Goldhurst Terrace, Londres

                                  “Nuestra primera casa nos ha olvidado” Ted Hughes

Las escaleras de tapete mostaza estaban siempre cubiertas de polvo,  nadie tiene tiempo de limpiar las cosas que no le pertenecen. Como nuestra primera casa, quieta en una calle de Swiss Cottage, entre las hojas que se pudren en el otoño  y los muebles abandonados en las aceras.

Tantos objetos encontrábamos olvidados: un álbum de fotos en medio de la calle, una caja de libros bajo la lluvia,  un elefantito de porcelana. Una bicicleta esperaba amarrada al borde de la escalera del segundo piso. Nunca supimos a quién pertenecía, pero la primera vez que la vimos dijiste que la reconocías de un sueño, y los sueños te mostraban las cosas que iban a pasar. 

Nuestra primera casa nos debe haber olvidado, habrán pasado otros rostros extranjeros, todos con otras ciudades dentro del pecho,  pero la bicicleta seguirá ahí amarrada, esperándonos en la escaleras, el óxido quemando la cadena, la cadena rota colgando del pedal, el pedal apoyado sobre el suelo, en el suelo las llantas derretidas, como las cosas que nunca sucedieron, amarradas al barandal del tiempo, pudriéndose mientras todo lo demás pasa. 

Rosado

Del bolsillo de tu pantalón se asoma un termo rosado de princesas. Estamos en un cumpleaños infantil, cada uno persiguiendo a un niño. Pero te miro, entre los saltarines inflables, las bombas de Spiderman y las mamás que me preguntan a qué colegio entrará el niño, y no puedo dejar de fijarme en cómo cuelga, casualmente, el termo rosa de tu bolsillo. Apenas cabe, pero lo pusiste ahí sin pensarlo, mientras le seguías los pasos de una niña que ríe al verte y te aplasta besos cuando logras atraparla.

Así te soñé. La barba, la camiseta negra, los ojos amables, el termo de princesas colgando de tu bolsillo como si nada.

Como si todo.

Sobre matrimonios y premios Nobel

Después de la piñata infantil, llegamos a casa. Gabriel, entre sueños, pide seguir jugando con sus juguetes nuevos pero pronto cae dormido en su camarote. Aurora, en cambio, corre aún por la casa. Entre recoger papeles de regalos, guardar sobrados de comida en la nevera y buscar dónde dejamos la pañalera, vuelves a mencionar las pesadillas que andas teniendo.
—Llevas todo el día hablando de las pesadillas —te digo, con un pañal sucio en la mano y un carrito que casi piso en la otra—, pero no me has contado de qué se tratan.
—No me has preguntado.
—Claro que sí, y nunca me respondes.
—Mejor después, no quiero que la niña escuche.
—Es una bebé, no entiende aún.
—Bonita, no quiero hablar de eso.
Nos quedamos callados, ahora con las espaldas dobladas recogiendo los carritos y carritos que inundan la casa.
—¿Sabes que el libro de la que se ganó el premio Nobel de literatura se trata de algo casi igual a esta escena? —te digo.
Me sorprende tu sonrisa.
—Habría podido ganármelo yo.
Ahora sonrío yo. Te beso la cabeza.

Un fin de semana, ocho instantes de maternidad

Pintura de Joan Miro habla también sobre la maternidad
Joan Miró
  1. El brazo de la bebé ya no sale por la manga. Es muy angosta. Hace dos semanas el vestido le quedaba bien. Le hago daño. Sus alaridos resuenan en el cambiador del centro comercial. Hay que romper el vestido, reventar los hilos rojos y blancos.
  2. El niño lanza un pedazo de pan al café que acabo de pedir. Mira cómo nada, mamá. El niño lanza un pedazo de pan al lago. Mira cómo se lo comen los peces, mamá. Miro nerviosa alrededor.
  3. La mano pequeña del niño aprieta el tubo de crema antipañalitis. La crema se pega en sus dedos, se derrama y mancha el tendido de la cama.
  4. El llanto de la bebé no me deja encontrar el jean bajo las montañas de ropa tirada. Paso minutos y minutos dando vueltas por el clóset, pisando los escombros del día.
  5. Mamá, cárgame, cárgame. ¿Qué me das? Un beso.
  6. El niño me pide que le vuelva a contar la historia del insecto-mariposa-murciélago-que-tiene-pico-y-vive- en-el-árbol.
  7. En la bañera caben los dos. Conversan por primera vez. Sonríen y luego lloran.
  8. El niño se recuesta en el mueble del balcón de los abuelos, pronto llegará el atardecer. Deja salir un suspiro: Voy a disfrutar el día, dice.

Pájaro libre

Una niña baila libre en la pista, entre las luces rosas y azules. Lleva una corona de flores en el pelo y un vestido que cuando da vueltas flota en el aire. Yo la miro desde mi mesa, desde mis tacones que me aprietan y mi esposo que no quiere bailar. Sus manos se mueven como pájaros, en sus ojos se siente la niña mágica. Ella no se da cuenta de que la miro y aún así su presencia me hace la pregunta: ¿hace cuánto no eres así, feliz de verdad?

Mamá, mamá, mamá

Mamá, mamá, grita desde atrás de la puerta del estudio, también golpea con sus puñitos la madera. Papá le dice que mamá está escribiendo, él no sabe qué es eso pero de algo le sirven las palabras y retrocede. Retrocede él pero su voz, con las palabras nuevas, nuevitas que carga desde hace apenas semanas, aún sigue llegando hasta el estudio. Oigo: Papá, Uva. Papá, agua. Papá, Teta. Mi esposo se ríe. Yo desde aquí también. Papá no tiene teta, tiene tetilla. Él también se ríe y, aunque no puedo verlo, sé que alza su camiseta para mostrarle a papá que él también tiene tet-lla. 

Me intento concentrar de nuevo, noto el ventilador que cruje, el viento que empuja suave la cortina de tela barata, el párrafo incompleto, pero no puedo evitarlo, salta mi oído la puerta otra vez, lo oye balbuceando mientras mi esposo llama a su madre por videollamada. Sé que no la escucha. Sé que vió la taza de tinto de papá porque oigo el agghh de asco que le enseñamos que hiciera para que dejara de intentar tomar café. Sé que vio el triciclo porque dice desesperado el bruhnma, bruhnma, quiere salir a pasear.

Me obligo por tercera vez a regresar, a volver a mis letras en el estudio cerrado. El ventilador que cruje, la cortina barata, el rasguñar del lápiz en la hoja, el aire que sale de mi nariz.  

Afuera una puerta más pesada se cierra, ahora escucho su voz saltarina en el pasillo. Suena la goma de sus zapaticos contra el suelo y el piiin del ascensor. Suena un Ven Gabriel que se va el ascensor sin nosotros, de mi esposo. 

Me voy con ellos, me quedo aquí conmigo. Eso debe significar ser mamá.

Sin latido

que se siente perder un bebe de seis semanas

Me vestí de negro para conocerte. Es la única imagen que se repite. El vestido negro, los zapatos negros. El ascensor se abrió, el edificio seguía en construcción y el espejo aún estaba cubierto por un trozo de madera para protegerlo. No veía mi reflejo, pensé en devolverme. Voy a tiempo, podría escoger otro vestido, el largo de flores azules, la falda naranja. No, igual llevaba en el pelo una banda de flores, igual llevaba los labios pintados de rojo.

Mientras el taxi cruzaba la ciudad, el taxista hablaba sobre sol que ardía, sobre tráfico a cualquier hora del día, sobre los venezolanos que habían llenado los semáforos, pero con mi silencio se acabó por quedar callado. Me sentía triste, tan triste. Había llorado toda la mañana a pesar de que iba a conocerte, y me había vestido de negro.

Pero iba a conocerte hoy, íbamos a conocerte hoy. Por ahora eras solo el que ocupaba el espacio de mi piel sobre el que dormían su mano y mi mano en las noches. Curioso que sin verte te medíamos nombres como si fueran sombreros, aunque ninguno te quedara, te poníamos ojos claros, pelo castaño, apostábamos si serías hombre o mujer, ¿acaso serías dos?

Fingíamos que no era demasiado pronto, pero lo era. Apenas llevábamos unas cuantas semanas aprendiendo a pronunciar la palabra esposo/esposa y ahora deletreábamos pa-pá, ma-má. Nos medíamos la palabra y nos quedaba grande, nos colgaban las mangas, se arrastraban por el piso. Pero íbamos a conocerte, íbamos a conocerte chiquito. A pesar del miedo, anhelábamos tu rostro, las puntas de tus dedos.

No he vuelto a ponerme el vestido negro, no desde ese día. Lo guardé al fondo del clóset, junto con el par de regalos que alcanzaron a darte, para no recordar el consultorio blanco, la bata blanca y los ojos de ella que, sin decirnos mucho, nos hizo entender que habíamos llegado tarde a conocerte, que hacía una semana su mano y mi mano dormían sobre un vientre vacío.

Que tú ya te habías ido.

15 días

15 días antes del matrimonio

Ya el balcón, que mira a las montañas cargadas de edificios, nos espera para tomar vino, ya la habitación reclama nuestra cama doble destendida, ya la cocina quiere llenarse de olor a pasta con leche y jamón. Ya los dos, de la mano, nos vamos acercando al para siempre.

Dejamos unas cuántas cajas en un rincón de la sala vacía, él baja a comprar cerveza y algo de comer y yo me quedo desempacando. Saco los vasos de vidrio nuevos de sus cajas de carton y los organizo por orden de tamaño en la despensa, dejo bajo el horno los sartenes sin abrir, acomodo el único par de cuadros que tenemos en el lugar que más me gusta de la sala, pongo las toallas que nos dio mi cuñada en cada baño, dejo las cajas de libros aún sin abrir en el que será el estudio…

Él llega con salami y queso crema, nos reímos de no tener cuchillos para abrir el empaque de los cuchillos, usamos una refractaria para servir porque aún no llegan los platos, nos sentamos en el suelo del balcón, sin zapatos, a tomar cerveza de una marca que nunca hemos probado. Hasta nosotros llega la música de una clase de aeróbicos unas cuadras más allá.

No decimos mucho, recuesto mi cabeza sobre su hombro. Faltan solo 15 días.

Volver 

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Volver a la esquina entre tu hombro y tu brazo derecho. A la mano que aprieta la cintura. Volver a la discusión sobre la sal antes de hervir el agua, a las pastas con pimienta y huevo duro. Al olor de la piel y a las mismas diez canciones de siempre. Volver a las gotas de agua que pasan de dedo a dedo, al vapor empañando el espejo, a la respiración lenta junto al oído. Volver a las piernas enrolladas bajo tus rodillas. A los besos antes de dormir.

Volver. Volver a casa.

Historia breve de un hombro

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Ya te he dicho varias veces que dejes tu hombro en Manizales y vengas a verme. Pero a ti te confunde un poco la fantasía, y me dices que eso no es muy posible.

Entonces tráelo hasta acá, te digo. Con la cicatriz que lo cruza de lado a lado, el look del monstruo triste de Frankenstein y los dolores impensables por la noche. Pero me dices que te da miedo. Y a mí también.

Así que decidimos quedarnos lejos. Yo sin saber cargar la vida y tú sin hombro para ayudarme. Yo solo con fantasías que no sirven para curar tus dolores tan reales.