Esto no lo escribí hoy

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Creo que lo que me volvió escritora fue el miedo al olvido, a dejar que los recuerdos de una tarde cualquiera quedaran regados por el tiempo sin etiqueta. Hoy, mientras el cólico no me dejar dormir y Cartagena me mira el insomnio, siento que algo ha cambiado. Últimamente no me da miedo el olvido, sino lo contrario: el recordarlo todo.

Supongo que hace diez años era más fácil dejar ir los días sin marcarlos de fechas y horas, las fotos se perdían con cada nuevo virus que entraba al computador familiar y los días se escapaban si no los escribía.

Ahora, en cambio, mis fotos se sincronizan con Google y se guardan por fechas, por lugares. Ahora Facebook me manda notificaciones con lo que pasó hace 1,2,5, 8 años. Ahora Twitter guarda mis pensamientos en líneas de 140 caracteres en orden cronológico e Instagram organiza el egocentrismo por número de semanas.

Ahora los días no se van. Por eso hoy es lindo no ponerle fecha a esto que escribo, e imaginar que en algunos minutos saldré del apartamento en puntitas, con los bolsillos cargados de días, y los iré desocupando, uno a uno, al borde de la bahía.

O que los lanzaré por este balcón, los dejaré en el viento, los mandaré a que las voces borrachas que caminan por la bahía de Cartagena les canten por última vez.

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Esa que no soy yo

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La yo que no soy yo debe ser Ausencia. Ella debe ser la que escribe por horas sin parar frente a la ventana, mientras llueve. La que es paz y silencio. La yo que no soy yo debe ser Ausencia, ella es un poema y se pasea con los pies descalzos por las estanterías de la biblioteca. La que tiene muchas faldas de flores y salta en los charquitos. La que es adorable cuando quema la comida por quinta vez o llora despacito sobre la sábana azul. Esa que no soy yo debe ser Ausencia, o Julia, o Isabella. Esa que no usa faldas colegiales ni recuerda para siempre los nombres de los videos del historial.

Escribir.

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“Entonces, has venido hasta aquí para curarte” me dijo, dándome una pequeña palmada en el hombro. Sus ojos, cargados de tantos años, me miraban de frente. Creo que nadie, nunca, me había mirado con tanta sinceridad. Yo no supe qué responder.

Todos los alumnos de su clase habían ya dejado el salon, yo era la única que quedaba allí. Detrás de la ventana iba llegando la oscuridad de la noche.

Ella se levantó lentamente de su silla, temblando. Quise ayudarla, pero mientras luchaba contra mi torpeza, ella ya estaba de pie. Con su espalda encorvada, caminó hasta la puerta del salón. Luego, se detuvo y me miró una vez más.

“Quiero que sepas, Verónica, que escribir esa novela que tienes en mente te va a doler”, me dijo.

Y así, salió del salón.

Tres semanas en Bath

IMG_20140921_160924Quisiera que entendieras, cuando te digo que hay algo diferente en la manera en la que la luz rebota contra las cosas, en la que el viento levanta las hojas marrones del suelo. La conexión a Internet, que siempre nos falla, no me alcanza para describirte las calles de este pueblo mágico, en cuyas las montañas encuentro castillos y en una esquina me tropiezo con la casa de Jane Austen. A veces, o casi siempre, me cuesta recordar que no estoy soñando.

Ya te lo he dicho miles de veces, pero te quiero contar otra vez que mi casa parece sacada de un cuento, con su forma triangular, su túnel de árboles para llegar a la puerta y la chimenea asomándose en el punto más alto del techo. Mi universidad es un castillo y por las noches, cuando ya se han acabado las clases, me voy a recorrer las escaleras de madera, las puertas que no llevan a ningún lugar, la sala a la que se supone que no podemos entrar.

Te he dicho mil veces, pero quiero que tengas la certeza de que llegará el día en el que te podré tomar de la mano y llevarte a cada lugar; a las calles, los caminos, los castillos, a esa esquinita de mi cama donde podremos volver a dibujar nuestra pequeña ciudad.

Te extraño Ausencia

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Siento que quiero escribir, ser Ausencia un rato más y hablar de cosas que ya no digo. Hay muchos silencios, como si existiese una parte de mí que ya no pudiera respirar en público.

Poder hablar de cuando Ojos Amarillos y yo estamos solos, y cerramos las ventanas para que la ciudad no pueda mirar.

De las vidas inventadas que se van cada cierto tiempo, porque sé que nunca existieron pero siento que murieron, o me dejaron. A veces sueño que se tiran por balcones y rebotan contra el piso, volviendo a mis brazos.

De los miedos de la vida estática, cuando he vuelto a mi ciudad y ya no tengo a la Fría Ciudad para idealizar my old little town.

De que me paso sentada en un escritorio, promocionando productos que al final son solo agua y polvo. Y me dicen que la vida es simple, y sí… y eso me aburre.

De que Dios exista… o no exista.

Y no sé qué digo. Te extraño Ausencia, te extraño debajo de las cobijas, en las calles mojadas, en el silencio de los domingos cuando mi voz no la oia ni yo.

Te extraño Ausencia, pero cuando eras incógnita, y podía hablarte de cosas al oído. Y ser tú, y decirle palabras al vacío de Internet.

Te extraño y me extraño, y creo que me he pasado la vida extrañándome…