Caminando bajo tu llanto

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Como últimamente no ando demasiado concentrada en clases, me he metido en algunos, por no decir muchos, problemas. Una muestra de ello es el trabajo que tenía que entregar hoy para la clase de crónica para Prensa. Como yo no estuve la clase anterior, le pregunté a varias personas cuál era el trabajo y todas me respondieron que era hacer una historia con la lluvia.

Yo llegué con tremenda historia de amor a la clase y la profesora, con solo mirarla, quedó mas o menos en shock. Luego de recuperarse me respondió: “Esto claramente no es una crónica, al lector no le interesaría, sólo a ti y hasta depronto a tu novio, pero a nadie más…”

Yo no pude más que pensar en ustedes, sé que no son yo misma ni mi ex novio, pero al menos los hará reír pensando en la cara paralizada de la profesora, la cual esperaba tremenda crónica periodística y se encontró con esta historia:

Caminando bajo la lluvia

Supe que caminaba debajo de tu llanto. El cielo negro lanzaba sobre mí tus lágrimas y, sabiéndolo, ni siquiera saqué mi paraguas. Vi pasar el bus a mi lado y no lo cogí, caminé lentamente a casa sin evitar los charcos ni cubrirme la cabeza. Los transeúntes que pasaban junto a mí con sus sombrillas, me miraban despectivamente, y luego se quejaban de la lluvia. No los podía culpar, pues era mi culpa, yo te había hecho llorar.

Y mientras caminaba cargando la lluvia en mi ropa, mi mente viajó al pasado. Las gotas de lluvia que golpeaban mi corazón, me llevaban a refugiarme en otro tiempo, a recordar otro día de lluvia.

Aquel lejano día, lejos de las tristezas y vacíos, también llovía, ¿lo recuerdas? Había sido una tarde linda, comimos helado, caminamos por todo el centro comercial y jugamos a darnos besos en los ascensores antes de que alguien lo pidiera. Pero cuando llegó la hora de caminar de nuevo a casa, la lluvia creció en intensidad y los dos quedamos paralizados pensado qué haríamos.

– ¿No te parece mejor que cojamos un taxi? – Me dijiste, aun abrazándome

– ¿Y si mejor caminamos bajo la lluvia, así como en las películas? – Te respondí sonriendo como una niña malcriada.

Sospecho que te encantaba esa parte de mí, el pedacito de niña inocente que de repente quería vivir la vida lo más intensamente posible. De estos arranques jamás lograbas zafarte.

– Está bien, vamos caminando, pero no me responsabilizo del regaño de tu hermano cuando lleguemos tarde o cuando mueras de una tremenda neumonía.

Te tomé de la mano y salimos a la lluvia. Sin pensarlo te quitaste tu chaqueta y la pusiste sobre mi saco de lana buscando que no me congelara, aun así a los pocos minutos habíamos olvidado el frío. tTú te reías de mi pelo que se volvía como un bombril y yo de tu trabajo de la universidad que ahora se veía como una torta de lodo. Pero entonces te detuviste en medio de una calle, yo paré de hablar asustada por tu cara de seriedad, y esperé que hablaras. Tú me dijiste:

– Esto ya se parece demasiado a una película de esas melodramáticas como las que te gustan a ti. Pero falta algo.

Antes de que pudiera preguntarte qué faltaba, me halaste hacia ti y me diste aquel beso, que combinado con las gotas de lluvia, se plasmaría para siempre en mi memoria.

¡Qué diferentes se sentían las gotas de lluvia de aquel momento y las de ahora! Esas llenaban mi corazón, me hacía reir a carcajadas y estando junto a ti, no me causaban frío, pero estas dejaban congelado el corazón.

Llegué a casa mojada de arriba abajo, mi hermano me miró con preocupación.

– ¿Por qué vienes tan mojada?

– Porque estaba lloviendo, si no lo notaste

-Pues si, ¿pero no tenías paraguas?

– Si, en el fondo del morral

– ¿y por qué no tomaste el bus? ¿no tenías plata?

– Si, si tenía, al fondo del morral

– Entonces, ¿qué pasa?

Bajé la cabeza, caminé a mi cuarto y cerré la puerta tras de mí sin darle una respuesta.

¿Cómo decirle que había caminado bajo tu llanto porque merecía sentir tu dolor? Porque no conseguía sentir la pena de haber tenido que hacerle caso al corazón y decirte a la cara que hace tiempo ya no te quería.

——

PD: Tengo cierta amiga que encontró por casualidad mi blog y ha descubierto que soy yo la que escribe. Me ha comentado que lo encontró demasiado adolescentudo… creo que está entrada lo termina por confirmar. Tily, creo que yo no tengo remedio 🙂

PD: Maravilla y su novio también han pasado por aquí, a ellos un abrazo de oso!

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Los cuchillos

“¿Tú qué piensas que haría una madre si viera a su bebé peinándose con un cuchillo?” Me preguntó Gabriel al verme triste

“Pues obviamente pegaría el grito en el cielo y se lo quitaría de las manos” Respondí alzando la ceja antipáticamente.

“¿Y si estallara en llanto de dolor al ver que se lo quitabas?

“Pues simple, le entregaría mejor una linda peinilla para que se peinara con ella”

“Pues bueno, no estés triste… así actuó Dios contigo, te vio jugando con cuchillos y pegando el grito en el cielo, te los quitó”

“Pero… yo quería a mis cuchillos, así me hicieran llorar”

“Pues ten paciencia, ya vendrá Él corriendo a entregarte una peinilla”

Me quedé pensando el asunto por unos cuantos minutos, luego le respondí:

“Ay Gabriel, pero eso de la peinilla no basta… más le vale que me traiga tremendo cepillo masajeador!”

Gabriel comenzó a reir y juntos seguimos caminando mientras el día caía a lo lejos. De repente lo supe, él era la peinilla que Dios me mandaba del cielo.

Sonreí 🙂 y decidí que ahora sería mi amigo.