La primera noche de balcón

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Hay noches que prefiero dejar paralizadas. Se quedan allí, en ese lugar del recuerdo donde no puedo entrar muy seguido porque está lleno de errores, y los errores es mejor no recordarlos.

So I think it’s best we both forget before we dwell on it
The way you held me so tight all through the night
Till it was near morning

Pero hoy, cuando ya ha pasado más de un año, empiezo a entender que el error es algo así como una belleza no intencionada. (Alguna vez leí que la belleza es un instante en el que se encuentran por casualidad dos cosas que en sí mismas son feas, pero que juntas se transforman en pequeños milagros).

And those bright blue eyes can only meet mine across a room
Filled with people that are less important than you

Nunca entendí cómo terminé allí, en su apartamento. Recuerdo que salimos de la discoteca y todos querían seguir la fiesta en casa de él. Yo sabía que tenía que decir que no, que no iría, que yo era una niña juiciosa. Pero dije que sí, porque él me picaba en la punta de los dedos.

Todos dormían ya, regados entre los muebles y el suelo, eran las dos de la madrugada y habían tomado demasiado alcohol. Me asomé al balcón, la vista era increíble. Las luces amarillas se regaban por la montaña y se reflejaban en el cielo. Era la primera vez que estábamos completamente solos. Qué estoy haciendo aquí. Entonces sentí que se acercaba.

– ¿Te puedo abrazar?

No dije nada, no dije que no.

Creo que me había gustado desde siempre, pero de a poquitos. Un poquito en la primera fiesta, otro poquito en el ascensor, mucho más cuando conversamos por horas en un Juan Valdez. Con él se podía conversar, eso era lo que me repetía una y otra vez en la cabeza, nada más conversar.

– ¿Por qué no te puedo dar un beso?

– Porque tengo novio – le respondí, apartándolo por décima vez

Pasamos la noche conversando, analizando la vida, contándonos historias que quizás no le contábamos a nadie más, oyendo mil veces las mismas canciones… Incluso, y aunque no supiera tocar más que tres canciones, sacó su guitarra.

Luego amaneció y no volvimos a hablar en mucho tiempo. La vida se fue yendo en otras cosas, en otras ciudades lejos del balcón.

Muchos meses después, una noche en la que no podía dormir, me llegó un mensaje a mí celular. Solo decía: Abre tus ojos.

Olvido

olvido

Qué linda me veo dibujada en tus letras, qué linda me pintas en tus párrafos infinitos. Así melancólica, una niña chiquita saltando entre los muritos del parque, esperando un regalo sobre la cama todas las noches y dibujando pájaros de origami en el techo de las habitaciones. Qué lindo saber que esa no soy yo.

A veces pienso que entre más escribas sobre mí, menos me recordarás. Te irás quedando con esa que puedes dibujar, a la que la tristeza infinita la hace hermosa y no imposible de soportar; sobre la que puedes escribir ahora que se ha ido pero que si regresara te dejaría con la hoja en blanco.

Esa debe ser la magia de Ausencia, que entre más lejos está, mejor la puedes ver. Adelante, escríbeme hasta que me gastes, hasta que me saques, hasta que se te olvide cuánto te cansaba esa niña chiquita y malcriada, que a veces solo quería pájaros de origami y te exigía más regalos de los que podías dar.

Adelante, escríbeme hasta que inventes cada partecita y se te olvide que todo fue real.

Polvo y ficción

lala
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Despertamos muy temprano en la mañana. En la Pequeña Ciudad apenas amanecía y el frío nos obligaba a escondernos bajo las cobijas. Permanecimos en silencio, para evitar llenar el suelo con palabras que luego tendríamos que recoger. Luego él se quedó dormido de nuevo, abrazado a mi cintura.

Me intenté parar de la cama sin despertarlo, pero él abrió los ojos al primer movimiento. No te preocupes, le dije, solo voy un segundo al baño. Estaba mintiendo.

Caminé por el pequeño pasillo del apartamento, sintiendo el frío del suelo adentrarse entre mis medias de algodón. En medio de este encontré la vieja biblioteca de la familia, repleta de libros para el colegio de tres hijos que ya crecieron y enciclopedias cubiertas de polvo.

Sabía que era una biblioteca ignorada por el tiempo, por esto pasé despacito las yemas de mis dedos, como acariciando cada libro. Luego encontré una compilación de cuentos de Cortázar, sonreí casi sin querer y la saqué de la repisa.

Me senté en las baldosas frías del pasillo, apoyé el libro en mis rodillas y comencé a pasar una a una las páginas amarillas. Fue entonces que caí en cuenta de la escena, de cómo el pelo caia largo y desordenado sobre el pecho, de cómo el viejo libro se apoyaba en mi cintura, de cómo los dedos del pie se movían en el ritmo en que leía los cuentos.

De repente sentí con muchísima fuerza que quería un hombre que lo volviera loco esa imagen, la mía llena de letras y de frío de la mañana. Quise que él se despertara y me espiara desde la puerta de su habitación, como mirando el retrato perfecto. Pobre él, pensé, que aún no sabe nada, que aún no descubre mis grietas, mis vagones de silencios, mis ganas constantes de salir corriendo porque me encierro dentro de la ficción, y se me olvida la realidad.

Él despertó poco después, cuando yo había descubierto otro montón de libros en el cuarto del fondo. Pasaba las páginas de algún libro de Kundera, cuando él apareció en la puerta, gritando mi nombre. Qué linda, me dijo al verme allí sentada. Sonreí, sabiendo que aquello no era suficiente para calmar mis fantasías estéticas. Salió un momento de la habitación y regresó con un libro entre las manos.

Me explicó emocionado que ese era su libro preferido, lo había leído más de tres veces y siempre sentía ganas de repetirlo una vez más. Lo noté esforzándose por hacer parte de la escena, por encajar en mi mundo de letras.

Su libro hablaba de física, trataba de explicar la existencia de una cuarta dimensión. Era un libro viejo, la portada estaba rota y en las esquinas se acumulaba el polvo. Él se sentó a mi lado, sin parar de hablar, y yo apoyé mi cabeza sobre su hombro y lo miré con ternura

Qué tan diferentes, qué tan desconocidos, qué tan cerca nos veíamos allí sentados, en el piso frío de la habitación del fondo, él mostrándome la realidad, yo aún buscando la ficción entre libros llenos de tiempo y polvo.

Supe entonces que lo quería.

Gracias por pasarte por aquí

Hoy por fin dejé de luchar. No borraré más fotos, no bloquearé más partes de mi cuenta en Facebook. Hoy acepto que serás siempre un pedazo de mí. En rinconcitos se quedarán los recuerdos de cuando quisimos que la vida se pareciera a un libro y lo planeamos juntos. Esos recuerdos son ahora parte de lo que soy.

Quédate en mí, que las huellas de tus dedos sigan en mi piel, que tus rayones no se borren de la parte de atrás de mi diario, que los libros que me recomendaste me sigan haciendo sonreír cuando los encuentro en una biblioteca, que cuando suene tu canción en un bar yo no salga corriendo sino que me quede a bailar. Sí, quédate todos los años que quieras, toda la vida, pero en paz. Como un recuerdo que no pese, que se quede callado, en esa que inevitablemente soy ahora. Como  hoja guardada dentro de un libro, que vaya cambiando de color con los años, como un camino en el que se comienzan a confundir tus huellas con las de otros.

Sí, me he demorado un poco. Pero hoy me siento a agradecer que nos cruzamos durante más de tres años, que caminamos de la mano, nos mostramos libros, canciones y recuerdos que a nadie antes le habíamos contado, y ahora caminamos colgando de otras manos. Y esas manos nuevas quizás nos quieren por las huellas que el otro dejó en nosotros.

Ya no te quiero borrar más de mí. En parte porque entendí que no es posible, en parte porque hay cosas que amo de mí que me las dejaste tú y no las habría podido dejar nadie más. Qué increíble que me presentaste a Julio Cortázar y me convenciste que debería ser una escritora, que me dijiste que era genial que saltara en los charquitos como una chiquita y que andara esperando regalos sobre mi cama. Que me dijiste que la voz de Ausencia era más fuerte de lo que había sospechado y que había que escucharla de cerca para saber quién soy.

Gracias por haberte pasado por aquí, por tus huellas en mí, las felices y literarias, pero también las tristes, las de dolor. A tu lado aprendí que el amor se cuida a cada paso y que las personas también se van.

Gracias.

¡No, leer NO es bueno!

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En el colegio lo único que alguna vez me ganaba eran las banderitas del Día del Idioma por «buena lectora». Desde que alguna profesora me descubrió embutida en un libro durante las clases, los descansos y las esperadas del bus, se decidió que yo sería «la lectora del salón». Esa etiqueta se me quedó pegada hasta el día de hoy.

No, Ausencia, qué orgullosos nos sentimos de ti porque lees tanto. Y entonces yo me embutía más y más libros. No creo que fuese del todo por los demás, pero al menos mi vicio, mi escape del mundo, era aprobado por la sociedad. Entonces nadé entre Harry Potter y los pasillos de Hogwarts, conocí Cumbres Borrascosas y del alguna manera me enamoré de Heathcliff, pasé por El Retrato de Dorian Gray y quise ser joven para siempre…. Y miles de historias quedaron grabadas en mis pupilas.

Y entonces, ¡ya no sé vivir!

Viví tantos años entre fantasías y sueños ajenos, que la vida me parece imposible de vivir en la realidad. Y la intento convertir en una historia, pero son sólo miles de cuentos cortos, demasiado cortos.

¡No, leer NO es bueno!

Te enseña que la vida es más bonita cuando se convierte en palabras, que la tristeza puede ser hermosa, que son los nudos los que hacen de la historia una historia.

Te enseña que en las páginas puedes dibujar los personajes a tu gusto, que puedes ser el director de escenografía o vestuario, incluso el mismo guionista y director de actores de una vida ajena. Pero nunca podrás hacerlo en la vida real.

Te enseña que los buenos libros, las buenas personas, los buenos amores, siempre llegan hasta esa última hoja.

Que no se te olvide querer bonito

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Solo te pido que no se te olvide llegar cargando torpemente dos tazas de café y sentarte en la esquina de su cama para despertarla. Que no se te olvide decirle que se ve hermosa en las mañanas, a pesar del pelo desordenado y la piel dormida.

Que no se te olvide mirarla sonriendo cuando actúa como una niña chiquita y cree que nadie más la ve. Que no se te olvide apretarle la mano cuando sepas que tiene miedo o acariciarle la panza cuando lleguen los días de cólico. Que no se te olvide quererla cuando sospeches que quiere llorar.Que no se te olviden los besos en la frente, escribir cartas de amor, escuchar con cuidado las cosas que la hacen feliz, recordar esa canción que la pone a reír cuando está un poco triste.

Aunque yo me haya ido, solo te pido que no olvides cómo querer bonito a aquella que inevitablemente algún día ha de llegar.

3 a.m.

rel

Me despertó el grito grave y profundo de mi hermano menor, proveniente del pasillo. Miré el reloj. Tres de la mañana. Luego, llegaron las voces de confusión, mi mamá saliendo de su cuarto y preguntándole si estaba bien. Él respiraba con fuerza.
No quise salir de mi cama, no quise abrir la puerta de mi cuarto. Sentí miedo.

¿Qué podría haber pasado?

Versión 1

Él miró el reloj del celular. Tres de la mañana. No le gustaba despertar a esa hora, la casa estaba toda en silencio. Intentó recordar qué lo había despertado, había sido un mal sueño, la sensación de que alguien lo miraba mientras dormía. Quiso no sentir miedo, intentar dormirse de nuevo, pero llegaron las ganas de ir al baño.

No quería pararse, no quería. No quería caminar todo el pasillo a oscuras, no quería atravesar la sala buscando cómo prender la luz. Pero no era capaz de aguantarse.

Abrió la puerta sin hacer ruido, alumbró el pasillo con la luz del celular, no había nada. Caminó los primeros pasos, procuró no sentir miedo, comportarse como un adulto, como una persona que no estaba pensando en la película que había visto antes de dormirse, que no había soñado con unos ojos oscuros, que no acababa de sentir que alguien le agarraba el brazo con fuerza.

Giró su cabeza, temblando de pies a cabeza, y allí estaba, mirándolo de frente, la sombra negra. Gritó hasta caer desmayado.

Versión 2

Él miró el reloj de su celular. Tres de mañana. De nuevo sin poder dormirse, dando mil vueltas por las cobijas, por su cabeza llena de nudos, por el cuarto, por los canales de televisión que no estaban diseñados para las personas con insomnio, Envidiaba a aquellos que podían acostarse en su cama a las 11 de la noche, ponerse las cobijas encima y caer dormidos. Como su hermana, que siempre a la misma hora le decía Fico, ya me voy a dormir, ¿me cierras la puerta? y así, como si nada, caía dormidísima.

Aunque sabía que no debía hacerlo, se enloquecía poco a poco pensándolo:   Duérmete, duérmete, duérmete Federico. Mañana tienes clase Federico, tienes que madrugar, tienes que desayunar, vestirte, llegar al tercer día de universidad a tiempo, invitar muchas personas a Amway, hacer esas vueltas que tienes pendientes, tener el reloj de tu cabeza cuadrado para dormirte temprano y volverte a despertar, desayunar…

Sin darse cuenta, salió de la cama, abrió la puerta sin preocuparse por el ruido, aun echándose mil culpas por estar despierto,  por no saber dormirse como los demás, porque tenía que madrugar  a la universidad y quería comenzar a faltar. Cargado de ira, cargado de todas las cosas de las que uno se puede deshacer cuando duerme, lanzó un grito.

Cuando mamá asustada salió de su cuarto, él estaba llorando en el piso del pasillo.

Versión 3

Él miró su celular. Tres de la mañana. Quería seguir durmiendo, pero le ardía la garganta, tenía tanta sed que le picaba la boca y le costaba mover la lengua. Tenía miedo de no volver a dormirse si se paraba de la cama. ¿Por qué no le había hecho caso a mamá cuando le insistía que dejara un vaso de agua en la mesa de noche?

Abrió la puerta del  cuarto con cuidado, el pasillo estaba oscuro. Lo cruzó con cuidado, mientras el perro lo miraba desde el sofá de la sala. Era extraño que el perro estuviera durmiendo allí, siempre lo dejaban dormir dentro de alguna pieza.

Cuando iba por la mitad del pasillo, comenzó a ladrar. Fue cuestión de pocos segundos, entre la mirada al perro, su pie atravesando el charco de orín, las manos girando por los aires, la columna aterrizando con todas su fuerzas sobre el piso frío, para que Federico lanzara un grito grave y profundo, lleno de ira.

Versión 4

Él miró su celular. Tres de la mañana. Se había despertado de nuevo dentro del sueño de su hermana.

Últimos días

flot
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Soñé que era el último día de colegio. Nos asomábamos por la ventana del salón y escuchábamos los gritos de alegría escapar de los demás salones, mientras un montón de bombas de colores se perdían en el cielo. Era el último día, el último. La profesora pasaba por cada puesto repartiendo un poema de despedida. Nos mirábamos las caras, los papeles de evaluaciones que nunca volveríamos a ver regados por el suelo, los zapatos rojos y la falda de cuadros…

Esa sensación de estar parada en un momento que jamás volverá a suceder, que pasarán siete años y estaremos sentados en una oficina, escribiendo sobre un sueño en vez de trabajar, se me ha quedado pegada a la piel. Porque la vida nunca será así clara con los finales y los principios, como en el último día de colegio donde se sabe con certeza en ese momento no se va a repetir, nunca, nunca, nunca. Porque jamás volverás a estar sentada frente a un tablero, con la falda de cuadros y los zapatos, y un corazón que quiere salir huyendo.

Quizás me hacen falta esos finales, esa sensación de que la vida es una serie con final de temporada y luego un largo verano, no una repetición de días y días, no una repetición de días y días, no una repetición de días…

Terminar

LALALA
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He intentado entender cómo se llega a esa noche en la que nos sentamos a tomar una cerveza y descubrimos que es el final, así como si nada. Pienso en la totalidad de momentos que tuvieron que sumarse para que, dos años después, alguno dijera tenemos que terminar, y el otro respondiera probablemente sí.

Cómo se dibuja un principio, como una promesa de encontrar algo – lo que sea – juntos. Cómo se comienza, se aprende, se soporta, se destruye, se repara, se finge, se ama, se decide que tenemos que terminar, porque ya es el final.

Ya es el final
Ya es el final
Ya es el final
(Así aún nos queramos)

Ya se acabaron las páginas en blanco, ya se acabó la tinta, ya se acabaron las fuerzas. Y yo quedo detenida en una especie de limbo. No lloro. Es como si todo estuviese en pausa.

No tiene sentido el drama, porque todo es correcto. Actuamos correctamente, como se-debía-hacer-porque-es-nuestra-responsabilidad-crecer-cada-uno-por-su-lado.

Estoy escribiendo por escribir, porque es escribir es más fácil que decidir en qué pensar y yo tengo la mente en blanco desde que llegue a casa, luego de despedirnos, porque no tiene sentido para mí que dos personas se juren amor eterno, le pongan nombres a tus futuros hijos, dibujen pájaros de origami por las paredes de la habitaciones, y luego, un día, cualquier día, luego de una cerveza, uno diga tenemos que terminar y el otro responda probablemente sí.

Este final parece de plástico.