Lunes después de domingo


Estoy cansada de que cargues con mi soledad.

Y te cuelgo el celular,
así de un golpe.

No por nada grave o coherente,
son los días especialmente fríos
o una película tonta que deja destemplada la garganta.

Muchas veces es por la desgracia de haber nacido niña
o por la soledad de los domingos que ahoga de silencio.

A veces te cuelgo
porque voy a llorar.

Pero siempre me duele cuando,
espero y espero
que aparezcas de vuelta.

Extrañas soledades

Hopper

No porque fuese San Valentín ni porque mi nevera se muriera de hambre, solo extrañaba tanto a los Ojos Amarillos que no resistí el silencio de la Fría Ciudad.

Por eso salí del periódico, luego de un día cero productivo, y en un impulso me bajé en un centro comercial, en vez de llegar directo al apartamento vacío.

Entré al restaurante, que rebosaba de gente y me sentí más sola que nunca. Me senté y se acercó la mesera.

– ¿Espera a más personas?

– Solo a mí misma, ya debo estar que llego – le dije, sonriendo patéticamente, mientras le contestaba una llamada a papá.

Asustada, la mesera dejó la carta sobre la mesa y salió corriendo a atender a alguien más. Las mesas estaban muy pegadas las unas a las otras, las conversaciones ajenas se colaban entre los cubiertos y el mantel.

Un grupo de amigos comentaba su más reciente examen de la universidad, una pareja tan pegajosa como San Valentín y otra que quizás olvidó cuánto se quisieron, una mamá con su hija adolescente hablando de amores y enredos y yo, como un punto en medio del remolino, me aferré a la conversación con papá, que estaba a kilómetros de distancia de aquel lugar.

Entonces la vi, justo en la mesa de en frente. Gorda, cuarentona y sola, comiéndose un helado enorme de chocolate. Ella no se sentía sola, reía al ritmo de la conversación del lado, pareciendo amiga de aquel que nunca le ha hablado. Las cucharas llenas de crema de chantilly llegaban a su boca entre sonrisas como quien ama su soledad acompañada de extraños.

Colgué el celular casi sin dar explicación y lo guardé en el bolso. Una mesera sin cara me entregó mi plato, tomé el tenedor, le sonreí a mi amiga en la mesa del frente y, como saltando dentro del remolino, me uní a las mil voces del lugar.

Al principio me dolían los ojos, como cuando te los aprietas muy duro y la visión se torna negra con figuritas psicodélicas flotando. Pero de repente, comenzaron a aparecer siluetas borrosas. Un par de luces amarillas,  un par de Ojos Amarillos sentados junto a mí, agarrando mi mano con fuerza. Quise decirle algo, pero al instante noté que la mesa se empezaba a estirar, a estirar, a estiraaaaaar.

Aparecieron allí Maravilla y su novio, riendo sin parar como suele suceder cuando se está con ella, y Pokemón, a mi lado, olvidando que alguna vez nos dejamos de hablar. Mamá sonriendo (pero de verdad) al lado de papá, y mis tres hermanos.

Amigo Inocente acompañado de una niña a la que, por fin, aprendió a querer, y My Dear y Culicagado, como los recuerdo 4 años atrás, antes de que el mundo los comiera. Los acordes de una guitarra principiante en algún lugar. Mis primas y tías, incluso la que ya murió, y una gata gris y blanca caminando por entre los pies.

Al final, entre la niebla de la mesa que no paraba de crecer, estaba Isabel, mirándome a los ojos con miedo de haber llegado muy pronto.

Luego, una silueta más, acercándose a mí.

– Señorita, señorita, ¡señorita!

Abrí los ojos un poco más, un delantal, una mirada molesta, un aterrizaje sin previo aviso contra el cemento duro de la realidad.

– Esta es la cuenta. Ya vamos a cerrar.

Leyendo juntos

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Días como estos, soy más Ausencia que yo misma. Las uñas moradas mal pintadas recorren el teclado, mientras finjo que escribo alguna noticia más. El editor en jefe se para detrás de mí y yo cierro apresuradamente la pestaña.

El nudo en la garganta, los ojos que quieren llorar.

No quiero seguir sin él. La fría Ciudad se congela cada vez que Ojos Amarillos se devuelve a nuestra ciudad.

– ¿Qué fue lo mejor del fin de semana? – Me preguntó en el taxi, ignorando los últimos minutos juntos.

Repito la respuesta en mi cabeza mientras pasan lentas las horas en la redacción; la guerra de granizo al salir de la pizzería luego de un diluvio universal, el grupo de nerds obsesionados con Pokemón del que nos burlamos una tarde entera, la silla mecedora y la risa imposible de contener arruinando los besos.

Pero yo escogí mi momento. Mi cabeza en su hombro, mientras me lee en voz alta un libro de historias. Caminan por el cuarto las imágenes de un cuento en el que un pintor que se ha enamorado de unos ojos que solo existen en su cuadro.

Dejo de mirar las letras y me pierdo en los ojos amarillos de quien lee, en la boca que deja salir las frases, sintiendo cómo la ficción a veces nos une más que la realidad. .

De repente, Ojos Amarillos deja de leer y comienza a devolver las páginas confundido.

– Espérate Ausencia – me dice, incorporándose –  ¿los personajes se dieron un beso?

– ¿No le estabas poniendo atención? – Contengo la risa y le explico que sí, que hace dos páginas.

Y Él, después de 8 meses juntos, aún me responde sonrojándose:

– Es que me pones nervioso cuando me miras así.

20 razones por las que amo escribir

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Llevo un mes trabajando en el diario más importante del país y se me van olvidando por momentos las razones por las que me gusta escribir. Las palabras objetivas, justas, reales, palabras dueñas del periódico y una editora cuadriculada terminan por silenciar todo el caos de las letras que habitan las yemas de mis dedos.

Así que, como niña de doce años presentando un examen al frente de todo el salón, me paro al tablero, cojo el marcador y escribo:

A mí me gusta escribir porque…

1. Escapo del mundo real y dejo que las incoherencias salgan a jugar por el jardín.

2. Así es más fácil sonreir.

3. Intento demostrar que no todo son metáforas. Cuando digo que veo un dinosaurio es que en serio estoy viendo un animal ya extinto caminando a mi lado.

4. No dejo que los días se me escapen de las manos, siempre puedo saber qué paso hace un mes, 5 años, 15 años.

5. Me gusta poner tildes.

6. Es lindo mostrarle lo que escribo a mi mamá, es una juez muy objetiva (como toda madre)

7. Me gusta leer los comentarios que dejan los adorables visitantes del blog.

8. Escribiendo conocí a Ojos Amarillos.

9. Si algo bueno me pasa, lo convierto historia. Si algo malo me pasa, lo convierto historia. Siempre gano.

10. Los personajes ficcionales son una excelente compañía.

11. Me gusta releer mis diarios cuando voy en el bus.

12. Puedo ser niña para siempre.

13. Me encanta pensar en todas las personas que se cruzan por mi vida y no tienen ni idea que se convierten en mis personajes.

14. Una vez en segundo de primaria me gané un premio y en la universidad, hacía reir a los profesores con mis ensayos.

15. Si no me habría tocado poner atención en clase de química y física.

16. Uno se ve lindo sentado en un café, con un capuccino y un lapicero en la mano.

17. Mis nietos podrán saber quién fue su abuela cuando, después de mi funeral, abran mis cajones y los encuentren llenos de cuadernos.

18. Quiero parecerme remotamente a Jane Austen y  a Emily Bronte.

19. Quiero parecerme remotamente a mi abuelo.

20.  Me salen palabras de los dedos, no puedo evitarlo. Me desangro de letras y soy incapaz de dejarlas derramarse sobre el piso por el que los demás caminan.

A veces

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A veces me da miedo que te des cuenta del tamaño de la tristeza que cargo. La que flota sobre mi cabeza cuando estoy en un grupo y todos ríen, mientras sonrío y me encojo. Esa de los domingos en las tardes calladas, entre la cama y la ventana. Esa del nudo, la lluvia y el bus en las mañanas.

A veces me da miedo que veas la tristeza entre mis uñas y la facilidad en la que me quiebro como vidrio. Prefiero tomar los pedazos y pegarlos sentada en el suelo de mi habitación en la fría ciudad.

Es muy pronto para que me veas como soy, temblando. Pero me canso. Me canso de estirar y estirar la sonrisa de los 12 años. Ya te deberías haber ido, para poder quedarme irreal en ti, ser tu Poli para siempre paralizada en la perfección.

Solo quisiera explicarte que a veces me doy el lujo de temblar ante la vida y hay días que dejo que me duelan. Siempre quiero llorar porque necesito ver el mundo empañado para poder crearlo, o verlo tal cual es.

Pero no, aún no quiero que lo sepas, solo que ya no encuentro dónde esconderme. Vas escarbando dentro, tumbando cal y polvo. Un parte de mí no deja de correr por los pasillos y esconde en las esquinas el nudo que se forma en la garganta cuando llamas en un día triste.

Otra quisiera detenerse.

Miguel

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Ahogada de multitudes y luces, extrañando los Ojos Amarillos, salí hasta la puerta de la discoteca.  Me senté en una acera a mirar los disfraces de Halloween. Yo, una pitufa con la mitad de la pintura azul ya caída y los ojos perdidos entre las multitudes.

Frente a mí, un grupo de rockeros, típicos pelilargos sin bañar, se preparaban para irse a otro lugar. Caminaron un poco, alejándose y luego, de golpe, uno de ellos se devolvió.

– Hola, te he estado mirado – le dijo a esta pobre niña que aún no aterrizaba – ¿cómo te llamas?

Le dije mi nombre y le pregunté el suyo sin mucho interés, me ofendía que interrumpiera mi momento autista.

– Miguel, mucho gusto.

Mi expresión de indiferencia cambió de inmediato, la posible visita de la ficción me sacó una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Miguel? ¿en serio te llamas Miguel? – el rockero pelilargo me miraba extrañado – ¿Miguel?

Finalmente decidió decir que sí, que en serio se llamaba Miguel (aunque ya era bastante evidente y no tuviese sentido repetir)  mientras yo saltaba de la felicidad por toda la acera.

– ¿Qué tiene que me llame Miguel? – me preguntó, aún esperando alguna respuesta que explicase mi comportamiento bipolar.

Sonreí cual niña de 6 años.

– Así se llama el personaje del guión que estoy escribiendo – le dije con los ojos brillantes

Él alzó los hombros orgulloso de llamarse como mi adorable personaje, o quizás preguntándose algunas cuantas cosas más, y entonces le pregunté dónde vivía (Contexto: en la Fría Ciudad uno no pregunta eso)

– Eh… – me miró confundido, demorándose algunos segundos en responder – en la 156 con no-sé-qué…

y mi mirada cambió, los ojos perdieron el interés.

– Ah no, por ahí no vive mi personaje.

Indignada me puse de pie, le di la espalda y volví a entrar a la discoteca.

El pobre rockero, desde la acera, me miraba perplejo mientras me alejaba.

– ¿Qué le pasó? – le preguntó el amigo, entre carcajadas, dándole una palmada en la espalda –  ¿por qué me lo rechazaron?

Él permaneció paralizado.

– Creo que no soy Miguel

Y los amigos decidieron que esa noche no habría más alcohol para él.

Noches surrealistas

 

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Tomo las historias de mi vida y las vuelvo un guión. Las acomodo por actos, secuencias y escenas, y todo de repente toma sentido dramático.

Hace algunos días, Ojos Amarillos no podía dormir. Un dolor de cabeza como para partirle la frente nos había obligado a darle una fuerte  medicina. A las tres de la mañana, me tocó el hombro asustado. Me decía que veía cosas, extrañas; una trapeadora limpiando sola el piso de la cocina, una bola fosforescente flotando entre nosotros, la cara de un marciano verde tocando la ventana. Estaba temblando.

Yo no podía más que reirme, la pastilla para el dolor de cabeza había transformado la noche en una surrealista. Le pedía que me contara todo lo que veía y él no parecía muy divertido

Pero entonces, me confesó que mitad de la noche había estado sentado en la sala.

– Amor, ¿qué hacías sentado en la sala?   – le pregunté, mientras prendía la luz del cuarto y lo abrazaba.

– Es que veía a Amigo Inocente ahí, en medio de los dos – me respondió aún sin la certeza de qué era real y qué ficción – quería tumbarme de la cama.

Me reí, qué más podía hacer. Reírme del fino sentido del humor de la vida y de las pastillas surrealistas que no se le pueden dar a Ojos Amarillos.

Pero le di vueltas al tema en mi cabeza a medida que los días pasaban. Luego, entendí. Ahí no estaba Amigo Inocente, pero sí estaba su personaje. Dediqué mi vida a narrarme y las personas no son personas, sino personajes, y los problemas son nudos o puntos de giro, y las sonrisas se transforman en finales de temporada.

Las maletas que cargo en mis manos son historias y quien esté a mi lado, no solo duerme conmigo, también con mis ficciones.

Ojos Amarillos

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Ellos, supongo, se habían cansado de escribir. Aún siendo 10 dedos, o 20 si se quieren sumar los de los pies, el trabajo les parecía excesivo. Esculcaban el vacío; las historias contadas tantas veces ya no tenía sentido, las canciones se habían ido en trenes de otros tiempos. Estaban las uñas llenas de cal.

Entonces llegaron unos ojos amarillos, así, de repente. Era un día amarillo y yo quería compartir una canción y se la mandé a él. De la canción surgieron más canciones, luego correos, llamadas… y de repente, estábamos escribiendo juntos. A Él también le gustan las historias, y ve el mundo como la trama enmarañada de un relato, y de repente yo le podía mandar un mensaje diciéndole: «Aquí me siento invisible… nadie me ve» y él, estando a más de 400 kilómetros me decía: «Yo te veo»

Las historias se volvieron una sola. Yo le dictaba mientras mis uñas iban sanando, y él copiaba por los dos, sanando los miedos a la vida, al amor, a compartir las luces amarillas con alguien más.

Entonces el mundo no parece tan plano, en las noches me cuenta cuentos de dinosaurios y camas flotantes, a veces en las tardes nos sentamos a mirar ancianas cansadas de la vida y yo le digo:  esa seré yo en el entrecruce de los tiempos. Él se queda esperando a que un viejo de ojos amarillos aparezca junto a ella, arrugado y encorvado.  Por las noches, cuando la ciudad no quiere mirar, nos escondemos entre pájaros de origami.

Hablar de otras cosas

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Hablar de otras cosas
del viento que mueve las hojas de la plaza del pueblo,
la paloma volando encima de mi cabeza,
del sol sobre la hoja en la que escribo.

Hablar de otras cosas,
de la tranquilidad fingida en la que viaja mi lapicero,
mi espalda contra la iglesia blanca,
las uñas de mis dedos que debería ya cortar…

Hablar de otras cosas,
escribir de otras más,
para callar la piedra en la garganta que quiere explotar,
ahogar recuerdos de lágrimas ajenas
– dolores compartidos –
para no mirar a la iglesia blanca detrás de mi espalda
quemándome la piel.

Hablar de otras cosas,
escribir de otras cosas,
buscando silenciar las demás.

Amarillo

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He ido abandonando poco a poco estos lugares, he querido huir de mi balde privado de desahogos, pero algo no me deja ir del todo.

De mí no ha sido mucho, ahora cuelgo de algún brazo cuando camino por la calle y cuando no se da cuenta, lo miro de reojo, así como maravillada. Parezco una niña idiota mirando un par de ojos amarillos.

Ahora amigo inocente no es más un cuento, es un ser humano de lo más normal y somos de nuevo amigos. No los de antes, jamás los de antes, pero los rencores han ido volando uno por uno a otros planetas.

Renuncié a la tienda de ropa, lo único bueno que me dejó fue un amor por algún roquero ya envejecido y una amistad extraña con un par de maniquíes. El viento al parecer va trayendo ya el verano y mi universidad está podrida.

…y me paso la vida tratando de encontrarme. Aún Ausente, así como cuando uno comienza a flotar y los demás te miran desde el suelo. Aún silente, como esta tarde de domingo donde entre silencios converso conmigo misma y me cuento las historias.

No digo nada coherente, no escribo nada coherente…

Solo dejo palabras como huellas en el cemento mojado, plaf, plaf, plaf… Solo dejo que los silencios floten por la casa y las ausencias conversen con las presencias.
y pienso en los ojos amarillos. Últimamente pienso muy seguido en los ojos amarillos.