Llevas nueve meses dentro de mí, siendo parte de las sonrisas y esquivando conmigo los agujeros infinitos. Es tan difícil dejarte.
No es fácil explicarle a los demás que dejarte ir es como quererme ir contigo. No sirve de nada esconderte dentro de mi mesa de noche y fingir que no es estás. No sirve poner la sonrisa tiesa cuando les digo a los demás que pronto pasará. Mi cuerpo quiere correr lejos de mí.
No te quiero de vuelta, pero ¿cómo hago para quererme a mí de vuelta cuando no estás tú?
Intento convencerme de que es normal, es normal que el corazón lata dos veces en vez de una, que el cuerpo esté siempre temblando por dentro, que sienta que las paredes de la casa me encierran y me ahogan, que solo quiera llorar. Sé que todo se habrá ido en una semana, los temblores y las paredes.
Sé que contigo se irán también otros adioses pendientes.
Pero hoy quisiera que alguien se quedara a mi lado mientras te veo partir. Así no entendiera por qué estoy más callada o por qué soy incapaz de decir que necesito alguien a mi lado para decir adiós. Que me coja la mano y me ayude a moverla de un lado a otro, de un lado a otro, de un lado a otro… hasta que ya no estés.





Quisiera que entendieras, cuando te digo que hay algo diferente en la manera en la que la luz rebota contra las cosas, en la que el viento levanta las hojas marrones del suelo. La conexión a Internet, que siempre nos falla, no me alcanza para describirte las calles de este pueblo mágico, en cuyas las montañas encuentro castillos y en una esquina me tropiezo con la casa de Jane Austen. A veces, o casi siempre, me cuesta recordar que no estoy soñando.

Yo creo que el amor es una combinación imposible de ‘su malgenio’ y ‘mi manera de quedarme callada cuando no me siento bien’, o de ‘mi desorden’ y su ‘obsesión por la puntualidad’.