Historias con canciones

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Te pedí que no me llevaras a mi casa. Me dijiste que podíamos tomar una cerveza, en el sitio de siempre. Parqueamos la moto y caminamos cogidos de la mano hasta el bar. Sabías que me pesaba el alma y quería llorar por él. Él me había hecho daño y yo lo había querido un montón. Sabías que no quería volver a él.

No quiero quedarme sentado, 
No quiero volver a tu lado
Creo me gusta así.
Ya paso el tiempo y espero saber por qué
Estando tan lejos no te quiero ver.

Pedimos dos cervezas y te dije que iría un momento al baño. Cuando volví, mirabas tu celular distraído. Estar allí podía ser la situación más extraña de mi vida, porque aún lo quería a él y tú lo sabías, porque quería estar contigo y aprenderte a querer, y tú también lo sabías.

Adentro llueve
y parece que nunca va a parar
Y va a parar.

Teníamos un miedo tan inmenso que llenaba todo el bar, se sentaba en las sillas y pedía cervezas. Como no sabíamos qué decirnos, decidimos darnos un beso. Entonces empezó a sonar una canción.

Ya no duele el frío que te trajo hasta acá
Ya no existe acá
No existe el frío que te trajo.

Y nuestro beso duró toda la canción.

Cantando a pesar de las llamas.
Lalalalala
Gritando con todas las ganas. 
Lalalalala

Nunca supe explicar lo que había pasado en ese momento. Pero ahora, cuando ha pasado el tiempo, por fin lo entiendo. Fue allí cuando entendiste que estaba triste y que iba a tomar tiempo en curar, fue allí cuando entendí que no te importaba, que ibas a luchar conmigo.

Gracias.

 

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Querida Martina

Martina

Aunque aún no me conozcas, quiero contarte que estuvimos sentadas una al lado de la otra durante casi ocho meses, mientras tú ibas creciendo en la pancita de tu mamá. Fue increíble tenerte allí al lado; evitábamos decir malas palabras y cada pocos minutos oíamos cómo tu mamá de repente se acariciaba la panza y te decía: te quiero Martina, te quiero mucho.

Quiero que te imagines un poco cómo era ese lugar donde estuviste los primeros meses de tu vida. Trabajábamos en una gran oficina llena de computadores de todos los colores y tamaños. El trabajo de tu mamá y mío era crear campañas para vender más café, pero había un problema: ella no podía tomarse ni una gota, porque aún no sabíamos si a ti te gustaría.

Uno de los momentos más mágicos que recuerdo fue una tarde a finales de mayo. Yo me sentía un poco triste, por cosas que en algunos años comenzarás a vivir (pero aún no te debes preocupar por eso). Tu mamá de repente tomó mi mano y la puso en su pancita. En ese momento, y como si fueras una gran karateka, pegaste una patada y pude sentir tu pie. Ambas quedamos boquiabiertas, acabábamos de presenciar un milagro. ¡Me imagino que tú no podías parar de reír, del susto que nos habías pegado!

Querida Martina, quiero contarte que tendrás una familia increíble. Llevo muchos meses oyéndolos buscar el color perfecto para tu habitación y soñar con la cuna más linda que pudieran comprar. Incluso me contaron que a tu papá y a tu mamá les tocó pintar tu cuarto dos veces, porque el primer color no resultó nada bonito.

Tienes mucha suerte, chiquita. Naces en una familia que te esperó y te quiso con todo el corazón desde el momento que supo que venías. Tu mamá te quiso con el alma, con los pies hinchados, subiendo mil escaleras para una reunión y con varios meses encima sin poder dormir. Incluso dicen por ahí que eres un pequeño milagro, pero esa historia se la deberás preguntar a mamá.

Te advierto que tendrás una mamá un poco elevada y algo descachada, pero con una habilidad que encuentras en muy pocas personas: la de querer con todo el corazón. Deberás entenderla al principio, porque eres su primera hija y es probablemente que no tenga ni idea qué hacer. Pero eso está bien, irá aprendiendo y seguramente te hará reír toda la vida.

Algún día me encontraré contigo y te diré Ay qué grande estás, Martina y tú no tendrás idea quién soy, pero no importa. Solo quiero que sepas que fue todo un placer conocerte.

3 a.m.

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Me despertó el grito grave y profundo de mi hermano menor, proveniente del pasillo. Miré el reloj. Tres de la mañana. Luego, llegaron las voces de confusión, mi mamá saliendo de su cuarto y preguntándole si estaba bien. Él respiraba con fuerza.
No quise salir de mi cama, no quise abrir la puerta de mi cuarto. Sentí miedo.

¿Qué podría haber pasado?

Versión 1

Él miró el reloj del celular. Tres de la mañana. No le gustaba despertar a esa hora, la casa estaba toda en silencio. Intentó recordar qué lo había despertado, había sido un mal sueño, la sensación de que alguien lo miraba mientras dormía. Quiso no sentir miedo, intentar dormirse de nuevo, pero llegaron las ganas de ir al baño.

No quería pararse, no quería. No quería caminar todo el pasillo a oscuras, no quería atravesar la sala buscando cómo prender la luz. Pero no era capaz de aguantarse.

Abrió la puerta sin hacer ruido, alumbró el pasillo con la luz del celular, no había nada. Caminó los primeros pasos, procuró no sentir miedo, comportarse como un adulto, como una persona que no estaba pensando en la película que había visto antes de dormirse, que no había soñado con unos ojos oscuros, que no acababa de sentir que alguien le agarraba el brazo con fuerza.

Giró su cabeza, temblando de pies a cabeza, y allí estaba, mirándolo de frente, la sombra negra. Gritó hasta caer desmayado.

Versión 2

Él miró el reloj de su celular. Tres de mañana. De nuevo sin poder dormirse, dando mil vueltas por las cobijas, por su cabeza llena de nudos, por el cuarto, por los canales de televisión que no estaban diseñados para las personas con insomnio, Envidiaba a aquellos que podían acostarse en su cama a las 11 de la noche, ponerse las cobijas encima y caer dormidos. Como su hermana, que siempre a la misma hora le decía Fico, ya me voy a dormir, ¿me cierras la puerta? y así, como si nada, caía dormidísima.

Aunque sabía que no debía hacerlo, se enloquecía poco a poco pensándolo:   Duérmete, duérmete, duérmete Federico. Mañana tienes clase Federico, tienes que madrugar, tienes que desayunar, vestirte, llegar al tercer día de universidad a tiempo, invitar muchas personas a Amway, hacer esas vueltas que tienes pendientes, tener el reloj de tu cabeza cuadrado para dormirte temprano y volverte a despertar, desayunar…

Sin darse cuenta, salió de la cama, abrió la puerta sin preocuparse por el ruido, aun echándose mil culpas por estar despierto,  por no saber dormirse como los demás, porque tenía que madrugar  a la universidad y quería comenzar a faltar. Cargado de ira, cargado de todas las cosas de las que uno se puede deshacer cuando duerme, lanzó un grito.

Cuando mamá asustada salió de su cuarto, él estaba llorando en el piso del pasillo.

Versión 3

Él miró su celular. Tres de la mañana. Quería seguir durmiendo, pero le ardía la garganta, tenía tanta sed que le picaba la boca y le costaba mover la lengua. Tenía miedo de no volver a dormirse si se paraba de la cama. ¿Por qué no le había hecho caso a mamá cuando le insistía que dejara un vaso de agua en la mesa de noche?

Abrió la puerta del  cuarto con cuidado, el pasillo estaba oscuro. Lo cruzó con cuidado, mientras el perro lo miraba desde el sofá de la sala. Era extraño que el perro estuviera durmiendo allí, siempre lo dejaban dormir dentro de alguna pieza.

Cuando iba por la mitad del pasillo, comenzó a ladrar. Fue cuestión de pocos segundos, entre la mirada al perro, su pie atravesando el charco de orín, las manos girando por los aires, la columna aterrizando con todas su fuerzas sobre el piso frío, para que Federico lanzara un grito grave y profundo, lleno de ira.

Versión 4

Él miró su celular. Tres de la mañana. Se había despertado de nuevo dentro del sueño de su hermana.

Regresar

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Siempre busqué regresar allí.

Papá me pidió que lo acompañara a visitar unos amigos suyos.

Los saludé con algo de timidez, con esa que no deberías tener aún a los 23 años. Papá conversaba con ellos y yo miraba el cielo que de repente se contraía. Desde el balcón conté los pisos del edificio del frente, uno, dos, tres, cuatro, cinco. Por el color de las cortinas supe que él aún vivía allí.

Sin querer parecer demasiado extraña, me disculpé diciendo que quería dar una vuelta para recordar viejos tiempos. Quise explicarles que haber vivido allí desde los 2 hasta los 12 años significaba algo grande para mí, pero preferí girar la perilla y salir antes de que me llenaran de preguntas.

Al salir al parque, me detuve en medio de los tres laureles. Llovía un poco. Solo ahora puedo decir que son laureles, diez años atrás no tenían nombre, eran los tres árboles de hojas gigantes. ¿Cómo pueden volverse tan tuyas las cosas cuando aún ni siquiera sabes cómo llamarlas?

Saltando entre pantano, me acerqué a los juegos infantiles.  Descubrí que ambos columpios son ahora azules. No me gustó encontrarlos así, tan iguales. Recuerdo que el de la derecha era el mío, el rojo, y el de la izquierda, el azul, era el de todos los demás.

De repente temí que la presencia de una caminante en medio de la oscuridad asustara a los vecinos, así que me escampé de la lluvia en el hall del primer piso. Allí me encontré de frente con la puerta de mi viejo apartamento.
Busqué imágenes, en cambio encontré sonidos.  Mis zapatos limpiando contra el suelo la hierba mojada del parque, la mano recorriendo la pared poblada de humedad, el crack del vidrio que mi hermano mayor rompió en medio de una pelea con papá, el sonido agudo y amargo del ascensor cuando anuncia su llegada a cada piso.

Antes de regresar, quise bajar al sótano.  Desde allí, alzando la mirada, pude ver  la pared en la que tardes enteras jugábamos eliminado. Un carro me obligó a moverme. Seguí mirando la pared, ignorando la lluvia que comenzaba a caer con más fuerza.

Alguien se bajó del carro y  me miró un instante, casi puedo decir que sintió miedo de ver los tiempos cruzándose. No lo miré, pero supe quién era. Silenciosa, caminé directo al ascensor, con la certeza que cuando las cosas se dejan en el pasado, para siempre saben mejor.

Él me siguió con la mirada solo unos segundos más.

Historias sin comienzos

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Ellos no se miran, no se buscan. Cada uno con los ojos en la pantalla. No es posible sospecharlo. Ni ella busca ponerse su mejor ropa ni él se pasa las noches buscando palabras para ella.

Ella se levanta por café y él pone mucho cuidado en no mirar su taza y esperar que esté vacía. Una mujer se acerca a hablarle a él y ella no alza la mirada de su libreta de apuntes, ni clava con más fuerza el lapicero al papel.

No se buscan, pero se esperan. Yo tengo certezas.

Me demoro un poco mas en salir. Ella tiene las llaves para cerrar y él aún no ha terminado. Yo tomo mi bolso y camino hacia el ascensor.  Miro solo una vez hacia atrás. Ellos siguen con sus miradas en las pantallas.

– ¿Te demoras? – le dice ella, sin levantar los ojos.

Se cierra la puerta del ascensor tras de mí.  Me quedo recostada contra el espejo.

De esas conversaciones

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Ojos Amarillos y yo nos acostamos en el suelo de un parque de la ciudad. Él pone su cabeza sobre la tierra y yo la mía en su pecho. Nos quedamos mirando el cielo de la tarde.

– Me preocupa que ninguno de nosotros sepa cocinar – le digo de la nada
– ¿Por qué?
– ¿Quién va a cocinar en la casa?
– ¿Como que quién? ¡Tú! – me dice, buscándome pleito.
– ¿Ah sí? – me levanto y lo miro a los ojos – pues no, nuestra casa va a tener igualdad de condiciones. Los dos cocinamos y lavamos.
– O… tenemos mucha plata y contratamos tres empleadas.
– ¿Tres mujeres empleadas? – él asiente sonriendo – pues no, una empleada y un chef.
– Me parece justo
– ¡y que se enamoren! – sonrío ridículamente
– Jajaja! ¿Ya le metiste historia?
– Síi, ¡te imaginas, demasiado romántico!
– Hasta que un día pelean y él la envenena a ella en la cocina
– O nos envenenan a nosotros dos para quedarse con nuestra casa…..

Los dos ponemos la mirada solemne de quienes saben cómo van a morir.

– ¿Y si mejor tú lavas y yo cocino?