Relato de un hueco

El día que cae la catedral de Notre Dame, como columna vertebral cansada, estoy en la sala de espera de una barbería. Las voces de mi esposo y el barbero llegan hasta donde me siento,  entre muebles de cuero grueso y la pared plagada de espejos. Una canción de Guns n Roses suena en los parlantes. ¿Estarán bien las gárgolas? En Twitter solo muestran fotos de las torres ardiendo.

Hay una vitrina de piercings al otro lado de la habitación. Un hombre tatuado y una mujer, con expansores en las orejas, juegan billar. Nadie me mira. Me pongo de pie, cruzo como fantasma. Paso mis dedos sobre el vidrio y nadie me atiende. No soy tan joven, tan vieja, tan extraña. Las rueditas negras, los triángulos dorados, el recuerdo del dolor de hace años. Está el fuego y los objetos, la bola que late en mi pecho, el cansancio de un cuerpo que hace meses no se siente mío. 

En Whatsapp mi tía anuncia que salvaron la corona de espinas, y los doce apóstoles habían salido, hace días, de paseo educativo. Anuncio que me quiero hacer un roto, uno que sea mío, que me duela. Lo digo en voz baja y luego lo grito, con una autoridad que no me pertenece. Alguien me escucha, mandan a llamar a la perforadora.

En el taxi, ante una oreja roja y la lluvia que golpea, mi esposo, con su corte nuevo, me pregunta por qué y yo no sé. Quizás quiero sentirme un poco mía antes de arder.

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