Pedacito de historias

Duerme la ciudad mientras yo te miro, chiquito, con el reflejo de luz pequeñita de la lámpara que dejamos en el piso. Estiras tus piernas, agarras entre la boca mi pezón, sueltas un suspiro, cierras tus manos formando un puño y, de vez en cuando, abres los ojos para ver si te sigo mirando.

Y yo te miro, pedacito de manos largas, orejas dobladas, pelo mono, ojos que quién sabe si seguirán siendo azules, y recuerdo que desde que naciste, segundos después de enviar tu primera foto entre los chats de familiares y amigos, han querido darle dueño a tus pedacitos. Han dicho que tus ojos son los de tu papá, las manos largas de tu tía, las orejas dobladas como empanadas de la abuela. Hablan de tu pelo, de tu sonrisa, de los hoyuelos en tus mejillas. Y también de la puntita de la nariz, lo único en lo que te pareces a mí.

Sí, quizás eres pedacitos de orejas, dientes, pieles, mocos, ojos de tantas generaciones. Pero también, he pensado esta noche mientras la ciudad duerme, eres pedacitos de nuestras historias. De las que fueron y las que no.

Eres el encuentro en un ascensor, una mano en la cintura bailando merengue, eres un tiquete de avión a Inglaterra, un poema empezado, eres todo lo que pasó y lo que no pasó, eres el silencio de una noche de pandemia. Eres también mis papás con diecisiete años conociéndose en una fiesta de Halloween, las calles rojas de Riosucio en Carnavales y los guayacanes florecidos de Medellín, eres mi abuela escondida detrás de la cortina del balcón espiando al abuelo, mi bisabuelo vendiendo chocolates a lomo de mula de pueblo en pueblo, tu bisabuelo que vigilaba los bosques.

Tanto tuvo que pasar para que esta noche tus ojos durmieran sobre mi piel. Que casi no fuiste, que eres ahora. Que te miro hoy, irreal aún, y te veo en la piel los poemas, los guayacanes amarillos, los balcones, los chocolates, los bosques, las calles…

Y, aunque la lámpara alumbre poco y ya sea tiempo de dormir, me quedo un rato más recorriendo los caminos aún en blanco. Imagino las historias con las que tú mismo rayarás tu piel.

Guardián

Él me deja esconderme en su pecho, en sus piernas, entre su pelo. Su cuerpo no tiene barreras. Me escucha llorar una noche y me acurruca entre su piel, me besa la frente, acaricia mi vientre, nos acaricia a los dos.

Él se ríe un poco de las hormonas que me hacen llorar por cosas que no tienen sentido; porque el huevo me quedó crudo, porque tenía dos yemas e iban a nacer pollitos mellizos bebés, porque suena una canción de los Rolling Stones que se despide alguien que se llama Ruby Tuesday y yo siento que suena como yo, que también me despido de una vida para abrirle paso a otra. Tanto amor y tanto miedo caminan conmigo, y él no se mueve de mi lado.

Él toma los tapabocas y el desinfectante y me monta al carro. Me lleva al supermercado a comprar algo que me quite el hueco que se hace en mi estómago a partir de las tres. Yo no puedo entrar, me quedo en el carro aún con los ojos hinchados y la nariz mocosa, y él llega minutos después cargado de helados, rosquitas, pan y mecato. Los ojos azules le brillan contentos; tiene una misión, es el guardián de dos universos.