Madrugada

 

66a3i8b367

Lo despierto a las tres de la mañana y le digo que tengo miedo. Él, que apenas puede mantener los ojos abiertos, me asegura que todo estará bien y intenta acomodarme entre sus hombros. Pero yo me salgo de estos, y me siento a mirarlo. Le digo que no puedo dormir, pero también le quiero decir que la vida a veces me parece un grieta que se va abriendo. Me pregunta si quiero prender la luz, esperando que le diga que no. Y le digo que no, y me paro de la cama a hacer café.

Mientras él sigue durmiendo, caliento el agua en el fogón y mezcló el café haciendo círculos exactos alrededor del pocillo. Luego le echo algunas gotas de leche y veo cómo los colores parecen acuarelas. Recuerdo entonces cuando vivía en casa, a una puerta de la habitación de mamá, y el café lo hacíamos solo de leche. Y no sé por qué eso de repente importa.

Me siento en la pequeña sala, en la silla hecha de hilos de plástico en los que mi espalda no encaja del todo bien. La gata amarilla se acomoda en el murito de la ventana para mirar hacia la calle, como esperando que los vecinos comiencen a salir de sus casas. Pero es muy temprano aún, le digo, y solo está el cielo oscuro para mirar.

Las dos nos quedamos horas allí, pero no pasa nada. El cielo se va aclarando, el café ya se ha enfriado y no me logro acomodar dentro de la silla de hilos, que no tiene esquinas. Ni dentro del día, que hoy llegó demasiado pronto (o demasiado lento).

Tampoco me acomodo dentro de la idea de tener 27 años, que son muchos para seguir tan pequeña. Ni dentro del trabajo que tiene tantas horas iguales, tantas horas iguales, tantas horas iguales. Ni dentro del amor que no se despierta a las 3 de la mañana, ni recuerda la caja debajo de la cama con mi escritorio nuevo aún por armar.

Ni dentro de Dios, que hace años se quedó callado.

Volver 

Facebook imagen sobre link (11).png

Volver a la esquina entre tu hombro y tu brazo derecho. A la mano que aprieta la cintura. Volver a la discusión sobre la sal antes de hervir el agua, a las pastas con pimienta y huevo duro. Al olor de la piel y a las mismas diez canciones de siempre. Volver a las gotas de agua que pasan de dedo a dedo, al vapor empañando el espejo, a la respiración lenta junto al oído. Volver a las piernas enrolladas bajo tus rodillas. A los besos antes de dormir.

Volver. Volver a casa.

Papá y yo

facebook-imagen-sobre-link-25

Anoche papá me llevó a mi apartamento. Con las manos apretando el volante, la lluvia entre el parabrisas y su incapacidad infinita para decirme las cosas, me preguntó si Andrés tenía carro.

“¿Carro, papá?”

“Sí, que si tiene carro”

“Mmm… no”

“¿Y moto?”

“Papá, tú sabes que no. Después del accidente, no es buena idea que la vuelva a manejar”

Nos quedamos callados, mientras el semáforo pasaba a verde.

“¿Y no piensa comprar carro?”

“No sé… hay otras prioridades ahora”

Silencio.

“¿Papá, y por qué no me preguntas a mí si he pensado comprar carro?”

“Es diferente”

“¿Por qué?”

Silencio.

“¿Tú no te quejas de las vulgaridades que te dicen cuando caminas sola por la calle?”

“¿Eso qué tiene que ver?”

“Es que eres demasiado feminista para verlo…”

Silencio.

“¿Él cómo te lleva a tu casa en la noche?”

“No sé, pedimos un Uber. No entiendo porqué él me tiene que llevar.”

Pasamos la pequeña parroquia y giramos en la esquina del barrio. Le señalo mi edificio y se molesta, me dice que él sabe muy bien dónde vivo. No le discuto lo curioso que es que lo sepa y nunca haya subido a visitarme.

“Hasta mejor que se casaran”

“¿Es en serio?”

“Para que no andaras quedándote allá”

“¿Osea que la decisión sobre la persona con la que voy a pasar toda mi vida se basa solo en transporte?”

“Solo digo”

Se detiene frente a las escaleras. Le doy un beso en la frente con la certeza que esta conversación durará algunos años más. Él también lo sabe y aprieta los labios. Mientras abro la puerta del edificio, lo veo esperando a que su niña entre bien. Arranca justo cuando giro la llave en el último cerrojo.

Hace un mes, una semana y dos días que me fui de mi casa.

De mujeres tristes y cadáveres 

Fue con los pies apoyados en la baranda del balcón de tu casa y el sol calentando nuestros talones. Fue con una cerveza en la mano y el cielo tan despejado que las montañas de la ciudad parecían una pintura realista.

Te dije que, quizás, desde que estaba contigo yo ya no era una mujer triste. Que años atrás, antes de ti, antes de la baranda del balcón y el sol en los talones, había estado junto a alguien que entendía la melancolía. Que entendía que la vida a veces se volvía un nudo de metáforas. Que sabía que había domingos enteros en los que lo mejor era dejarme en cama, darme un beso en la frente, cerrar la puerta tras de sí.

Pero tú, te dije, tú no me dejas ser una mujer triste. Tú entras al cuarto, y prendes la luz, y me preguntas qué vamos a hacer hoy. Tú dices que es hora de tender la cama, de hacer desayuno, de salir al balcón.

Me escuchaste con atención, sonreiste y te pusiste de pie, acariciando la cicatriz en el hombro que ahora nos acompaña siempre.

Te quedaste apoyado en la baranda, callado, mientras mirabas un punto fijo en el paisaje.

Bonita – me dijiste, señalando la finca vecina al edificio. – ¿has visto ese señor que siempre está cavando algo en esa huerta?

Me puse al lado tuyo,  esperando una conclusión grande e increíblemente metafórica para lo que acababa de contarte.

Hace días que lo he estado mirando, – mencionaste, como preocupado. – ¿No será que ese tipo está enterrando cadáveres ahí?

Parar

 

dsc_4953 (1)

Llevábamos una hora y media de viaje. Me había quedado dormida con los audífonos clavados en los oídos, para intentar silenciar la música popular que el conductor insistía en compartir (tan amablemente) con el resto de los pasajeros.

Mi cabeza rebotó contra la ventana cuando la buseta se detuvo antes del peaje. Me distraje con el señor que se subió para vender arepas de chócolo (A tres mil, a tres mil. Lleve la arepita a tres mil pesitos)  y al principio no noté que los dos lados de la carretera estaban vigilados por policías con escudos que los cubrían de pies a cabeza.

Quizás por crecer colombiana, acostumbrada a la presencia militar incluso en los lugares más inocentes, no me preocupé demasiado. Cuando nos pusimos en marcha de nuevo, subí el volumen, recosté la cabeza y volví a cerrar los ojos. Claro, por culpa del de las arepas nos vamos a quedar aquí hasta mañana, dijo alguien. La buseta frenó de nuevo, esta vez en seco.

Abrí los ojos. Entonces los vi.

Después del peaje, una multitud nos esperaba para bloquear el paso. Caminaban hacia nosotros con determinación, cargando pancartas y alzando los puños. El conductor detuvo el carro, apagó la música. Nos quedamos en silencio. Pensé en el turno que tenía al otro día en el periódico, a las 5 de la mañana.

Dos motos de la policía se hicieron a cada lado de la buseta. Otra se hizo al frente. Comenzamos a avanzar despacio, mientras los manifestantes se iban apartando, obligados, molestos.

Probablemente fueron un par de minutos, o un poco menos, pero pasar en medio de la multitud se me hizo eterno. Éramos 17 pasajeros y el conductor; cuatro jóvenes, dos familias con niños pequeños, una pareja de viejos. A través de las ventanas, nosotros les mirábamos las manos, ellos nos miraban a los ojos.

Algunos nos gritaban, le pegaban al pequeño bus, alzaban los puños, intentaban empujarnos hasta voltearnos. Algunos, con los rostros cubiertos con pañoletas rojas, solo nos clavaban los ojos. Esos nos odiaban. Nos odiaban tanto.

Lo que no sé es por qué. Eramos 17 desconocidos en un pequeño y destartalado bus, viajando de Manizales a Medellín, un lunes festivo en la tarde. ¿Qué nos hacía tan diferentes? ¿Qué hacía que de repente fuéramos del otro bando? ¿Debíamos bajarnos, tomar las pancartas, y alzar los puños junto a ellos?

Mientras el pequeño bus se tambaleaba entre la multitud, yo sentía que poco a poco  un muro de cemento se levantaba entre ellos y nosotros, e iba creciendo hasta el cielo.

La buseta se soltó finalmente de los brazos, se escapó de los puños, y siguió su viaje por las montañas. Pero el muro, ese muro de cemento, nos lo llevamos con nosotros.

Historia breve de un hombro

facebook-imagen-sobre-link-31

Ya te he dicho varias veces que dejes tu hombro en Manizales y vengas a verme. Pero a ti te confunde un poco la fantasía, y me dices que eso no es muy posible.

Entonces tráelo hasta acá, te digo. Con la cicatriz que lo cruza de lado a lado, el look del monstruo triste de Frankenstein y los dolores impensables por la noche. Pero me dices que te da miedo. Y a mí también.

Así que decidimos quedarnos lejos. Yo sin saber cargar la vida y tú sin hombro para ayudarme. Yo solo con fantasías que no sirven para curar tus dolores tan reales.

El desamor literario

book-1149031_1280

Hoy, cuando acomodada en el sofá de mi casa, llegué a la última línea de Matar a un ruiseñor y lo cerré con dolor, como se cierran los mundos que no quieres abandonar, pensé que terminar un libro se parecía mucho a terminar un amor.

Uno se queda ahí quietecita, con el pobre libro cerrado entre los brazos y la mirada fija en algún punto de la sala, pero sin mirar nada en específico.  Y así, justo cuando se acaba la historia y no se está listo todavía para llorar, a uno le da por querer recordar cómo empezó todo.

Hace un poco más de un año decidí que pasaría mi cumpleaños número 25 completamente sola. Compré los pasajes de tren, y viajé hasta un pueblo pequeñito de Inglaterra llamado Lyme Regis. Me gustaba la idea de caminar por un lugar donde nadie supiera que yo era la que estaba cumpliendo años.

Lyme Regis me hacía sentir algo que no podía entender. El centro no tenía más de dos cuadras y frente a él estaba el mar. Creo que el mar inglés tiene algo que impacta demasiado la mente suramericana, porque es frío, gris y nublado. Porque no se parece a las playas de Cartagena, de palmeras de color amarillo y vendedores ambulantes. Porque para mí el mar nunca había significado silencio. Pararse en el muelle de piedra era ver cómo la niebla se iba tragando los poquitos barcos que flotaban entre las olas.

Cuando hizo demasiado frío para seguir mirando el mar, decidí entonces recorrer el pueblo. Pasando el pequeño museo, las lámparas de caracol y un par de restaurantes, encontré una librería de segunda. Una de esas que detienen un poquito el corazón de una lectora romántica como yo. El techo bajo, el olor a humedad, el piso de madera que traquea, los libros de ediciones tan viejas que las portadas se deshacen entre los dedos, unas escaleras que te llevan a un pequeño desván donde guardan las revistas que ya nadie lee. Donde la gente habla más bajo y nadie sabe bien por qué.

En esas librerías he aprendido que lo mejor es esperar. No preguntarle al viejito abrumado por la venta de libros que espera detrás del counter, ni siquiera buscar ese título que alguien te recomendó hace años. Solo pasear muy despacito los dedos por los lomos, sentarse en el suelo y sacar los libros del estante de abajo, o pararse de puntitas y tomar al azar el libro que las manos no alcanzan. Así pasé horas buscando mi regalo de cumpleaños, como se busca un amor, sin abrir mucho los ojos, llenando los dedos de polvo.

Aunque apenas fueran las cuatro de la tarde, afuera comenzaba a oscurecer y las voces de la gente se iban convirtiendo en susurros. Como nunca me acostumbré a perder el sol tan pronto, quise salir del lugar, con las manos vacías. Y fue cuando lo vi.

Yo no sé si uno siempre se acuerda la primera vez que vio a la persona de la se va a enamorar. Se recuerda un día, una noche, una hora, pero no siempre el primerísimo instante. Uno nunca dice  oh sí, recuerdo el primer pedazo de codo que se atravesaste en esa fiesta, o Tú eras el hombro asomado desde el asiento del copiloto, ese que me enamoró. Pero en cambio a él lo recuerdo desde la primera vista.

Alguien lo había dejado abandonado de la sección de libros de arte. Quizá había estado apunto de comprarlo  y se había arrepentido en el último momento. Sonreí. No me hizo sonreír el título o la edición, sino la manera en la que se veía tan pequeñito al lado de los tomos grandes de pasta dura e imágenes pesadas. Parecía casi como si quisiera escapar, o resbalarse un poquito y caer dentro de la caja de revistas de manga. Lo entendí un poco, los libros de arte parecían tener un aire demasiado soberbio, además cualquiera estaría asustado si lo hubiesen dejado apoyado contra El Grito de Munch.

Pagué entonces 2.50 libras por el rescate, lo guardé en la maleta y salí en busca del tren que me llevaría de vuelta a casa.

La gente se equivoca cuando piensa que los que compramos muchos libros vivimos leyendo todo el tiempo. Es solo que de repente, después de años de haberlo comprado, después de que el libro pasó del fondo de una maleta, a los estantes de la biblioteca de estudiante en Bath, a la pieza pequeñita en Londres, a la bodega del avión de vuelta a Colombia, a la estantería que dejé abandonada en casa, una noche lo vuelvo a ver.

Y recuerdo dónde nos conocimos, y abro con cuidado la primera página, leo la primera línea, y la segunda, y la tercera… y de repente he decidido que ese es el rinconcito en el que me quiero acurrucar.