Olvidarte-me

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A veces pienso en el momento en el que tenga que olvidarte, Ojos Amarillos. Sé que no se debe pensar en finales que aun no existen, pero hay días que me veo sentada al bordecito del final, y de repente me acuerdo que somos tan parecidos.

Cuando te vayas, haré lo que hacen todos. Borraré las fotos, intentaré convencer a Facebook que nunca fuimos amigos y crearé nuevas playlist que suenen a otros días. Estará bien por un tiempo. Pero luego no sabré qué hacer cuando te encuentre en la manera de acariciar los lomos de los libros cuando camine por una biblioteca, en el corazón arrugado a las dos de la mañana cuando termine un libro y por un segundo no sepa a qué mundo pertenecer, en las ganas de escribir cuando la vida se desarme.

Y me preocupa porque cuando la gente termina se tiene que olvidar de otras cosas, de otros gustos, de otras maneras de vivir. Pero si yo me tengo que olvidar de ti, sospecho que tendré también que olvidarme de los pedazos que mas me gustan de mí.

Regresar

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Siempre busqué regresar allí.

Papá me pidió que lo acompañara a visitar unos amigos suyos.

Los saludé con algo de timidez, con esa que no deberías tener aún a los 23 años. Papá conversaba con ellos y yo miraba el cielo que de repente se contraía. Desde el balcón conté los pisos del edificio del frente, uno, dos, tres, cuatro, cinco. Por el color de las cortinas supe que él aún vivía allí.

Sin querer parecer demasiado extraña, me disculpé diciendo que quería dar una vuelta para recordar viejos tiempos. Quise explicarles que haber vivido allí desde los 2 hasta los 12 años significaba algo grande para mí, pero preferí girar la perilla y salir antes de que me llenaran de preguntas.

Al salir al parque, me detuve en medio de los tres laureles. Llovía un poco. Solo ahora puedo decir que son laureles, diez años atrás no tenían nombre, eran los tres árboles de hojas gigantes. ¿Cómo pueden volverse tan tuyas las cosas cuando aún ni siquiera sabes cómo llamarlas?

Saltando entre pantano, me acerqué a los juegos infantiles.  Descubrí que ambos columpios son ahora azules. No me gustó encontrarlos así, tan iguales. Recuerdo que el de la derecha era el mío, el rojo, y el de la izquierda, el azul, era el de todos los demás.

De repente temí que la presencia de una caminante en medio de la oscuridad asustara a los vecinos, así que me escampé de la lluvia en el hall del primer piso. Allí me encontré de frente con la puerta de mi viejo apartamento.
Busqué imágenes, en cambio encontré sonidos.  Mis zapatos limpiando contra el suelo la hierba mojada del parque, la mano recorriendo la pared poblada de humedad, el crack del vidrio que mi hermano mayor rompió en medio de una pelea con papá, el sonido agudo y amargo del ascensor cuando anuncia su llegada a cada piso.

Antes de regresar, quise bajar al sótano.  Desde allí, alzando la mirada, pude ver  la pared en la que tardes enteras jugábamos eliminado. Un carro me obligó a moverme. Seguí mirando la pared, ignorando la lluvia que comenzaba a caer con más fuerza.

Alguien se bajó del carro y  me miró un instante, casi puedo decir que sintió miedo de ver los tiempos cruzándose. No lo miré, pero supe quién era. Silenciosa, caminé directo al ascensor, con la certeza que cuando las cosas se dejan en el pasado, para siempre saben mejor.

Él me siguió con la mirada solo unos segundos más.

Historias sin comienzos

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Ellos no se miran, no se buscan. Cada uno con los ojos en la pantalla. No es posible sospecharlo. Ni ella busca ponerse su mejor ropa ni él se pasa las noches buscando palabras para ella.

Ella se levanta por café y él pone mucho cuidado en no mirar su taza y esperar que esté vacía. Una mujer se acerca a hablarle a él y ella no alza la mirada de su libreta de apuntes, ni clava con más fuerza el lapicero al papel.

No se buscan, pero se esperan. Yo tengo certezas.

Me demoro un poco mas en salir. Ella tiene las llaves para cerrar y él aún no ha terminado. Yo tomo mi bolso y camino hacia el ascensor.  Miro solo una vez hacia atrás. Ellos siguen con sus miradas en las pantallas.

– ¿Te demoras? – le dice ella, sin levantar los ojos.

Se cierra la puerta del ascensor tras de mí.  Me quedo recostada contra el espejo.

De esas conversaciones

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Ojos Amarillos y yo nos acostamos en el suelo de un parque de la ciudad. Él pone su cabeza sobre la tierra y yo la mía en su pecho. Nos quedamos mirando el cielo de la tarde.

– Me preocupa que ninguno de nosotros sepa cocinar – le digo de la nada
– ¿Por qué?
– ¿Quién va a cocinar en la casa?
– ¿Como que quién? ¡Tú! – me dice, buscándome pleito.
– ¿Ah sí? – me levanto y lo miro a los ojos – pues no, nuestra casa va a tener igualdad de condiciones. Los dos cocinamos y lavamos.
– O… tenemos mucha plata y contratamos tres empleadas.
– ¿Tres mujeres empleadas? – él asiente sonriendo – pues no, una empleada y un chef.
– Me parece justo
– ¡y que se enamoren! – sonrío ridículamente
– Jajaja! ¿Ya le metiste historia?
– Síi, ¡te imaginas, demasiado romántico!
– Hasta que un día pelean y él la envenena a ella en la cocina
– O nos envenenan a nosotros dos para quedarse con nuestra casa…..

Los dos ponemos la mirada solemne de quienes saben cómo van a morir.

– ¿Y si mejor tú lavas y yo cocino?

Te extraño Ausencia

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Siento que quiero escribir, ser Ausencia un rato más y hablar de cosas que ya no digo. Hay muchos silencios, como si existiese una parte de mí que ya no pudiera respirar en público.

Poder hablar de cuando Ojos Amarillos y yo estamos solos, y cerramos las ventanas para que la ciudad no pueda mirar.

De las vidas inventadas que se van cada cierto tiempo, porque sé que nunca existieron pero siento que murieron, o me dejaron. A veces sueño que se tiran por balcones y rebotan contra el piso, volviendo a mis brazos.

De los miedos de la vida estática, cuando he vuelto a mi ciudad y ya no tengo a la Fría Ciudad para idealizar my old little town.

De que me paso sentada en un escritorio, promocionando productos que al final son solo agua y polvo. Y me dicen que la vida es simple, y sí… y eso me aburre.

De que Dios exista… o no exista.

Y no sé qué digo. Te extraño Ausencia, te extraño debajo de las cobijas, en las calles mojadas, en el silencio de los domingos cuando mi voz no la oia ni yo.

Te extraño Ausencia, pero cuando eras incógnita, y podía hablarte de cosas al oído. Y ser tú, y decirle palabras al vacío de Internet.

Te extraño y me extraño, y creo que me he pasado la vida extrañándome…

Cuando la historia comienza con un wall

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Cuando pienso en el 12 de mayo del año pasado, recuerdo silencio. Mi universidad se había inundado por culpa del invierno y tomábamos clases en un colegio abandonado que quedaba junto a un cementerio; la mamá de la Lorena me había echado del apartamento después de confundir a mi hermano con un cliente del supuesto prostíbulo que ella imaginaba  yo manejaba en mi cuarto; Don Prohibido se negaba a dejarme de hablar, pero seguía sin querer terminarle a su novia; en el bus mis audífonos gritaban rock.

Aún así yo solo recuerdo silencio.

No sonaba el agua podrida de mi universidad, ni los gritos de la mamá de Lorena, ni los besos de Don Prohibido, ni la música en mis audífonos, ni las voces de los muertos en el cementerio.

Ese fue el principio de la mañana, la primera hora, la primera Ausencia.

Empezaba el bus a traquetear por el sendero del cementerio, mientras mi cabeza se apoyaba perezosa en el vidrio de la ventana. Las gotas pum, pum, la cabeza tran, tran y entonces comenzó a entrar la risa por entre los audífonos hasta mis oídos. Conversaciones, amigos, una guitarra, una batería, un cantante que me contaba (cantaba) que pasaría la tarde con sus amigos, entre cervezas, un sofá y una nula necesidad de cambiar el mundo.

¡Eso era lo que yo necesitaba! Limpiarme la melancolía como se quita el polvo de los abrigos viejos.

Y sonreí, sola. Una sonrisa para mí. Atrapé las carcajadas que se atrancan en la garganta cuando el mundo por un instante se vuelve sencillo y fácil de descifrar.

– Sí, querido Nickelback. Aceptaría su invitación a unirme a la tarde que propone en su canción. Dejaría las tristezas, los malos amigos, los gritos injustos, la lluvia de esta fría ciudad, y me iría hasta su sofá.

Fueron casi cinco minutos inmersa en la canción, donde supe que quizás no todo tenía que ser tan complicado. ¡Qué tremendo descubrimiento, la vida no era triste y tenía que decirlo, a quien fuera!

No creo que me tomara demasiado tiempo escoger a la persona, fue un de esos resortes que se le escapan al colchón de la vida y lanzan todo hacia otro lugar. Hace seis meses había conocido a un chico que puso esa misma canción en una fiesta en la que yo estaba aburrida. Un tipo gordito con el que esperaba solo tener en común esa canción.

Desde mi Blackberry, con el bus saltando al ritmo de la batería, lo busqué en Facebook. No fue uno de esos momentos en los que se sabe que la vida cambia, eso lo sé. Solo escribía un wall.

Empezar el día con This Afternoon, recomendado.

Él, desde su trabajo, la biblioteca, desde la casa de los abuelos, no se demoró en responder.

Es un poco confuso, ¿this afternoon in the morning?

Estábamos a cientos de kilómetros, cargados de melancolías, silencios, amores fallidos. Pero yo ya no estaba sola, alguien sabía que el mundo, durante 5 minutos, podía desdibujarse.

Creo que el día estaba nublado, yo lo recuerdo amarillo.

Cinco razones surrealistas para quererte

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1. Mis brazos se estiran y estiran, intentando mantener agarrada tu mano a través de los kilómetros que dividen nuestras dos ciudades. Pero así es mejor, porque cuando vuelvo a la ciudad nos abrazamos como dos pulpos y ni nos damos cuenta de la gente que alrededor se ríe de nosotros y de nuestros brazos alargados como espaguetis.

2. Un día morirá Marcela Azul, tu personaje preferido. Te lo he dicho mil veces, eres responsable de ellos y eso de andar diciendo que se sirve tal cantidad de cucharadas de azúcar cada vez que se toma un café me parece alarmante. Pero no te preocupes, yo dejaré que tus historias sigan su curso y cuando llegue el momento tomaremos una pala y entre la tierra celebraremos su entierro. Sí, podrás sentir culpa por su inminente hipoglucemia o incluso podrás llorar… aunque sé que nunca lo haces.

3. Me gusta dormir sobre tu voz, cuando es lo único que tengo. A las diez de la noche me pongo la pijama, me meto debajo de las cobijas y marco tu número (siempre en ese orden) y el día se va quedando atrás mientras me voy cayendo profunda sobre las palabras adormiladas que remplazan tu hombro.

4. Era de noche, un domingo, y te faltaban 3 páginas para terminar un tonto ensayo sobre algún libro. ¿Para cuándo es el trabajo? te pregunté preocupada y me dijiste que para el viernes, sí, el viernes que ya había pasado. Entonces supe que si no tomaba por los pelos tu cargo de conciencia, seguirías eternamente enfrascado allí, en medio de la primera página. Y sí, aún lo tengo entre los dedos y me burlo de él cuando intenta escapar.

5. A veces planeo el secuestro de tu hombro. Nunca he logrado acomodar la almohada de manera que se parezca a ti y el sueño se ha vuelto un tema complicado, siempre a las tres de la mañana despierto como si no me hallara. Igual… ¿qué tanto podrías necesitarlo? Siempre hay gente por ahí, caminando sin hombro.

La Fría Ciudad

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Me gusta la Fría Ciudad cuando voy colgando del bus lleno de gente y en el reflejo de la ventana veo cómo la mujer junto a mí cambia su cara inexpresiva, por una sonrisa secreta. Y yo sé que está pensando en su momento feliz.

Cuando me encuentro dos días seguidos con el mismo tipo en el bus, y lo reconozco porque el maletín que lleva en los hombros me recuerda a alguien más. Y me sonríe, él también sabe quién soy. Quizás nos volvamos a encontrar, desconocido.

Cuando el bus va tan rápido que pareciera que nos fuera a lanzar a todos a volar, aún así un bebé de 4 cuatro meses sigue durmiendo profundamente en el hombro de mamá.

Me gusta el perro que se revuelca todos los días bajo el mismo puente desolado, saber que el es feliz aunque todo alrededor sea porquería.

Conversar con el conductor del bus, oír cómo orgulloso me cuenta que mandó a sus cuatro hijos a la universidad ¡y manejando un viejo bus!

Ver esos reencuentros repentinos entre dos viejos amigos, que viajaban lado a lado en el bus y solo hasta el final del recorrido por fin se reconocen.

Volver a encontrarme al barrendero del puente, cuando han pasado dos semanas sin saber de él. Pero está de nuevo en su esquina, sonriendo al ritmo del polvo de la ciudad que levanta su escoba. Me alegra que estés bien, le digo sin que me oiga.

Me gusta reírme del vendedor de boletas del cine, cuando le compro una y me pregunta ¿cuántas? y yo le digo una, y el me pregunta de nuevo ¿cuántas? y yo le digo una, y me pregunta por tercera vez y yo le sonrío y le pido dos, una para mi amigo imaginario, a ver si me las vende de una vez.

Cuando me monto a un taxi y descubro que lo conduce una mujer, yo nunca me había montado con una mujer, le digo emocionada. Así nos vamos riendo todo el camino, hablando mal de los hombres como dos viejas amigas.

Cuando llueve y voy cantando en medio de las gotas, mientras un camionero que pasa levantando agua se burla de mí.

Encontrarme con la misma vieja cansada que vende chocolates en la salida de la parada del bus los martes en la noche. Ella no sabe que la extraño los días que no aparece.

Me gusta cómo voy llenando mis bolsillos de desconocidos,
cuerpos barridos de una foto,
pedazos de mí.

Lunes después de domingo


Estoy cansada de que cargues con mi soledad.

Y te cuelgo el celular,
así de un golpe.

No por nada grave o coherente,
son los días especialmente fríos
o una película tonta que deja destemplada la garganta.

Muchas veces es por la desgracia de haber nacido niña
o por la soledad de los domingos que ahoga de silencio.

A veces te cuelgo
porque voy a llorar.

Pero siempre me duele cuando,
espero y espero
que aparezcas de vuelta.