Terminar

LALALA
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He intentado entender cómo se llega a esa noche en la que nos sentamos a tomar una cerveza y descubrimos que es el final, así como si nada. Pienso en la totalidad de momentos que tuvieron que sumarse para que, dos años después, alguno dijera tenemos que terminar, y el otro respondiera probablemente sí.

Cómo se dibuja un principio, como una promesa de encontrar algo – lo que sea – juntos. Cómo se comienza, se aprende, se soporta, se destruye, se repara, se finge, se ama, se decide que tenemos que terminar, porque ya es el final.

Ya es el final
Ya es el final
Ya es el final
(Así aún nos queramos)

Ya se acabaron las páginas en blanco, ya se acabó la tinta, ya se acabaron las fuerzas. Y yo quedo detenida en una especie de limbo. No lloro. Es como si todo estuviese en pausa.

No tiene sentido el drama, porque todo es correcto. Actuamos correctamente, como se-debía-hacer-porque-es-nuestra-responsabilidad-crecer-cada-uno-por-su-lado.

Estoy escribiendo por escribir, porque es escribir es más fácil que decidir en qué pensar y yo tengo la mente en blanco desde que llegue a casa, luego de despedirnos, porque no tiene sentido para mí que dos personas se juren amor eterno, le pongan nombres a tus futuros hijos, dibujen pájaros de origami por las paredes de la habitaciones, y luego, un día, cualquier día, luego de una cerveza, uno diga tenemos que terminar y el otro responda probablemente sí.

Este final parece de plástico.

Olvidarte-me

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A veces pienso en el momento en el que tenga que olvidarte, Ojos Amarillos. Sé que no se debe pensar en finales que aun no existen, pero hay días que me veo sentada al bordecito del final, y de repente me acuerdo que somos tan parecidos.

Cuando te vayas, haré lo que hacen todos. Borraré las fotos, intentaré convencer a Facebook que nunca fuimos amigos y crearé nuevas playlist que suenen a otros días. Estará bien por un tiempo. Pero luego no sabré qué hacer cuando te encuentre en la manera de acariciar los lomos de los libros cuando camine por una biblioteca, en el corazón arrugado a las dos de la mañana cuando termine un libro y por un segundo no sepa a qué mundo pertenecer, en las ganas de escribir cuando la vida se desarme.

Y me preocupa porque cuando la gente termina se tiene que olvidar de otras cosas, de otros gustos, de otras maneras de vivir. Pero si yo me tengo que olvidar de ti, sospecho que tendré también que olvidarme de los pedazos que mas me gustan de mí.

De esas conversaciones

sky

Ojos Amarillos y yo nos acostamos en el suelo de un parque de la ciudad. Él pone su cabeza sobre la tierra y yo la mía en su pecho. Nos quedamos mirando el cielo de la tarde.

– Me preocupa que ninguno de nosotros sepa cocinar – le digo de la nada
– ¿Por qué?
– ¿Quién va a cocinar en la casa?
– ¿Como que quién? ¡Tú! – me dice, buscándome pleito.
– ¿Ah sí? – me levanto y lo miro a los ojos – pues no, nuestra casa va a tener igualdad de condiciones. Los dos cocinamos y lavamos.
– O… tenemos mucha plata y contratamos tres empleadas.
– ¿Tres mujeres empleadas? – él asiente sonriendo – pues no, una empleada y un chef.
– Me parece justo
– ¡y que se enamoren! – sonrío ridículamente
– Jajaja! ¿Ya le metiste historia?
– Síi, ¡te imaginas, demasiado romántico!
– Hasta que un día pelean y él la envenena a ella en la cocina
– O nos envenenan a nosotros dos para quedarse con nuestra casa…..

Los dos ponemos la mirada solemne de quienes saben cómo van a morir.

– ¿Y si mejor tú lavas y yo cocino?

Te extraño Ausencia

walking

Siento que quiero escribir, ser Ausencia un rato más y hablar de cosas que ya no digo. Hay muchos silencios, como si existiese una parte de mí que ya no pudiera respirar en público.

Poder hablar de cuando Ojos Amarillos y yo estamos solos, y cerramos las ventanas para que la ciudad no pueda mirar.

De las vidas inventadas que se van cada cierto tiempo, porque sé que nunca existieron pero siento que murieron, o me dejaron. A veces sueño que se tiran por balcones y rebotan contra el piso, volviendo a mis brazos.

De los miedos de la vida estática, cuando he vuelto a mi ciudad y ya no tengo a la Fría Ciudad para idealizar my old little town.

De que me paso sentada en un escritorio, promocionando productos que al final son solo agua y polvo. Y me dicen que la vida es simple, y sí… y eso me aburre.

De que Dios exista… o no exista.

Y no sé qué digo. Te extraño Ausencia, te extraño debajo de las cobijas, en las calles mojadas, en el silencio de los domingos cuando mi voz no la oia ni yo.

Te extraño Ausencia, pero cuando eras incógnita, y podía hablarte de cosas al oído. Y ser tú, y decirle palabras al vacío de Internet.

Te extraño y me extraño, y creo que me he pasado la vida extrañándome…

Cuando la historia comienza con un wall

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Cuando pienso en el 12 de mayo del año pasado, recuerdo silencio. Mi universidad se había inundado por culpa del invierno y tomábamos clases en un colegio abandonado que quedaba junto a un cementerio; la mamá de la Lorena me había echado del apartamento después de confundir a mi hermano con un cliente del supuesto prostíbulo que ella imaginaba  yo manejaba en mi cuarto; Don Prohibido se negaba a dejarme de hablar, pero seguía sin querer terminarle a su novia; en el bus mis audífonos gritaban rock.

Aún así yo solo recuerdo silencio.

No sonaba el agua podrida de mi universidad, ni los gritos de la mamá de Lorena, ni los besos de Don Prohibido, ni la música en mis audífonos, ni las voces de los muertos en el cementerio.

Ese fue el principio de la mañana, la primera hora, la primera Ausencia.

Empezaba el bus a traquetear por el sendero del cementerio, mientras mi cabeza se apoyaba perezosa en el vidrio de la ventana. Las gotas pum, pum, la cabeza tran, tran y entonces comenzó a entrar la risa por entre los audífonos hasta mis oídos. Conversaciones, amigos, una guitarra, una batería, un cantante que me contaba (cantaba) que pasaría la tarde con sus amigos, entre cervezas, un sofá y una nula necesidad de cambiar el mundo.

¡Eso era lo que yo necesitaba! Limpiarme la melancolía como se quita el polvo de los abrigos viejos.

Y sonreí, sola. Una sonrisa para mí. Atrapé las carcajadas que se atrancan en la garganta cuando el mundo por un instante se vuelve sencillo y fácil de descifrar.

– Sí, querido Nickelback. Aceptaría su invitación a unirme a la tarde que propone en su canción. Dejaría las tristezas, los malos amigos, los gritos injustos, la lluvia de esta fría ciudad, y me iría hasta su sofá.

Fueron casi cinco minutos inmersa en la canción, donde supe que quizás no todo tenía que ser tan complicado. ¡Qué tremendo descubrimiento, la vida no era triste y tenía que decirlo, a quien fuera!

No creo que me tomara demasiado tiempo escoger a la persona, fue un de esos resortes que se le escapan al colchón de la vida y lanzan todo hacia otro lugar. Hace seis meses había conocido a un chico que puso esa misma canción en una fiesta en la que yo estaba aburrida. Un tipo gordito con el que esperaba solo tener en común esa canción.

Desde mi Blackberry, con el bus saltando al ritmo de la batería, lo busqué en Facebook. No fue uno de esos momentos en los que se sabe que la vida cambia, eso lo sé. Solo escribía un wall.

Empezar el día con This Afternoon, recomendado.

Él, desde su trabajo, la biblioteca, desde la casa de los abuelos, no se demoró en responder.

Es un poco confuso, ¿this afternoon in the morning?

Estábamos a cientos de kilómetros, cargados de melancolías, silencios, amores fallidos. Pero yo ya no estaba sola, alguien sabía que el mundo, durante 5 minutos, podía desdibujarse.

Creo que el día estaba nublado, yo lo recuerdo amarillo.

Cinco razones surrealistas para quererte

house

1. Mis brazos se estiran y estiran, intentando mantener agarrada tu mano a través de los kilómetros que dividen nuestras dos ciudades. Pero así es mejor, porque cuando vuelvo a la ciudad nos abrazamos como dos pulpos y ni nos damos cuenta de la gente que alrededor se ríe de nosotros y de nuestros brazos alargados como espaguetis.

2. Un día morirá Marcela Azul, tu personaje preferido. Te lo he dicho mil veces, eres responsable de ellos y eso de andar diciendo que se sirve tal cantidad de cucharadas de azúcar cada vez que se toma un café me parece alarmante. Pero no te preocupes, yo dejaré que tus historias sigan su curso y cuando llegue el momento tomaremos una pala y entre la tierra celebraremos su entierro. Sí, podrás sentir culpa por su inminente hipoglucemia o incluso podrás llorar… aunque sé que nunca lo haces.

3. Me gusta dormir sobre tu voz, cuando es lo único que tengo. A las diez de la noche me pongo la pijama, me meto debajo de las cobijas y marco tu número (siempre en ese orden) y el día se va quedando atrás mientras me voy cayendo profunda sobre las palabras adormiladas que remplazan tu hombro.

4. Era de noche, un domingo, y te faltaban 3 páginas para terminar un tonto ensayo sobre algún libro. ¿Para cuándo es el trabajo? te pregunté preocupada y me dijiste que para el viernes, sí, el viernes que ya había pasado. Entonces supe que si no tomaba por los pelos tu cargo de conciencia, seguirías eternamente enfrascado allí, en medio de la primera página. Y sí, aún lo tengo entre los dedos y me burlo de él cuando intenta escapar.

5. A veces planeo el secuestro de tu hombro. Nunca he logrado acomodar la almohada de manera que se parezca a ti y el sueño se ha vuelto un tema complicado, siempre a las tres de la mañana despierto como si no me hallara. Igual… ¿qué tanto podrías necesitarlo? Siempre hay gente por ahí, caminando sin hombro.

Lunes después de domingo


Estoy cansada de que cargues con mi soledad.

Y te cuelgo el celular,
así de un golpe.

No por nada grave o coherente,
son los días especialmente fríos
o una película tonta que deja destemplada la garganta.

Muchas veces es por la desgracia de haber nacido niña
o por la soledad de los domingos que ahoga de silencio.

A veces te cuelgo
porque voy a llorar.

Pero siempre me duele cuando,
espero y espero
que aparezcas de vuelta.

Extrañas soledades

Hopper

No porque fuese San Valentín ni porque mi nevera se muriera de hambre, solo extrañaba tanto a los Ojos Amarillos que no resistí el silencio de la Fría Ciudad.

Por eso salí del periódico, luego de un día cero productivo, y en un impulso me bajé en un centro comercial, en vez de llegar directo al apartamento vacío.

Entré al restaurante, que rebosaba de gente y me sentí más sola que nunca. Me senté y se acercó la mesera.

– ¿Espera a más personas?

– Solo a mí misma, ya debo estar que llego – le dije, sonriendo patéticamente, mientras le contestaba una llamada a papá.

Asustada, la mesera dejó la carta sobre la mesa y salió corriendo a atender a alguien más. Las mesas estaban muy pegadas las unas a las otras, las conversaciones ajenas se colaban entre los cubiertos y el mantel.

Un grupo de amigos comentaba su más reciente examen de la universidad, una pareja tan pegajosa como San Valentín y otra que quizás olvidó cuánto se quisieron, una mamá con su hija adolescente hablando de amores y enredos y yo, como un punto en medio del remolino, me aferré a la conversación con papá, que estaba a kilómetros de distancia de aquel lugar.

Entonces la vi, justo en la mesa de en frente. Gorda, cuarentona y sola, comiéndose un helado enorme de chocolate. Ella no se sentía sola, reía al ritmo de la conversación del lado, pareciendo amiga de aquel que nunca le ha hablado. Las cucharas llenas de crema de chantilly llegaban a su boca entre sonrisas como quien ama su soledad acompañada de extraños.

Colgué el celular casi sin dar explicación y lo guardé en el bolso. Una mesera sin cara me entregó mi plato, tomé el tenedor, le sonreí a mi amiga en la mesa del frente y, como saltando dentro del remolino, me uní a las mil voces del lugar.

Al principio me dolían los ojos, como cuando te los aprietas muy duro y la visión se torna negra con figuritas psicodélicas flotando. Pero de repente, comenzaron a aparecer siluetas borrosas. Un par de luces amarillas,  un par de Ojos Amarillos sentados junto a mí, agarrando mi mano con fuerza. Quise decirle algo, pero al instante noté que la mesa se empezaba a estirar, a estirar, a estiraaaaaar.

Aparecieron allí Maravilla y su novio, riendo sin parar como suele suceder cuando se está con ella, y Pokemón, a mi lado, olvidando que alguna vez nos dejamos de hablar. Mamá sonriendo (pero de verdad) al lado de papá, y mis tres hermanos.

Amigo Inocente acompañado de una niña a la que, por fin, aprendió a querer, y My Dear y Culicagado, como los recuerdo 4 años atrás, antes de que el mundo los comiera. Los acordes de una guitarra principiante en algún lugar. Mis primas y tías, incluso la que ya murió, y una gata gris y blanca caminando por entre los pies.

Al final, entre la niebla de la mesa que no paraba de crecer, estaba Isabel, mirándome a los ojos con miedo de haber llegado muy pronto.

Luego, una silueta más, acercándose a mí.

– Señorita, señorita, ¡señorita!

Abrí los ojos un poco más, un delantal, una mirada molesta, un aterrizaje sin previo aviso contra el cemento duro de la realidad.

– Esta es la cuenta. Ya vamos a cerrar.

Leyendo juntos

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Días como estos, soy más Ausencia que yo misma. Las uñas moradas mal pintadas recorren el teclado, mientras finjo que escribo alguna noticia más. El editor en jefe se para detrás de mí y yo cierro apresuradamente la pestaña.

El nudo en la garganta, los ojos que quieren llorar.

No quiero seguir sin él. La fría Ciudad se congela cada vez que Ojos Amarillos se devuelve a nuestra ciudad.

– ¿Qué fue lo mejor del fin de semana? – Me preguntó en el taxi, ignorando los últimos minutos juntos.

Repito la respuesta en mi cabeza mientras pasan lentas las horas en la redacción; la guerra de granizo al salir de la pizzería luego de un diluvio universal, el grupo de nerds obsesionados con Pokemón del que nos burlamos una tarde entera, la silla mecedora y la risa imposible de contener arruinando los besos.

Pero yo escogí mi momento. Mi cabeza en su hombro, mientras me lee en voz alta un libro de historias. Caminan por el cuarto las imágenes de un cuento en el que un pintor que se ha enamorado de unos ojos que solo existen en su cuadro.

Dejo de mirar las letras y me pierdo en los ojos amarillos de quien lee, en la boca que deja salir las frases, sintiendo cómo la ficción a veces nos une más que la realidad. .

De repente, Ojos Amarillos deja de leer y comienza a devolver las páginas confundido.

– Espérate Ausencia – me dice, incorporándose –  ¿los personajes se dieron un beso?

– ¿No le estabas poniendo atención? – Contengo la risa y le explico que sí, que hace dos páginas.

Y Él, después de 8 meses juntos, aún me responde sonrojándose:

– Es que me pones nervioso cuando me miras así.