De mujeres tristes y cadáveres 

Fue con los pies apoyados en la baranda del balcón de tu casa y el sol calentando nuestros talones. Fue con una cerveza en la mano y el cielo tan despejado que las montañas de la ciudad parecían una pintura realista.

Te dije que, quizás, desde que estaba contigo yo ya no era una mujer triste. Que años atrás, antes de ti, antes de la baranda del balcón y el sol en los talones, había estado junto a alguien que entendía la melancolía. Que entendía que la vida a veces se volvía un nudo de metáforas. Que sabía que había domingos enteros en los que lo mejor era dejarme en cama, darme un beso en la frente, cerrar la puerta tras de sí.

Pero tú, te dije, tú no me dejas ser una mujer triste. Tú entras al cuarto, y prendes la luz, y me preguntas qué vamos a hacer hoy. Tú dices que es hora de tender la cama, de hacer desayuno, de salir al balcón.

Me escuchaste con atención, sonreiste y te pusiste de pie, acariciando la cicatriz en el hombro que ahora nos acompaña siempre.

Te quedaste apoyado en la baranda, callado, mientras mirabas un punto fijo en el paisaje.

Bonita – me dijiste, señalando la finca vecina al edificio. – ¿has visto ese señor que siempre está cavando algo en esa huerta?

Me puse al lado tuyo,  esperando una conclusión grande e increíblemente metafórica para lo que acababa de contarte.

Hace días que lo he estado mirando, – mencionaste, como preocupado. – ¿No será que ese tipo está enterrando cadáveres ahí?

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Parar

 

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Llevábamos una hora y media de viaje. Me había quedado dormida con los audífonos clavados en los oídos, para intentar silenciar la música popular que el conductor insistía en compartir (tan amablemente) con el resto de los pasajeros.

Mi cabeza rebotó contra la ventana cuando la buseta se detuvo antes del peaje. Me distraje con el señor que se subió para vender arepas de chócolo (A tres mil, a tres mil. Lleve la arepita a tres mil pesitos)  y al principio no noté que los dos lados de la carretera estaban vigilados por policías con escudos que los cubrían de pies a cabeza.

Quizás por crecer colombiana, acostumbrada a la presencia militar incluso en los lugares más inocentes, no me preocupé demasiado. Cuando nos pusimos en marcha de nuevo, subí el volumen, recosté la cabeza y volví a cerrar los ojos. Claro, por culpa del de las arepas nos vamos a quedar aquí hasta mañana, dijo alguien. La buseta frenó de nuevo, esta vez en seco.

Abrí los ojos. Entonces los vi.

Después del peaje, una multitud nos esperaba para bloquear el paso. Caminaban hacia nosotros con determinación, cargando pancartas y alzando los puños. El conductor detuvo el carro, apagó la música. Nos quedamos en silencio. Pensé en el turno que tenía al otro día en el periódico, a las 5 de la mañana.

Dos motos de la policía se hicieron a cada lado de la buseta. Otra se hizo al frente. Comenzamos a avanzar despacio, mientras los manifestantes se iban apartando, obligados, molestos.

Probablemente fueron un par de minutos, o un poco menos, pero pasar en medio de la multitud se me hizo eterno. Éramos 17 pasajeros y el conductor; cuatro jóvenes, dos familias con niños pequeños, una pareja de viejos. A través de las ventanas, nosotros les mirábamos las manos, ellos nos miraban a los ojos.

Algunos nos gritaban, le pegaban al pequeño bus, alzaban los puños, intentaban empujarnos hasta voltearnos. Algunos, con los rostros cubiertos con pañoletas rojas, solo nos clavaban los ojos. Esos nos odiaban. Nos odiaban tanto.

Lo que no sé es por qué. Eramos 17 desconocidos en un pequeño y destartalado bus, viajando de Manizales a Medellín, un lunes festivo en la tarde. ¿Qué nos hacía tan diferentes? ¿Qué hacía que de repente fuéramos del otro bando? ¿Debíamos bajarnos, tomar las pancartas, y alzar los puños junto a ellos?

Mientras el pequeño bus se tambaleaba entre la multitud, yo sentía que poco a poco  un muro de cemento se levantaba entre ellos y nosotros, e iba creciendo hasta el cielo.

La buseta se soltó finalmente de los brazos, se escapó de los puños, y siguió su viaje por las montañas. Pero el muro, ese muro de cemento, nos lo llevamos con nosotros.

Historia breve de un hombro

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Ya te he dicho varias veces que dejes tu hombro en Manizales y vengas a verme. Pero a ti te confunde un poco la fantasía, y me dices que eso no es muy posible.

Entonces tráelo hasta acá, te digo. Con la cicatriz que lo cruza de lado a lado, el look del monstruo triste de Frankenstein y los dolores impensables por la noche. Pero me dices que te da miedo. Y a mí también.

Así que decidimos quedarnos lejos. Yo sin saber cargar la vida y tú sin hombro para ayudarme. Yo solo con fantasías que no sirven para curar tus dolores tan reales.

El desamor literario

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Hoy, cuando acomodada en el sofá de mi casa, llegué a la última línea de Matar a un ruiseñor y lo cerré con dolor, como se cierran los mundos que no quieres abandonar, pensé que terminar un libro se parecía mucho a terminar un amor.

Uno se queda ahí quietecita, con el pobre libro cerrado entre los brazos y la mirada fija en algún punto de la sala, pero sin mirar nada en específico.  Y así, justo cuando se acaba la historia y no se está listo todavía para llorar, a uno le da por querer recordar cómo empezó todo.

Hace un poco más de un año decidí que pasaría mi cumpleaños número 25 completamente sola. Compré los pasajes de tren, y viajé hasta un pueblo pequeñito de Inglaterra llamado Lyme Regis. Me gustaba la idea de caminar por un lugar donde nadie supiera que yo era la que estaba cumpliendo años.

Lyme Regis me hacía sentir algo que no podía entender. El centro no tenía más de dos cuadras y frente a él estaba el mar. Creo que el mar inglés tiene algo que impacta demasiado la mente suramericana, porque es frío, gris y nublado. Porque no se parece a las playas de Cartagena, de palmeras de color amarillo y vendedores ambulantes. Porque para mí el mar nunca había significado silencio. Pararse en el muelle de piedra era ver cómo la niebla se iba tragando los poquitos barcos que flotaban entre las olas.

Cuando hizo demasiado frío para seguir mirando el mar, decidí entonces recorrer el pueblo. Pasando el pequeño museo, las lámparas de caracol y un par de restaurantes, encontré una librería de segunda. Una de esas que detienen un poquito el corazón de una lectora romántica como yo. El techo bajo, el olor a humedad, el piso de madera que traquea, los libros de ediciones tan viejas que las portadas se deshacen entre los dedos, unas escaleras que te llevan a un pequeño desván donde guardan las revistas que ya nadie lee. Donde la gente habla más bajo y nadie sabe bien por qué.

En esas librerías he aprendido que lo mejor es esperar. No preguntarle al viejito abrumado por la venta de libros que espera detrás del counter, ni siquiera buscar ese título que alguien te recomendó hace años. Solo pasear muy despacito los dedos por los lomos, sentarse en el suelo y sacar los libros del estante de abajo, o pararse de puntitas y tomar al azar el libro que las manos no alcanzan. Así pasé horas buscando mi regalo de cumpleaños, como se busca un amor, sin abrir mucho los ojos, llenando los dedos de polvo.

Aunque apenas fueran las cuatro de la tarde, afuera comenzaba a oscurecer y las voces de la gente se iban convirtiendo en susurros. Como nunca me acostumbré a perder el sol tan pronto, quise salir del lugar, con las manos vacías. Y fue cuando lo vi.

Yo no sé si uno siempre se acuerda la primera vez que vio a la persona de la se va a enamorar. Se recuerda un día, una noche, una hora, pero no siempre el primerísimo instante. Uno nunca dice  oh sí, recuerdo el primer pedazo de codo que se atravesaste en esa fiesta, o Tú eras el hombro asomado desde el asiento del copiloto, ese que me enamoró. Pero en cambio a él lo recuerdo desde la primera vista.

Alguien lo había dejado abandonado de la sección de libros de arte. Quizá había estado apunto de comprarlo  y se había arrepentido en el último momento. Sonreí. No me hizo sonreír el título o la edición, sino la manera en la que se veía tan pequeñito al lado de los tomos grandes de pasta dura e imágenes pesadas. Parecía casi como si quisiera escapar, o resbalarse un poquito y caer dentro de la caja de revistas de manga. Lo entendí un poco, los libros de arte parecían tener un aire demasiado soberbio, además cualquiera estaría asustado si lo hubiesen dejado apoyado contra El Grito de Munch.

Pagué entonces 2.50 libras por el rescate, lo guardé en la maleta y salí en busca del tren que me llevaría de vuelta a casa.

La gente se equivoca cuando piensa que los que compramos muchos libros vivimos leyendo todo el tiempo. Es solo que de repente, después de años de haberlo comprado, después de que el libro pasó del fondo de una maleta, a los estantes de la biblioteca de estudiante en Bath, a la pieza pequeñita en Londres, a la bodega del avión de vuelta a Colombia, a la estantería que dejé abandonada en casa, una noche lo vuelvo a ver.

Y recuerdo dónde nos conocimos, y abro con cuidado la primera página, leo la primera línea, y la segunda, y la tercera… y de repente he decidido que ese es el rinconcito en el que me quiero acurrucar.

Sylvia Plath y tu abuela

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Tu abuela murió el mismo día que encontramos la casa de Sylvia Plath. Tú estabas más callado que nunca mientras recorríamos de la mano el barrio cercano a Primrose Hill, en Londres. Desde que tu celular había sonado a las siete de la mañana no habías dicho demasiadas palabras. Yo tampoco tenía muchas.

Parados lado a lado, frente a la placa que decía que en esa casa había vivido alguna vez la escritora con la que me había obsesionado los últimos meses, recordé que yo solo había visto a tu abuela una vez, hacía más de un año.

Me había parecido una mujer muy intimidante. Dirigía la reunión familiar en tu finca como una orquesta, con esa fuerza que tienen las mujeres del campo colombiano, esa que yo no tengo. Todo se movían a su ritmo, distribuyendo las piezas, arreglando el almuerzo, pegándole al perro que mordía los muebles por décima vez.

Todos sabían cuál era su papel. Yo estaba perdida. Tropezaba contra las ordenes, intentaba acariciar al perro que me ignoraba, me quedaba quietecita en la silla Rimax, con las piernas que sudaban y se pegaban al plástico, preguntándome si sería posible concentrarme lo suficiente para hacerme invisible.

Tú ya me habías hablado de ella. Titi y el café cargado. Titi y los sudados de pollo que extrañabas siempre que estabas lejos de la ciudad. Titi y su obsesión por pedir crédito hasta de un millón de pesos en la carnicería del pueblo cada vez que sus nietos venían a visitar. Titi y su desprecio por las novias de sus nietos, esas bien malcriadas por la ciudad, las que no se ofrecían a ayudar, no lavaban un plato y ni sabían cómo cortar una cebolla. Básicamente, las novias como yo.

Tenía que hacer algo para solucionar esto. Me levanté de la silla, la piel de mis piernas quiso poner algo de resistencia. Caminé como mareada hacia la casa, pasando por el bordito de la piscina. El perro ladró, tu papá prendió el televisor. Asomé la cabeza a la vieja cocina, mientras me tragaba toda mi timidez. En la olla grande se cocinaba despacio el sancocho del almuerzo, y la casa se llenaba de aroma a papa y caldo de pollo. Ella, de espaldas, supervisaba cada cosa con ojo de halcón.

El nudo en la garganta, el cólico que había decidido llegar hoy, la voz que no quiere salir, el miedo de que se volteara y me encontrara ahí mirándola. Tenía que hablar, tenía que hablar ya.

“¿Te puedo ayudar en algo?” le dije, con esa voz dulce de mi mamá me enseñó a ser buena y la sonrisa tímida.

Ella se volteó, sonrió un poco, viéndome ahí flaquita y blanca, temblando en el marco de la puerta.

“Tranquila mijita, esto acá ya está casi listo.” dijo, y se volteó de nuevo.

Yo me quedé un par de segundos más, sin saber qué hacer. Luego di la vuelta, pasé por el televisor que veía tu papá, y al lado del perro que seguía ladrando, y me senté de nuevo en la silla blanca Rimax.

El sol del medio día rebotaba contra el agua de la piscina, y tú y tu hermano jugaban waterpolo.

Esto no lo escribí hoy

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Creo que lo que me volvió escritora fue el miedo al olvido, a dejar que los recuerdos de una tarde cualquiera quedaran regados por el tiempo sin etiqueta. Hoy, mientras el cólico no me dejar dormir y Cartagena me mira el insomnio, siento que algo ha cambiado. Últimamente no me da miedo el olvido, sino lo contrario: el recordarlo todo.

Supongo que hace diez años era más fácil dejar ir los días sin marcarlos de fechas y horas, las fotos se perdían con cada nuevo virus que entraba al computador familiar y los días se escapaban si no los escribía.

Ahora, en cambio, mis fotos se sincronizan con Google y se guardan por fechas, por lugares. Ahora Facebook me manda notificaciones con lo que pasó hace 1,2,5, 8 años. Ahora Twitter guarda mis pensamientos en líneas de 140 caracteres en orden cronológico e Instagram organiza el egocentrismo por número de semanas.

Ahora los días no se van. Por eso hoy es lindo no ponerle fecha a esto que escribo, e imaginar que en algunos minutos saldré del apartamento en puntitas, con los bolsillos cargados de días, y los iré desocupando, uno a uno, al borde de la bahía.

O que los lanzaré por este balcón, los dejaré en el viento, los mandaré a que las voces borrachas que caminan por la bahía de Cartagena les canten por última vez.

Los finales sordos

FINITOCómo se van acercando los finales. De puntitas y en pijama. Cómo se van acercando los finales, y los colores cambian.

Con los dedos me aferro a los días, a las voces, a las presencias. No sé qué hacer con este final que me mira con los ojos grandes cuando despierto una mañana. Le digo que no, que aquí nadie se está preparando para despedidas, que se vaya del cuarto y cierre la puerta tras de sí. Él se acomoda entre las cobijas, y más tarde camina a mi lado hacia la oficina, se sienta en la silla del lado, se toma el último sorbito de café.

Sospecho que los finales tienen ojos, pero no oídos.