Querida Ausencia

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Pedacito de mí, pedacito triste y callado. Pedacito que flota encima de mi cabeza o se arrastra bajo mis pies, que me habla al oído todo el tiempo. Me dices cosas como esto se parece a la melancolía. O me dices cosas como la vida es un agujerillo donde nada crece. Mientras tanto yo, yo te oigo y al mismo tiempo le pido a mi suegro que me pase la sal, me compro un esmalte rojo aunque ya tenga otros tres en casa, le digo a mi cliente que una entrada de blog vale 70 mil si tiene menos de 400 palabras.

Y así me voy andando la vida, intentando mantener el equilibrio a pesar de las dos voces. La tuya, la de la vida es una historia, la de la vida es una metáfora, la de la vida tiene algún sentido narrativo en algún lugar. Y la mía, la que quiere sentarse en una mesa y estar ahí, salir a bailar y no pensar en como todos estamos tan tristes todo el tiempo.

Ya hemos hablado de esto antes, miles de veces, a través de los años. Incluso alguna vez cometí el error de llamarte mi otra mitad, la otra media Verónica, pero tú no eres mi mitad, ni siquiera haces parte de mí. Eres otra cosa, una cosa externa, una cosa que me saca de mí y me hace ausente. Una cosa que se sienta en mis oídos y no me dejar oír al mundo, que decide qué es lo que debo oír.

Y hoy te escribo porque estoy cansada. No sé por qué sigues ahí, detrás del oído, después de tantos años, susurrando sin descanso:

Escribe, escribe, escribe, escribe, escribe. 

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