

Antes de que pudiera preguntarte qué faltaba, me halaste hacia ti y me diste aquel beso, que combinado con las gotas de lluvia, se plasmaría para siempre en mi memoria.

¡Qué diferentes se sentían las gotas de lluvia de aquel momento y las de ahora! Esas llenaban mi corazón, me hacía reir a carcajadas y estando junto a ti, no me causaban frío, pero estas dejaban congelado el corazón.

Llegué a casa mojada de arriba abajo, mi hermano me miró con preocupación.

– ¿Por qué vienes tan mojada?

– Porque estaba lloviendo, si no lo notaste

-Pues si, ¿pero no tenías paraguas?

– Si, en el fondo del morral

– ¿y por qué no tomaste el bus? ¿no tenías plata?

– Si, si tenía, al fondo del morral

– Entonces, ¿qué pasa?

Bajé la cabeza, caminé a mi cuarto y cerré la puerta tras de mí sin darle una respuesta.

¿Cómo decirle que había caminado bajo tu llanto porque merecía sentir tu dolor? Porque no conseguía sentir la pena de haber tenido que hacerle caso al corazón y decirte a la cara que hace tiempo ya no te quería.

——

PD: Tengo cierta amiga que encontró por casualidad mi blog y ha descubierto que soy yo la que escribe. Me ha comentado que lo encontró demasiado adolescentudo… creo que está entrada lo termina por confirmar. Tily, creo que yo no tengo remedio 🙂

PD: Maravilla y su novio también han pasado por aquí, a ellos un abrazo de oso!