Conversaciones en el río Cauca

Un zapato café cuelga del cable que cruza de lado a lado el río Cauca. Se mueve con el viento. Debajo de él, pasamos nosotros en lancha. Los cinco, porque Esteban no vino porque tenía que estudiar (aunque yo no recuerde nunca haberlo visto estudiando).

Pasamos los cinco y Ari, la novia de Fico. Y Jesús, que maneja la lancha y sonríe incómodo cuando mi mamá dice que su nombre es una señal de que todo saldrá bien. Y Andrés, el asistente de la lancha, que mira con ojos expectantes el Dron que mi papá se prepara para elevar.

Vamos pasando debajo del zapato, que cuelga de unos cordones que alguna vez fueron blancos. Las montañas, a lo lejos, parecen murallas azules y un grupo de reces blancas nos vigilan desde la orilla. Una guadua pasa flotando junto a nosotros.

“Jesús, ¿qué es lo más raro que se han encontrado flotando en el río?”, le pregunto, girando la cabeza hacia atrás.

“Animales muertos, basura…”

“¿y cadáveres?”

“Ah sí, muchas veces”

“¿En la época de la violencia?”

“Y también después de lo de Armero, y hace poquito con la tragedia de Salgar. Eso salíamos con la lancha de la Armada y recuperábamos un montón. Un día fueron hasta 87, todavía me acuerdo .”

“¿Y venían completos o por pedacitos?”

Mi mamá voltea a mirarme, sorprendida.

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Caminata por la orilla del canal de Oxford

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El estudio de Lewis Carroll – Oxford, UK. 

Hace dos años estabas caminando por la orilla del canal de Oxford. Te habían dicho que ese era el río por el que había navegado Lewis Carroll cuando le contó a su pequeña amiga, por primera vez, la historia de Alicia en el país de las maravillas. Intentabas absorber todo lo que veías, porque para eso se suponía que era tu viaje, pero hacía demasiado frío y el viento del final del invierno te golpeaba los oídos, los dedos debajo de los guantes baratos, la piel que hace días se quería quebrar pero no encontraba un lugar para hacerlo.

Te habías hospedado un par de días en la casa de un señor que cargaba una soledad demasiado larga. Su puerta estaba cubierta de maleza. Su casa abarrotada de pequeños objetos sin valor, cubiertos de polvo. Y la alacena repleta de recipientes de vidrio con salsa roja para pastas. Podría alguien encerrarse allí durante tres años y siempre tendría salsa para pastas.

No recuerdas ahora su nombre, pero sí que te detenía en la mitad de cada frase para corregirte la manera en la que juntabas las palabras en un idioma que no era el tuyo. Y que insistía que no tenía sentido comer pastas con tenedor, y te pasaba una cuchara. Las turistas coreanas, tan correctas y calladas, se habían llevado sus maletas muy temprano en la mañana y ya solo quedaban él y tú.

Hubieses podido irte también, despedirte con amabilidad dulce, y aprovechar tu último día en Oxford para recorrer una vez más el centro de la ciudad. Pero al bajar la maleta, te preguntó si querías un café. Sabía que eras colombiana y quiso impresionarte sacando el que tenía reservado para los días importantes. No le quisiste decir que tu lengua apenas distinguía la diferencia, tomaste la taza y escogiste el sillón que le daba la espalda a la ventana.

Y le hablaste de tu familia, de tu papá que contaba todos los días cuánto faltaba para que volvieras a Colombia y de tu hermano menor que por las noches se asomaba por el marco de la puerta a invitarte a fumar en el balcón, y tú le tenías que recordar una y otra vez que no fumabas. Le hablaste de tus compañeros de casa, de lo extraño que a veces era vivir con un ghanés que veía novelas mexicanas y una chica de la India que nunca había aprendido a vivir sin criados.

Durante el almuerzo, él te habló de sus huéspedes. Del gringo que aún le mandaba postales desde las nuevas ciudades a las que visitaba, de la mamá española y sus cuatro hijos pequeños a los que se ofreció a cuidar una tarde entera, mientras ella se iba a aprender arquitectura por la ciudad. Al final te dijo que te guiaría hasta al inicio del canal, para tomarte una foto que se ha perdido ya.

¿Hace mucho no pensabas en él, no? Pero qué habría para recordar, los pasos que hacían crujir la madera gastada con el sobrepeso de 65 años de soledad inglesa y estantes repletos de comida enlatada. Y, que mientras intentabas pensar en Lewis Carroll, mientras caminabas hacia la estación de tren que te llevaría de vuelta a Bath y sentías que la fiebre entraba despacito a tu cuerpo, lo veías a él regresando de su caminata y sentándose en el sillón verde, en su casa callada, con sus objetos de polvo y las postales del gringo.

Y cuando llamó mamá, le hablaste de las torres de las iglesias que parecían tocar el cielo nublado, y de las embarcaciones rojas a la orilla del canal, y de los cánticos del coro infantil cuyas notas quebraban la voz que no salía de tu garganta. Porque esa era la Inglaterra que tenías que narrar, la que te prometieron que verías desde que pagaste los millones de pesos que no tenías y te montaste en ese avión.

Pero hoy, cuando ya hay dos años de distancia con el recuerdo, cuando buscas las fotos del viaje y no aparecen por ningún lugar, recuerdas que Inglaterra se parecía más a él. Al señor que tenía que abrir sus puertas a turistas desconocidos, para que de vez en cuando se oyeran voces dentro de su casa.

Regresar

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Siempre busqué regresar allí.

Papá me pidió que lo acompañara a visitar unos amigos suyos.

Los saludé con algo de timidez, con esa que no deberías tener aún a los 23 años. Papá conversaba con ellos y yo miraba el cielo que de repente se contraía. Desde el balcón conté los pisos del edificio del frente, uno, dos, tres, cuatro, cinco. Por el color de las cortinas supe que él aún vivía allí.

Sin querer parecer demasiado extraña, me disculpé diciendo que quería dar una vuelta para recordar viejos tiempos. Quise explicarles que haber vivido allí desde los 2 hasta los 12 años significaba algo grande para mí, pero preferí girar la perilla y salir antes de que me llenaran de preguntas.

Al salir al parque, me detuve en medio de los tres laureles. Llovía un poco. Solo ahora puedo decir que son laureles, diez años atrás no tenían nombre, eran los tres árboles de hojas gigantes. ¿Cómo pueden volverse tan tuyas las cosas cuando aún ni siquiera sabes cómo llamarlas?

Saltando entre pantano, me acerqué a los juegos infantiles.  Descubrí que ambos columpios son ahora azules. No me gustó encontrarlos así, tan iguales. Recuerdo que el de la derecha era el mío, el rojo, y el de la izquierda, el azul, era el de todos los demás.

De repente temí que la presencia de una caminante en medio de la oscuridad asustara a los vecinos, así que me escampé de la lluvia en el hall del primer piso. Allí me encontré de frente con la puerta de mi viejo apartamento.
Busqué imágenes, en cambio encontré sonidos.  Mis zapatos limpiando contra el suelo la hierba mojada del parque, la mano recorriendo la pared poblada de humedad, el crack del vidrio que mi hermano mayor rompió en medio de una pelea con papá, el sonido agudo y amargo del ascensor cuando anuncia su llegada a cada piso.

Antes de regresar, quise bajar al sótano.  Desde allí, alzando la mirada, pude ver  la pared en la que tardes enteras jugábamos eliminado. Un carro me obligó a moverme. Seguí mirando la pared, ignorando la lluvia que comenzaba a caer con más fuerza.

Alguien se bajó del carro y  me miró un instante, casi puedo decir que sintió miedo de ver los tiempos cruzándose. No lo miré, pero supe quién era. Silenciosa, caminé directo al ascensor, con la certeza que cuando las cosas se dejan en el pasado, para siempre saben mejor.

Él me siguió con la mirada solo unos segundos más.

Extrañas soledades

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No porque fuese San Valentín ni porque mi nevera se muriera de hambre, solo extrañaba tanto a los Ojos Amarillos que no resistí el silencio de la Fría Ciudad.

Por eso salí del periódico, luego de un día cero productivo, y en un impulso me bajé en un centro comercial, en vez de llegar directo al apartamento vacío.

Entré al restaurante, que rebosaba de gente y me sentí más sola que nunca. Me senté y se acercó la mesera.

– ¿Espera a más personas?

– Solo a mí misma, ya debo estar que llego – le dije, sonriendo patéticamente, mientras le contestaba una llamada a papá.

Asustada, la mesera dejó la carta sobre la mesa y salió corriendo a atender a alguien más. Las mesas estaban muy pegadas las unas a las otras, las conversaciones ajenas se colaban entre los cubiertos y el mantel.

Un grupo de amigos comentaba su más reciente examen de la universidad, una pareja tan pegajosa como San Valentín y otra que quizás olvidó cuánto se quisieron, una mamá con su hija adolescente hablando de amores y enredos y yo, como un punto en medio del remolino, me aferré a la conversación con papá, que estaba a kilómetros de distancia de aquel lugar.

Entonces la vi, justo en la mesa de en frente. Gorda, cuarentona y sola, comiéndose un helado enorme de chocolate. Ella no se sentía sola, reía al ritmo de la conversación del lado, pareciendo amiga de aquel que nunca le ha hablado. Las cucharas llenas de crema de chantilly llegaban a su boca entre sonrisas como quien ama su soledad acompañada de extraños.

Colgué el celular casi sin dar explicación y lo guardé en el bolso. Una mesera sin cara me entregó mi plato, tomé el tenedor, le sonreí a mi amiga en la mesa del frente y, como saltando dentro del remolino, me uní a las mil voces del lugar.

Al principio me dolían los ojos, como cuando te los aprietas muy duro y la visión se torna negra con figuritas psicodélicas flotando. Pero de repente, comenzaron a aparecer siluetas borrosas. Un par de luces amarillas,  un par de Ojos Amarillos sentados junto a mí, agarrando mi mano con fuerza. Quise decirle algo, pero al instante noté que la mesa se empezaba a estirar, a estirar, a estiraaaaaar.

Aparecieron allí Maravilla y su novio, riendo sin parar como suele suceder cuando se está con ella, y Pokemón, a mi lado, olvidando que alguna vez nos dejamos de hablar. Mamá sonriendo (pero de verdad) al lado de papá, y mis tres hermanos.

Amigo Inocente acompañado de una niña a la que, por fin, aprendió a querer, y My Dear y Culicagado, como los recuerdo 4 años atrás, antes de que el mundo los comiera. Los acordes de una guitarra principiante en algún lugar. Mis primas y tías, incluso la que ya murió, y una gata gris y blanca caminando por entre los pies.

Al final, entre la niebla de la mesa que no paraba de crecer, estaba Isabel, mirándome a los ojos con miedo de haber llegado muy pronto.

Luego, una silueta más, acercándose a mí.

– Señorita, señorita, ¡señorita!

Abrí los ojos un poco más, un delantal, una mirada molesta, un aterrizaje sin previo aviso contra el cemento duro de la realidad.

– Esta es la cuenta. Ya vamos a cerrar.