Conversaciones en el río Cauca

Un zapato café cuelga del cable que cruza de lado a lado el río Cauca. Se mueve con el viento. Debajo de él, pasamos nosotros en lancha. Los cinco, porque Esteban no vino porque tenía que estudiar (aunque yo no recuerde nunca haberlo visto estudiando).

Pasamos los cinco y Ari, la novia de Fico. Y Jesús, que maneja la lancha y sonríe incómodo cuando mi mamá dice que su nombre es una señal de que todo saldrá bien. Y Andrés, el asistente de la lancha, que mira con ojos expectantes el Dron que mi papá se prepara para elevar.

Vamos pasando debajo del zapato, que cuelga de unos cordones que alguna vez fueron blancos. Las montañas, a lo lejos, parecen murallas azules y un grupo de reces blancas nos vigilan desde la orilla. Una guadua pasa flotando junto a nosotros.

“Jesús, ¿qué es lo más raro que se han encontrado flotando en el río?”, le pregunto, girando la cabeza hacia atrás.

“Animales muertos, basura…”

“¿y cadáveres?”

“Ah sí, muchas veces”

“¿En la época de la violencia?”

“Y también después de lo de Armero, y hace poquito con la tragedia de Salgar. Eso salíamos con la lancha de la Armada y recuperábamos un montón. Un día fueron hasta 87, todavía me acuerdo .”

“¿Y venían completos o por pedacitos?”

Mi mamá voltea a mirarme, sorprendida.

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Parar

 

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Llevábamos una hora y media de viaje. Me había quedado dormida con los audífonos clavados en los oídos, para intentar silenciar la música popular que el conductor insistía en compartir (tan amablemente) con el resto de los pasajeros.

Mi cabeza rebotó contra la ventana cuando la buseta se detuvo antes del peaje. Me distraje con el señor que se subió para vender arepas de chócolo (A tres mil, a tres mil. Lleve la arepita a tres mil pesitos)  y al principio no noté que los dos lados de la carretera estaban vigilados por policías con escudos que los cubrían de pies a cabeza.

Quizás por crecer colombiana, acostumbrada a la presencia militar incluso en los lugares más inocentes, no me preocupé demasiado. Cuando nos pusimos en marcha de nuevo, subí el volumen, recosté la cabeza y volví a cerrar los ojos. Claro, por culpa del de las arepas nos vamos a quedar aquí hasta mañana, dijo alguien. La buseta frenó de nuevo, esta vez en seco.

Abrí los ojos. Entonces los vi.

Después del peaje, una multitud nos esperaba para bloquear el paso. Caminaban hacia nosotros con determinación, cargando pancartas y alzando los puños. El conductor detuvo el carro, apagó la música. Nos quedamos en silencio. Pensé en el turno que tenía al otro día en el periódico, a las 5 de la mañana.

Dos motos de la policía se hicieron a cada lado de la buseta. Otra se hizo al frente. Comenzamos a avanzar despacio, mientras los manifestantes se iban apartando, obligados, molestos.

Probablemente fueron un par de minutos, o un poco menos, pero pasar en medio de la multitud se me hizo eterno. Éramos 17 pasajeros y el conductor; cuatro jóvenes, dos familias con niños pequeños, una pareja de viejos. A través de las ventanas, nosotros les mirábamos las manos, ellos nos miraban a los ojos.

Algunos nos gritaban, le pegaban al pequeño bus, alzaban los puños, intentaban empujarnos hasta voltearnos. Algunos, con los rostros cubiertos con pañoletas rojas, solo nos clavaban los ojos. Esos nos odiaban. Nos odiaban tanto.

Lo que no sé es por qué. Eramos 17 desconocidos en un pequeño y destartalado bus, viajando de Manizales a Medellín, un lunes festivo en la tarde. ¿Qué nos hacía tan diferentes? ¿Qué hacía que de repente fuéramos del otro bando? ¿Debíamos bajarnos, tomar las pancartas, y alzar los puños junto a ellos?

Mientras el pequeño bus se tambaleaba entre la multitud, yo sentía que poco a poco  un muro de cemento se levantaba entre ellos y nosotros, e iba creciendo hasta el cielo.

La buseta se soltó finalmente de los brazos, se escapó de los puños, y siguió su viaje por las montañas. Pero el muro, ese muro de cemento, nos lo llevamos con nosotros.

Polvo y ficción

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____

Despertamos muy temprano en la mañana. En la Pequeña Ciudad apenas amanecía y el frío nos obligaba a escondernos bajo las cobijas. Permanecimos en silencio, para evitar llenar el suelo con palabras que luego tendríamos que recoger. Luego él se quedó dormido de nuevo, abrazado a mi cintura.

Me intenté parar de la cama sin despertarlo, pero él abrió los ojos al primer movimiento. No te preocupes, le dije, solo voy un segundo al baño. Estaba mintiendo.

Caminé por el pequeño pasillo del apartamento, sintiendo el frío del suelo adentrarse entre mis medias de algodón. En medio de este encontré la vieja biblioteca de la familia, repleta de libros para el colegio de tres hijos que ya crecieron y enciclopedias cubiertas de polvo.

Sabía que era una biblioteca ignorada por el tiempo, por esto pasé despacito las yemas de mis dedos, como acariciando cada libro. Luego encontré una compilación de cuentos de Cortázar, sonreí casi sin querer y la saqué de la repisa.

Me senté en las baldosas frías del pasillo, apoyé el libro en mis rodillas y comencé a pasar una a una las páginas amarillas. Fue entonces que caí en cuenta de la escena, de cómo el pelo caia largo y desordenado sobre el pecho, de cómo el viejo libro se apoyaba en mi cintura, de cómo los dedos del pie se movían en el ritmo en que leía los cuentos.

De repente sentí con muchísima fuerza que quería un hombre que lo volviera loco esa imagen, la mía llena de letras y de frío de la mañana. Quise que él se despertara y me espiara desde la puerta de su habitación, como mirando el retrato perfecto. Pobre él, pensé, que aún no sabe nada, que aún no descubre mis grietas, mis vagones de silencios, mis ganas constantes de salir corriendo porque me encierro dentro de la ficción, y se me olvida la realidad.

Él despertó poco después, cuando yo había descubierto otro montón de libros en el cuarto del fondo. Pasaba las páginas de algún libro de Kundera, cuando él apareció en la puerta, gritando mi nombre. Qué linda, me dijo al verme allí sentada. Sonreí, sabiendo que aquello no era suficiente para calmar mis fantasías estéticas. Salió un momento de la habitación y regresó con un libro entre las manos.

Me explicó emocionado que ese era su libro preferido, lo había leído más de tres veces y siempre sentía ganas de repetirlo una vez más. Lo noté esforzándose por hacer parte de la escena, por encajar en mi mundo de letras.

Su libro hablaba de física, trataba de explicar la existencia de una cuarta dimensión. Era un libro viejo, la portada estaba rota y en las esquinas se acumulaba el polvo. Él se sentó a mi lado, sin parar de hablar, y yo apoyé mi cabeza sobre su hombro y lo miré con ternura

Qué tan diferentes, qué tan desconocidos, qué tan cerca nos veíamos allí sentados, en el piso frío de la habitación del fondo, él mostrándome la realidad, yo aún buscando la ficción entre libros llenos de tiempo y polvo.

Supe entonces que lo quería.

La Fría Ciudad

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Me gusta la Fría Ciudad cuando voy colgando del bus lleno de gente y en el reflejo de la ventana veo cómo la mujer junto a mí cambia su cara inexpresiva, por una sonrisa secreta. Y yo sé que está pensando en su momento feliz.

Cuando me encuentro dos días seguidos con el mismo tipo en el bus, y lo reconozco porque el maletín que lleva en los hombros me recuerda a alguien más. Y me sonríe, él también sabe quién soy. Quizás nos volvamos a encontrar, desconocido.

Cuando el bus va tan rápido que pareciera que nos fuera a lanzar a todos a volar, aún así un bebé de 4 cuatro meses sigue durmiendo profundamente en el hombro de mamá.

Me gusta el perro que se revuelca todos los días bajo el mismo puente desolado, saber que el es feliz aunque todo alrededor sea porquería.

Conversar con el conductor del bus, oír cómo orgulloso me cuenta que mandó a sus cuatro hijos a la universidad ¡y manejando un viejo bus!

Ver esos reencuentros repentinos entre dos viejos amigos, que viajaban lado a lado en el bus y solo hasta el final del recorrido por fin se reconocen.

Volver a encontrarme al barrendero del puente, cuando han pasado dos semanas sin saber de él. Pero está de nuevo en su esquina, sonriendo al ritmo del polvo de la ciudad que levanta su escoba. Me alegra que estés bien, le digo sin que me oiga.

Me gusta reírme del vendedor de boletas del cine, cuando le compro una y me pregunta ¿cuántas? y yo le digo una, y el me pregunta de nuevo ¿cuántas? y yo le digo una, y me pregunta por tercera vez y yo le sonrío y le pido dos, una para mi amigo imaginario, a ver si me las vende de una vez.

Cuando me monto a un taxi y descubro que lo conduce una mujer, yo nunca me había montado con una mujer, le digo emocionada. Así nos vamos riendo todo el camino, hablando mal de los hombres como dos viejas amigas.

Cuando llueve y voy cantando en medio de las gotas, mientras un camionero que pasa levantando agua se burla de mí.

Encontrarme con la misma vieja cansada que vende chocolates en la salida de la parada del bus los martes en la noche. Ella no sabe que la extraño los días que no aparece.

Me gusta cómo voy llenando mis bolsillos de desconocidos,
cuerpos barridos de una foto,
pedazos de mí.

Historias de casi ficción

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Me levanté de la cama cuando aun las cobijas reclamaban mi presencia. Caminé perezosamente hasta la cocina, pasé por el lado del espejo notando que aun llevaba la misma ropa de ayer. Mis ojos, llenos de pestañina regada, parecían no querer despertar; de mi pelo, de eso mejor ni hablar.

Salí de la cocina con un tazón de Zucaritas en mi mano y una bolsa de leche sin abrir en la otra. Me senté y noté que debajo de la puerta se asomaba un ejemplar del periódico.
– Tan raro, yo no tengo una suscripción a ese periódico.
Aun así, y con la poca pasión por el periodismo que a veces se despierta en mí, corrí a recogerlo. La muerte del Mono Jojoy en primera plana, un poco más abajo algunos partidos de fútbol, un comentario de un político tonto, Piedad Córdoba destituida… pero antes de cerrarlo, un titular en la esquina llamó mi atención, mi estómago dio tres vueltas antes de comenzar a leerlo:
HOMBRE HERIDO A MANOS DE DOS UNIVERSITARIAS
 
En las horas de la noche, en un bar recién inaugurado a las afueras de la Fría Ciudad, se reportaron serios disturbios. La Policía tuvo que allanar el lugar. Un joven de 22 años fue retirado en ambulancia, las jóvenes responsables permanecen en libertad luego de ser interrogadas. Los hechos no están claros aún.
 
“Yo no sé, esas viejas llegaron todas agresivas a pegarme sin razón alguna” afirmó la víctima mientras era llevado a la ambulancia, “la primera intentó ahorcarme y cuando me la lograron quitar de encima y llevársela, llegó la segunda a empujarme. Me dejó tirado en el suelo. Yo no estaba haciendo nada malo”
 
Los disturbios se iniciaron alrededor de las 8 de la noche. Laura Yomo, estudiante universitaria y testigo de los acontecimientos le informó al periódico cómo comenzó todo: “Yo estaba con Carla, una amiga. Nos acabábamos de encontrar en el bar de enfrente y caminamos hasta la barra de este bar. Ella me estaba contando que le gustaba un niño que estaba justo al lado. Cuando el niño comenzó a acercarse a nosotras, Juana salió como loca a ahorcarlo. Él tenía un escapulario en el cuello y prácticamente se lo arrancó… Yo realmente no entiendo lo sucedido, porque Juana es muy amiga de Carla”
 
Según testigos, cuando logró arrancarle el escapulario a la víctima, Juana salió corriendo hacia el baño y se encerró allí. Mientras unos corrían al baño a intentar entender qué sucedía, la víctima se paró de la barra mareado y comenzó a caminar rumbo al interior del bar.
 
“Yo intenté caminar hacia él, para pedirle disculpas por lo sucedido, relató Carla, y entonces vi como venía Ausencia (Oh, Dios!) como loca directamente hacia nosotras. Preferí ir al baño por Juana, a ver si me devolvía el escapulario, porque Ausencia parecía imposible de detener”
 
El bartender del sitio, Álvaro Torres, estaba bailando con Ausencia cuando esta de repente comenzó a correr hacia la víctima. “Yo estaba normal, bailando con ella… ella ya se habían tomado dos botellas de aguardiente, pero estaban bien. De repente la veo que se comienza a poner roja de pies a cabeza, deja de bailar y sale corriendo hacia un tipo con un saco de rayas azules y rojas”
 
Varios testigos afirman que Ausencia empujó al hombre al piso de piedras y lo insultó por lo menos 10 minutos seguidos. “Lo más extraño de todo, afirmó Laura Yomo, es que ninguna de las dos niñas presenció como la otra le pegaba. Tanto Juana como Ausencia reaccionaron de la misma manera al ver a la víctima hablando con su amiga”
 
“Eso seguramente fue una pelea de celos, típica pelea de viejas por un tipo” afirmaron varios clientes del sitio.
 
Las responsables de los disturbios fueron retiradas inmediatamente del sitio, ninguna de las dos ha hecho declaraciones hasta el momento. Lo más cercano fue el grito que pegó Ausencia, y al que se le unió Juana, cuando eran retiradas a la fuerza por la policía:
 
“¡No te vuelvas a pasar por aquí, malparido!”
Solté el periódico temblando, subí corriendo al segundo piso del apartamento donde Juana dormía profundamente. Volví a bajar, cogí mi celular y rogando tener un minuto, borré varias veces lo que escribí hasta que finalmente lo envié:
“Carla, llevamos 3 años viéndote llorar por él… estábamos cansadas de que te hiciera daño…”
—–
Nota: Esta historia es ficcional
Nota2: Carla, en serio lo sentimos…

La pared de los recuerdos

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Imaginé que entraba 15 años después a aquel lugar. Un letrero de “se vende” habría quizás llenado de incertidumbre mi paso por aquella pequeña y sucia calle, la más vieja de la Ciudad Fría. Seguramente miraría algunos minutos la fachada, dejaría que mi mente girara entre remolinos de recuerdos, y luego preguntaría si sería posible echar un vistazo adentro.

Caminaría por entre las mesas rotas, cubiertas de sábanas blancas como en las películas viejas, sentiría el olor a chicha corriendo aun por los pasillos, y luego subiría por aquella estrecha escalera hasta el segundo piso. Seguramente no habría nada allí, solo un lejano anhelo de música viniendo del techo y claro, la gran pared al lado de la ventana cubierta por un plástico negro, el cual yo quitaría delicadamente sin que el dueño se diera cuenta.

Y allí estarían, incrustados aún en la pared, miles de recuerdos de miles de personas en marcador negro.

Por aquí pasaron los tres parceros
El que se enamora pierde
El gobierno no existe
María y Pedro, amor por siempre
Carlos Serrano, algún día te superaré
El profesor de argumentación es gay
Aquí nos volveremos a ver en 1 año.
Recuerdo de la primera mujer de Gacha

y en la esquina de la ventana, borrado por el viento y la lluvia de la ventana abierta, estaría la ilegible la frase que 15 años atrás escribí.

Despierto, estoy aun 15 años atrás. Mi marcador negro tiembla en mi mano mientras miro lo que he puesto en permamente. Mis 2 amigas suman algunas frases más a la pared rayada del bar, esperan los cocteles que hemos pedido.

Intento imaginar, porque se supone que la imaginación lo puede todo, que 15 años después estaré frente a esa pared, forzando mi mente para recordar qué escribí sin lograrlo. Repasaría caras, amores, desamores, besos, nostalgias, alegrías, tristezas… pero sólo vería letras ilegibles.

Pero ese intento es fallido, un fracaso, la imaginación no es un súperhéroe. Sé con certeza que aunque pasen 30 o 70 años, aunque el tiempo llegue como tornado arrasándolo todo, aunque cambien los caminos… sé que nunca olvidaré lo que quedó allí escrito.

Porque yo no soy como esa pared, SOY esa pared rayada de recuerdos con marcador permamente.