Sobre facturas de televisión y vocaciones de periodista

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Hace unas semanas les conté el suceso de mi relato de amor bajo la lluvia, con cual la profesora de crónica periodística había quedado escandalizada. Bueno, después de leer la crónica que finalmente entregué, creo que entenderán mi eterna confusión de por qué sigo metida estudiando periodismo 🙂

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Usualmente cuando me levanto convencida que será un día normal, las siguientes dos horas se encargan de demostrarme lo equivocada que estaba.

Así fue aquella mañana de febrero. No sé por qué razón salí tan temprano del apartamento, ya que suelo dormir mucho y nunca le hago caso al despertador, pero misteriosamente pasé por la portería a las 8:10 de la mañana, saludé al portero mientras me entregaba la factura vencida del cable de televisión y salí pensando que ya iba siendo hora de pagarla, 4 meses sin televisor eran demasiado para una periodista.

En la ciudad se sentía un ambiente extraño, aunque no estoy muy consciente si lo noté. Sencillamente crucé la calle, me senté en la silla del paradero, saqué mis audífonos del morral y, poniendo todo el volumen, me puse a cantar. Dado que vivo relativamente cerca a la autopista, el número de buses que me sirven para llegar hasta los buses que llegan a mi universidad son varios, y lo máximo que toca esperar son 5 minutos. Aquella mañana alcanzaron a pasar 30 minutos en aquel paradero y yo seguía sin pensar que algo extraño pasaba.

Recuerdo que la gente me miraba desde los carros de una manera extraña cuando veían que era la única persona que quedaba esperando en el paradero, incluso vi pasar un camión invitando a la gente a montarse y yo, no tengo idea por qué, sencillamente me reí y seguí escuchando mi música y esperando el bus.

Tuvo que pasar media hora para que notara que en serio algo pasaba, miré a la calle y detenidamente observé cada uno de los carros.

– ¡Qué curioso! – pensé en voz alta – todos los buses que pasan son escolares, ¿dónde se han metido el resto?

Ahora entiendo por qué la señora que pasaba justo al lado mío, soltó una carcajada que yo ignoré. Pero finalmente, confundida por los extraños sucesos, decidí que caminaría hasta los buses de mi universidad, a 25 minutos de mi casa, pues de otra manera jamás llegaría a clase.

Solo bastó con poner un pie fuera del paradero para que la primera gotera cayera sobre mi nariz. Con la esperanza de haber guardado mi paraguas en el bolso, metí apresuradamente mi mano en busca de él, y recordé en el instante haberlo dejado sobre mi mesa de noche. Sin paraguas, sin capucha ni una chaqueta poderosa me resigné a caminar bajo el agua, entonces pensé:

– Ni que fuera una bruja que me fuera a derretir, un poquito de agua no le hace daño a nadie – supongo que no debí ni pensar eso pues en el instante sonó un trueno a lo lejos – bueno, entonces moriré de neumonía.

Tomé una columna de opinión que había impreso el día anterior para Comunicación Política e improvisé con ella un patético paraguas.

Tratando de distraer el frío que se calaba por medio de mi ropa, comencé a mirar alrededor. Era realmente curioso que no pasaran casi taxis, que no hubiera un solo bus, que los camioneros se hubieran despertado de tan buen humor que subieran gente a sus volcos.

Llegué al bus emparamada de pies a cabeza, mis zapatos parecían bolsas de agua luego de haber pisado al menos 4 charcos y mi camisa parecía cargar la mitad del rio de la ciudad. Mi pelo solía estar liso y ahora simulaba un bombril y el maquillaje parecía cosa del pasado. El conductor del bus me miró de arriba abajo, preguntándose quizás yo dónde me había metido.

– Bueno días, señor – le dije amablemente sentándome en el puesto de adelante, único que quedaba libre – ¡usted puede creer que no pasó ni un bus por el lado de mi casa!

El señor casi se atragantó con la galleta que estaba a punto de tragarse, me miró burleteramente y ni siquiera se tomó el trabajo de responderme al menos el saludo. Me crucé de brazos y me dije que dejaría de ser amable con la gente de la capital, ¡qué gente más rara era!

La lluvia arrulló mi camino hacia la universidad, las gotas chocaban contra el vidrio e iban bajando lentamente hasta perderse en los grandes charcos de la carretera. Me quedé tan profundamente dormida que por poquito sigo derecho hasta el pueblo siguiente.

Llegando finalmente al salón de clase, aun congelada, pensando en lo extraño de vivir en la capital y pidiéndole al cielo que dejara de llover para que saliera un poquitico de sol, me senté al lado de Natalia.

– ¡Casi no llego, Nata – le dije, tirando mi bolso al piso – a todos los buses les dio por desaparecer hoy!

– Pues claro, está terrible esto del paro de transportadores…

Quedé en shock, mis ojos casi se salían de sus órbitas. Natalia se quedó mirándome confundida entonces estallando en carcajadas intenté balbucear:

– Eso explica tantas cosas…

Definitivamente tenía que pagar la factura del televisor.

Caminando bajo tu llanto

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Como últimamente no ando demasiado concentrada en clases, me he metido en algunos, por no decir muchos, problemas. Una muestra de ello es el trabajo que tenía que entregar hoy para la clase de crónica para Prensa. Como yo no estuve la clase anterior, le pregunté a varias personas cuál era el trabajo y todas me respondieron que era hacer una historia con la lluvia.

Yo llegué con tremenda historia de amor a la clase y la profesora, con solo mirarla, quedó mas o menos en shock. Luego de recuperarse me respondió: «Esto claramente no es una crónica, al lector no le interesaría, sólo a ti y hasta depronto a tu novio, pero a nadie más…»

Yo no pude más que pensar en ustedes, sé que no son yo misma ni mi ex novio, pero al menos los hará reír pensando en la cara paralizada de la profesora, la cual esperaba tremenda crónica periodística y se encontró con esta historia:

Caminando bajo la lluvia

Supe que caminaba debajo de tu llanto. El cielo negro lanzaba sobre mí tus lágrimas y, sabiéndolo, ni siquiera saqué mi paraguas. Vi pasar el bus a mi lado y no lo cogí, caminé lentamente a casa sin evitar los charcos ni cubrirme la cabeza. Los transeúntes que pasaban junto a mí con sus sombrillas, me miraban despectivamente, y luego se quejaban de la lluvia. No los podía culpar, pues era mi culpa, yo te había hecho llorar.

Y mientras caminaba cargando la lluvia en mi ropa, mi mente viajó al pasado. Las gotas de lluvia que golpeaban mi corazón, me llevaban a refugiarme en otro tiempo, a recordar otro día de lluvia.

Aquel lejano día, lejos de las tristezas y vacíos, también llovía, ¿lo recuerdas? Había sido una tarde linda, comimos helado, caminamos por todo el centro comercial y jugamos a darnos besos en los ascensores antes de que alguien lo pidiera. Pero cuando llegó la hora de caminar de nuevo a casa, la lluvia creció en intensidad y los dos quedamos paralizados pensado qué haríamos.

– ¿No te parece mejor que cojamos un taxi? – Me dijiste, aun abrazándome

– ¿Y si mejor caminamos bajo la lluvia, así como en las películas? – Te respondí sonriendo como una niña malcriada.

Sospecho que te encantaba esa parte de mí, el pedacito de niña inocente que de repente quería vivir la vida lo más intensamente posible. De estos arranques jamás lograbas zafarte.

– Está bien, vamos caminando, pero no me responsabilizo del regaño de tu hermano cuando lleguemos tarde o cuando mueras de una tremenda neumonía.

Te tomé de la mano y salimos a la lluvia. Sin pensarlo te quitaste tu chaqueta y la pusiste sobre mi saco de lana buscando que no me congelara, aun así a los pocos minutos habíamos olvidado el frío. tTú te reías de mi pelo que se volvía como un bombril y yo de tu trabajo de la universidad que ahora se veía como una torta de lodo. Pero entonces te detuviste en medio de una calle, yo paré de hablar asustada por tu cara de seriedad, y esperé que hablaras. Tú me dijiste:

– Esto ya se parece demasiado a una película de esas melodramáticas como las que te gustan a ti. Pero falta algo.

Antes de que pudiera preguntarte qué faltaba, me halaste hacia ti y me diste aquel beso, que combinado con las gotas de lluvia, se plasmaría para siempre en mi memoria.

¡Qué diferentes se sentían las gotas de lluvia de aquel momento y las de ahora! Esas llenaban mi corazón, me hacía reir a carcajadas y estando junto a ti, no me causaban frío, pero estas dejaban congelado el corazón.

Llegué a casa mojada de arriba abajo, mi hermano me miró con preocupación.

– ¿Por qué vienes tan mojada?

– Porque estaba lloviendo, si no lo notaste

-Pues si, ¿pero no tenías paraguas?

– Si, en el fondo del morral

– ¿y por qué no tomaste el bus? ¿no tenías plata?

– Si, si tenía, al fondo del morral

– Entonces, ¿qué pasa?

Bajé la cabeza, caminé a mi cuarto y cerré la puerta tras de mí sin darle una respuesta.

¿Cómo decirle que había caminado bajo tu llanto porque merecía sentir tu dolor? Porque no conseguía sentir la pena de haber tenido que hacerle caso al corazón y decirte a la cara que hace tiempo ya no te quería.

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PD: Tengo cierta amiga que encontró por casualidad mi blog y ha descubierto que soy yo la que escribe. Me ha comentado que lo encontró demasiado adolescentudo… creo que está entrada lo termina por confirmar. Tily, creo que yo no tengo remedio 🙂

PD: Maravilla y su novio también han pasado por aquí, a ellos un abrazo de oso!